Relatos eróticos online: el diario secreto del armario
Si has llegado hasta aquí buscando relatos eróticos online, quédate un minuto, porque esto no es ficción barata para entretener la noche: me pasó a mí, hace nueve días, en un piso alquilado de Madrid, y todavía noto el calor subiéndome por el cuello cada vez que lo recuerdo.
Me llamo Elena, tengo veintinueve años y trabajo de bibliotecaria en una biblioteca municipal del centro. Ordeno libros, callo a los niños y llevo una vida tan tranquila que hasta mis amigas me llaman monja. El domingo pasado bajé al Rastro con mi compañera Lucía, buscando una lámpara, y volví a casa con un armario.
Era un armario de roble oscuro, de esos antiguos que pesan como un muerto, con las puertas un poco combadas y un olor a madera vieja y a tabaco que me dio un poco de repelús. El vendedor, un gitano simpático con dos dientes de oro, me dijo que venía de un desahucio en Lavapiés y me lo dejó en ciento veinte euros porque, según él, nadie quiere muebles que guardan fantasmas.
Lo subieron dos mozos sudorosos hasta mi piso de Malasaña y lo colocaron contra la pared del dormitorio. Aquella noche, con una copa de vino tinto en la mano, me puse a limpiarlo por dentro con un trapo húmedo, cajón por cajón, como si fuera a desinfectar los pecados del dueño anterior.
En el último cajón, el más estrecho, el trapo se enganchó en algo. Tiré con cuidado y descubrí que el fondo era falso: una tabla fina que se levantaba con la uña. Debajo había un cuaderno de tapas negras, gastado por los bordes, y un bolígrafo Bic mordido en la punta. Un diario.
No soy cotilla, lo juro, pero el vino y la curiosidad me pudieron. Lo abrí y leí: «Me llamo Marco, tengo treinta y tres años, y escribo esto porque si no lo escribo reviento. Aquí puedo ser el animal que de verdad soy».
Pasé las páginas con los dedos temblando. Era un diario de confesiones eróticas: noches con desconocidas, una vecina casada, una compañera de trabajo, descripciones tan crudas que tuve que sentarme porque las piernas me flojeaban.
Marco escribía como quien folla: directo, sin adornos. Hablaba de coños mojados, de pollas duras, de correrse dentro, y lo hacía con una honestidad que me excitaba más que cualquier película.
Llegué a la última entrada, fechada el jueves anterior, y el corazón se me paró. Decía: «Si alguien encuentra este cuaderno, que sepa que no fue un accidente. Lo dejé donde sabía que unas manos curiosas lo encontrarían. Mañana viernes estaré en el bar El Desván, en la calle del Pez, a partir de las diez y media. Pediré un vermut. Si quien lea esto tiene agallas, que venga y me diga la frase de la página cuarenta y siete».
Fui corriendo a la página cuarenta y siete. La frase era: «Tengo el coño empapado y no pienso disimularlo».
Me quedé mirando el techo hasta las tres de la mañana, con el cuaderno contra el pecho y un hormigueo entre las piernas que no se me quitaba. Yo, Elena la monja, tenía una cita con un desconocido que escribía pornografía con alma.
El viernes salí de la biblioteca a las ocho, me duché dos veces y me puse un vestido negro corto y unas medias de rejilla. Me miré al espejo y no me reconocí: los ojos me brillaban como si tuviera fiebre.
El Desván era un bar estrecho de Malasaña, con luz baja, paredes de ladrillo y música de jazz a un volumen que obligaba a acercarse para hablar. Olía a vermut y a madera. Entré a las diez y cuarenta, con el bolso apretado y las manos heladas.
Lo vi enseguida, en la barra: treinta y tantos, pelo oscuro revuelto, barba de tres días, camisa blanca con las mangas remangadas y un vermut a medias delante. Estaba mirando la puerta. Cuando entré, sus ojos se clavaron en mí y no se apartaron.
Me senté en el taburete de al lado sin pedir permiso. El camarero se acercó y pedí otro vermut, con la voz más firme de lo que me sentía. Marco me miró de arriba abajo, despacio, sin disimular, y sonrió de medio lado.
«¿Vienes mucho por aquí?», preguntó. «No», dije, «vengo por un cuaderno». Saqué el diario de tapas negras del bolso y lo dejé sobre la barra, entre los dos vasos. Se le congeló la sonrisa.
Lo abrió, pasó unas páginas, y cuando vio su propia letra se le escapó una risa nerviosa. «Joder», murmuró, «así que lo encontraste». «Lo encontré», dije, acercándome hasta que mi rodilla rozó la suya, «y he venido a decirte la frase de la página cuarenta y siete».
