Relatos Eróticos Porno: El Mensaje Equivocado de Madrid
El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina justo cuando Elena estaba a punto de servirse una copa de vino, y la notificación decía que tenía un mensaje de voz de un número desconocido, algo que normalmente habría ignorado, pero aquella noche su marido llevaba tres días fuera por trabajo, el piso estaba demasiado silencioso, y la curiosidad pudo más que la prudencia, así que pulsó reproducir y escuchó una voz grave, un poco ronca, que decía que no podía dejar de pensar en su risa en el ascensor y que ojalá se atreviera a subir a pedirle azúcar algún día, y Elena se quedó mirando la pantalla, porque aquello no era para ella, pero la voz le había acelerado el pulso de una forma que no esperaba, y eso, en unos relatos eróticos porno que empezaban con un error, ya era toda una promesa.
Elena escuchó el mensaje dos veces más, la segunda con el volumen más bajo, como si temiera que alguien pudiera oírlo desde el pasillo, y se fijó en los detalles, en cómo el hombre dudaba antes de reírse, en cómo pronunciaba la palabra ascensor con un acento que no era de Madrid, y pensó que debía avisarle de que se había equivocado, que era lo correcto, que era lo sensato, pero en lugar de borrarlo escribió un mensaje corto, casi inocente, que decía que creía que se había equivocado de número, aunque le agradecía el cumplido, y antes de enviarlo lo leyó tres veces, porque sabía que aquel gracias sobraba, que era una puerta entreabierta, y aun así lo envió.
La respuesta llegó en menos de un minuto, y era otro mensaje de voz, esta vez con una risa avergonzada que a Elena le pareció sorprendentemente atractiva, y el hombre se presentó como Marco, el nuevo inquilino del segundo, el que acababa de mudarse con cajas todavía sin abrir, y le pidió perdón de verdad, le dijo que el mensaje era para una amiga que se llamaba también Elena, una coincidencia absurda, y que estaba muerto de vergüenza, pero su voz no sonaba avergonzada del todo, sonaba divertida, sonaba interesada, y Elena, en lugar de cerrar la conversación, le contestó que no pasaba nada, que a cualquiera le podía pasar, y le preguntó si ya había encontrado un buen sitio para cenar en el barrio.
La conversación se alargó durante una hora entera, primero con mensajes escritos, luego con notas de voz cada vez más largas, y Marco le contó que trabajaba en una empresa de diseño, que se había mudado a Madrid hacía dos semanas, que todavía no conocía a nadie en el edificio, y Elena le habló del barrio, de la panadería de la esquina, del mercado, de la terraza donde ponían buen vermut, y entre recomendación y recomendación se colaron bromas, dobles sentidos suaves, preguntas que ya no eran de vecinos, como si el teléfono fuera una excusa para decirse cosas que cara a cara habrían tardado semanas, y cuando Marco escribió que le debía una copa por el susto, Elena tardó exactamente cuatro segundos en contestar que podía subir a por ella cuando quisiera.
Marco subió veinte minutos después, con una botella de vino tinto y una sonrisa que pedía disculpas y a la vez no pedía nada, y Elena abrió la puerta con unos vaqueros y una blusa sencilla, descalza, con el pelo recogido de cualquier manera, y aun así notó cómo la miraba, despacio, desde los pies hasta los ojos, como si estuviera memorizándola, y ella le dejó pasar, le señaló la cocina, y mientras abría la botella sus manos se rozaron un instante, un roce breve, casi accidental, que a los dos les dejó la piel erizada, y Elena se rió para disimular, pero su risa sonó más baja, más ronca, y Marco la miró fijamente, como si acabara de descubrir algo.
Elena no esperó más, porque llevaba días sola, porque llevaba meses sintiéndose invisible en su propio matrimonio, porque aquel hombre la miraba como si fuera lo único interesante de Madrid, y fue ella quien acortó la última distancia, quien le puso una mano en la nuca, quien lo atrajo hacia sí y le besó en la boca, primero despacio, probando, con los labios cerrados, luego con más hambre, abriendo la boca, buscando su lengua, y Marco respondió al instante, con un gemido bajo que le vibró en la garganta, le rodeó la cintura con los dos brazos, la apretó contra su pecho, y el beso se volvió profundo, húmedo, urgente, mientras sus manos empezaban a recorrerle la espalda, la cintura, las caderas, como si llevaran horas esperando permiso.
El beso se rompió solo para respirar, y Elena le miró a los ojos, con la respiración agitada, con los labios hinchados, y le dijo que llevaba demasiado tiempo queriendo que alguien la besara así, sin prisa y sin pedir perdón, y Marco le contestó que entonces no pensaba pedir perdón por nada de lo que iba a hacerle aquella noche, y volvió a besarla, esta vez más fuerte, mientras le desabrochaba la blusa botón a botón, despacio, saboreando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto, y Elena echó la cabeza hacia atrás cuando sus labios bajaron por su cuello, por su clavícula, hasta el escote, y sintió su lengua caliente sobre su piel, y un escalofrío le recorrió la espalda entera.
Marco le quitó la blusa con cuidado, como si fuera algo valioso, y se quedó mirando sus pechos bajo el sujetador de encaje negro, y Elena, en lugar de taparse, se arqueó un poco hacia él, orgullosa, deseada, y le dejó que le bajara los tirantes con los dientes, que le besara los pechos por encima del encaje, que le mordiera suavemente un pezón hasta que se puso duro bajo la tela, y ella gimió, se agarró a su pelo, tiró de él hacia sí, y le pidió entre jadeos que no parara, que siguiera, que llevaba demasiado tiempo sin que nadie la tocara así, y Marco obedeció, le quitó el sujetador, tomó un pezón en su boca, lo chupó despacio, lo lamió en círculos, mientras con la otra mano le apretaba el otro pecho, lo amasaba, lo pellizcaba con suavidad, hasta que Elena temblaba entera.
Elena le buscó entonces a él, le quitó la camiseta, le recorrió el pecho con las manos, con la boca, le besó el cuello, los hombros, el abdomen, sintiendo sus músculos tensarse bajo sus labios, y cuando llegó al cinturón de sus vaqueros lo desabrochó con dedos temblorosos, no de nervios, sino de deseo, y le bajó la cremallera, y al meter la mano dentro y sentir su polla dura, caliente, palpitando bajo la tela del bóxer, se le escapó un gemido de placer anticipado, porque era exactamente lo que su cuerpo llevaba pidiendo días, y Marco la miró, con los ojos brillantes, y le dijo que le encantaba cómo lo tocaba, que no se contuviera, y Elena le sacó la polla, la agarró con firmeza, la movió despacio arriba y abajo, sintiendo cada vena, cada latido, mientras él le acariciaba el pelo y gemía su nombre.
Se desnudaron el uno al otro en el sofá, entre besos y risas bajas, con esa torpeza deliciosa de dos personas que se desean demasiado para ser elegantes, y Elena se quitó los vaqueros y las bragas delante de él, sin pudor, de pie, dejándole mirarla entera, y Marco se quedó sin palabras un instante, recorriéndola con la vista, desde los pechos hasta el coño, y le dijo que era preciosa, que estaba empapada solo de mirarla, y Elena se rió, se tumbó en el sofá, abrió las piernas para él, y le invitó con la mirada, y Marco se arrodilló entre sus muslos, le besó la parte interior de las piernas, subiendo despacio, torturándola con besos que cada vez se acercaban más a donde ella más lo necesitaba, hasta que por fin su boca llegó a su coño.
La lengua de Marco fue al principio suave, lamiendo despacio sus labios, saboreando su humedad, y Elena gimió, arqueó la espalda, se agarró a los cojines del sofá, porque llevaba tanto tiempo sin sentir una boca allí que cada lamida le parecía nueva, intensa, casi demasiado, y Marco, animado por sus gemidos, fue más profundo, metió la lengua dentro de ella, la movió, la sacó, volvió a lamer su clítoris en círculos rápidos, y Elena empezó a mover las caderas contra su boca, buscando más, pidiendo más, susurrando su nombre, jadeando, hasta que el placer le subió desde el vientre en oleadas y estalló en un orgasmo largo, tembloroso, que la dejó jadeando, con las piernas flojas, con la piel brillante de sudor.
Marco no le dio tiempo a recuperarse del todo, porque su deseo también estaba al límite, y se colocó sobre ella, apoyando su polla dura en la entrada de su coño, mirándola a los ojos, preguntándole sin palabras si quería seguir, y Elena le rodeó la cintura con las piernas, lo atrajo hacia sí, y le dijo que sí, que la follara, que la follara bien, y Marco empujó despacio, entrando en ella centímetro a centímetro, y Elena gimió largamente, porque sentirlo dentro, llenándola, estirándola, era un placer casi doloroso, perfecto, y cuando estuvo dentro del todo se quedaron quietos un segundo, mirándose, respirando juntos, con las frentes pegadas, antes de empezar a moverse.