Se inclinó hacia mí, expectante, y yo le susurré al oído, con los labios casi rozándole la oreja: «Tengo el coño empapado y no pienso disimularlo». Noté cómo se le tensaba todo el cuerpo y cómo tragaba saliva.
«Eres una temeraria», dijo con la voz ronca. «Soy bibliotecaria», respondí, «catalogo temeridades ajenas todos los días; hoy me toca la mía». Me cogió la mano por encima de la barra y me la apretó con una fuerza que me mandó un latigazo directo al bajo vientre.
Me contó que vendió el armario porque se mudaba a Barcelona y que dejó el cuaderno a propósito, como un mensaje en una botella. Yo le confesé que lo había leído entero, dos veces.
Se le oscurecieron los ojos. «¿Cuál fue tu parte favorita?», preguntó. «La del almacén», confesé, «cuando dices que la sentaste en una caja de cartón y le comiste el coño hasta que gritó tu nombre». Me miró como si fuera a devorarme allí mismo.
Me levanté del taburete y le dije: «Voy al baño. Si tardas más de dos minutos en seguirme, me voy a casa y quemas el cuaderno». Le dejé con la palabra en la boca, contoneándome entre las mesas, sintiendo su mirada clavada en mi culo.
El baño del Desván era pequeño, con una sola puerta con pestillo y un espejo empañado. Entré, eché el pestillo y me apoyé en el lavabo, mirándome: las mejillas encendidas, los pezones duros marcándose bajo el vestido. Conté hasta noventa en mi cabeza.
A los ochenta y cuatro llamaron a la puerta, dos golpes secos. Abrí y Marco entró como una exhalación, cerró de un portazo y echó el pestillo. Ni una palabra: me empujó contra la pared, me agarró la cara con las dos manos y me besó como si llevara años esperándome.
Su lengua invadió mi boca y sus manos me subieron el vestido hasta la cintura. Me metió la mano entre las piernas, por encima de la braga empapada, y gimió contra mi boca.
«Joder, Elena», gruñó, «estás chorreando». Me bajó la braga hasta las rodillas con dedos impacientes y me dio la vuelta, poniéndome de cara al espejo empañado. Vi mi propio reflejo, despeinada y jadeante, y detrás a él, desabrochándose el cinturón con una mano mientras con la otra me separaba las nalgas.
Sacó su polla, gruesa y dura, y la frotó entre mis labios empapados, arriba y abajo, sin metérmela. Yo me mordí el labio para no gritar y me froté contra él, suplicando sin palabras.
Entonces se arrodilló detrás de mí, me separó los muslos y me comió el coño allí mismo, en aquel baño diminuto, con la lengua entrando y saliendo, lamiendo mi clítoris con círculos rápidos que me hicieron agarrarme al lavabo con las dos manos para no caerme.
Me corrí en menos de un minuto, un orgasmo brutal que me dobló por la mitad, mordiéndome el puño para ahogar el grito. Él se levantó, me giró, y me puso de rodillas delante de él. Le cogí la polla con la mano, la lamí de la base a la punta, y me la metí en la boca hasta el fondo.
Se la chupé con ganas, con la saliva resbalándome por la barbilla, mirándole a los ojos mientras él me agarraba del pelo y me follaba la boca con embestidas cortas. «Así, joder, así», jadeaba, y yo notaba cómo le temblaban los muslos.
Justo cuando iba a correrse, se apartó, me levantó y me dijo al oído: «No, aquí no. Esto merece una cama». Se guardó la polla todavía dura, se abrochó el pantalón con manos temblorosas y salimos del baño por separado, como dos delincuentes, con la ropa revuelta y la respiración agitada.
Pagó sin mirar la cuenta, me cogió de la mano y salimos a la calle del Pez. En el taxi me metió la mano bajo el vestido y me mantuvo al borde del orgasmo durante todo el trayecto.
Vivía en un ático pequeño en Chamberí, con una terraza que daba a los tejados. Nada más cerrar la puerta me empujó contra ella y me arrancó el vestido por encima de la cabeza. Me quedé en sujetador, medias de rejilla y tacones, jadeando.
Me desabrochó el sujetador con una sola mano y se quedó mirándome las tetas antes de abalanzarse: me las lamió, me mordisqueó los pezones hasta dejármelos duros, y yo le clavé las uñas en la espalda.
Lo desnudé yo, botón a botón. Cuando le bajé los calzoncillos su polla saltó libre, dura y venosa. Me arrodillé y se la chupé despacio, lamiéndole los huevos, la base, el glande, hasta que me pidió por favor que parara.
Me llevó a la cama, me tumbó boca arriba y se colocó entre mis piernas. «Voy a follarte como escribo: sin prisa al principio y sin piedad al final», dijo, metiéndome dos dedos mientras me lamía los pezones. Arqueé la espalda gritando su nombre.
Cuando me puso la polla en la entrada y empujó, sentí cómo me abría centímetro a centímetro. Empezó despacio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo, y cada embestida me arrancaba un gemido más alto.
Me folló en misionero, mirándome a los ojos. Luego me giró boca abajo, me levantó las caderas y me tomó por detrás, agarrándome del pelo, con embestidas profundas que me hacían morder la almohada.
Me puso a cuatro patas al borde de la cama y me embistió con fuerza, con el sonido de nuestros cuerpos llenando la habitación. Le pedí más, siempre más, hasta que sentí el orgasmo subirme desde los pies.
Me corrí gritando, contrayéndome alrededor de su polla, y él aguantó unas embestidas más antes de salir y correrse sobre mis tetas. Nos quedamos abrazados, sudorosos y jadeantes, riéndonos como dos críos.
Dormimos un par de horas enredados. Me despertó su mano, colada otra vez entre mis piernas. «Otra vez», susurró, y yo ya estaba mojada antes de abrir los ojos.
Salimos a la terraza desnudos, con una manta por los hombros, mientras Madrid amanecía sobre los tejados. Me apoyó contra la barandilla y me levantó una pierna hasta el murete.
Me penetró de pie, despacio, con el amanecer pintándonos la piel, y me folló con un ritmo lento y profundo, susurrándome al oído fragmentos de su diario: «...y le comí el coño hasta que gritó mi nombre...». Yo gemía bajito, con la ciudad despertando bajo nosotros, sintiéndome la protagonista de su mejor entrada.
Nos corrimos juntos, abrazados contra la barandilla, con el sol asomando entre los edificios y una vecina de enfrente cerrando su persiana a toda prisa. Nos reímos, nos tapamos con la manta y nos quedamos mirando el cielo hasta que se puso azul del todo.
Volvimos dentro, nos duchamos juntos, y mientras me enjabonaba la espalda me dijo: «El cuaderno tiene páginas en blanco al final. ¿Las llenamos juntos?». Le quité la esponja de la mano, le miré a los ojos y respondí: «Empieza a escribir, Marco. Yo dicto».
La ducha era estrecha, de plato cuadrado, de esas en las que dos personas apenas caben, y eso la hizo perfecta. Marco abrió el agua caliente y el vapor nos envolvió mientras el chorro nos resbalaba por la piel todavía pegajosa de la noche.
Me apoyó contra los azulejos fríos y me enjabonó despacio, con las manos llenas de espuma: los hombros, las tetas, el vientre, bajando sin prisa hasta meterme los dedos entre los pliegues. Yo jadeé con el agua golpeándome la cara y separé las piernas para dejarle sitio.
Se arrodilló en el plato, con el agua corriéndole por la espalda, y me comió el coño allí mismo, lamiéndome el clítoris con la lengua caliente mientras el agua caía sobre su cabeza. Me agarré a la barra de la ducha y me corrí en su boca, temblando, con un gemido que rebotó en los azulejos.
Se levantó, me dio la vuelta contra la pared y me penetró por detrás, con el agua resbalando entre nuestros cuerpos. Me folló despacio al principio, con embestidas largas y profundas, y luego más fuerte, agarrándome las caderas, hasta que los dos estábamos jadeando bajo el chorro.
Salió de mí, me giró y se corrió sobre mi vientre, con el agua caliente arrastrando su semen por mi piel. Nos quedamos abrazados bajo el agua hasta que se enfrió, riéndonos, y supe que aquella página del diario ya estaba escrita.
De vuelta en el dormitorio, con la toalla todavía en el cuerpo, le pedí el bolígrafo mordido y escribí la última entrada del diario: «Hoy Elena me encontró. Me comió la polla en el baño de un bar, me dejó follarla contra los azulejos hasta que perdimos la cuenta de los orgasmos, y todavía me mira como si fuera a empezar otra vez».
Marco leyó por encima de mi hombro y se rió, con esa risa grave que ya me ponía tonta. Me quitó el bolígrafo, añadió debajo: «PD: la bibliotecaria muerde», y me besó en el cuello hasta que volví a mojarme. El diario, por fin, tenía un final digno de su primera página.
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