El ritmo empezó lento, profundo, con embestidas largas que hacían que Elena gimiera en cada una, que clavara las uñas en su espalda, que levantara las caderas para recibirlo más hondo, y poco a poco se volvió más rápido, más fuerte, más urgente, hasta que el sofá crujía bajo ellos, hasta que sus cuerpos chocaban con un sonido húmedo, rítmico, que llenaba el piso silencioso, y Marco le besaba el cuello, le mordía el hombro, le susurraba al oído lo mucho que le gustaba follarla, lo mojada que estaba, lo bien que se sentía dentro de ella, y Elena le contestaba con gemidos, con palabras sucias, con súplicas para que no parara, para que siguiera así, más fuerte, más hondo.
El final llegó con una intensidad que sorprendió a los dos, porque Marco empezó a moverse más rápido, más hondo, con un ritmo casi desesperado, y Elena sintió cómo su coño se contraía a su alrededor, cómo el placer le subía de nuevo, incontenible, y cuando Marco gimió su nombre y se corrió dentro de ella, con embestidas largas y profundas, Elena se corrió con él, gritando, temblando, con las piernas flojas, con el cuerpo entero en llamas, y se quedaron así un momento, unidos, jadeando, con la frente apoyada en el sofá, con las manos entrelazadas, hasta que Marco salió despacio de ella, la abrazó por detrás, y la besó en el hombro, en el cuello, en la nuca, con una ternura que contrastaba con la pasión de minutos antes.
Se quedaron en el sofá, desnudos, tapados con una manta ligera, con las copas de vino ya olvidadas en la mesa, hablando en voz baja, riéndose de lo absurdo de todo, de un mensaje equivocado que había terminado en la mejor noche de Elena en mucho tiempo, y Marco le acariciaba el pelo, le besaba la frente, y Elena, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando su corazón, pensó que aquello no podía ser solo un error, que un error no se sentía así, y cuando Marco le preguntó si podía quedarse un rato más, si podía volver a verla al día siguiente, Elena sonrió, le buscó la boca, le dio un beso lento, profundo, y le dijo que sí, que se quedara, que la noche todavía era joven, y que el teléfono, por si acaso, mejor dejarlo en silencio.
Marco se marchó pasada la medianoche, con la promesa de volver al día siguiente, pero Elena no pudo dormir, porque su cuerpo seguía despierto, seguía pidiendo más, y a las dos de la mañana, con el piso otra vez en silencio, se levantó, se puso solo una camiseta suya que Marco había dejado olvidada en el sofá, y se sentó junto a la ventana, mirando las luces de Madrid, recordando cada detalle, cada beso, cada gemido, y sintiendo cómo el deseo volvía a crecerle dentro, lento, insistente, imposible de ignorar.
Se llevó una mano entre las piernas, despacio, casi con timidez al principio, como si todavía le diera vergüenza desear tanto, pero pronto el pudor se rindió al placer, y sus dedos encontraron su coño todavía húmedo, todavía sensible, y empezó a tocarse, en círculos suaves sobre su clítoris, con los ojos cerrados, imaginando que eran las manos de Marco, imaginando su boca, su lengua, su voz susurrándole al oído, y su respiración se fue acelerando, sus gemidos fueron subiendo de volumen en el piso vacío, sin miedo a que nadie la oyera.
El placer creció rápido, porque su cuerpo ya sabía el camino, porque estaba todavía encendido de la noche anterior, y Elena se tocó más rápido, más fuerte, metiendo dos dedos dentro de sí, moviéndolos, imaginando la polla de Marco entrando y saliendo, y su otra mano le apretaba un pecho, le pellizcaba el pezón, y cuando el orgasmo llegó fue intenso, repentino, casi violento, y se corrió con un grito ahogado, mordiéndose la mano para no despertar a todo el edificio, y se quedó temblando junto a la ventana, con la camiseta de Marco pegada a la piel, sonriendo sola en la oscuridad.
Al día siguiente Marco llamó a su puerta a media tarde, con otra botella de vino y una sonrisa culpable, y Elena le abrió con esa misma camiseta puesta, y sin decir una palabra lo atrajo dentro, lo empujó contra la pared del pasillo, y lo besó con hambre, con urgencia, y Marco respondió al instante, le levantó la camiseta, le agarró el culo con las dos manos, la levantó un poco, y Elena le rodeó la cintura con las piernas, y así, de pie, contra la pared, volvieron a follar, rápido, profundo, con gemidos ahogados, con besos desesperados, hasta que los dos se corrieron casi a la vez, jadeando, riendo, con la frente pegada, y Elena, mirándolo a los ojos, le susurró que la próxima vez el mensaje equivocado mejor que fuera a propósito.
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