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Relatos de sexo en español: La discusión que encendió la noche

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Entre todos los relatos de sexo en español que Clara había leído a escondidas en su móvil, ninguno empezaba con una discusión tan estúpida como la suya: Sergio había olvidado su aniversario. No el de boda, el de la primera cita, el que ella llevaba semanas planeando en secreto.

«¿Cómo puedes olvidarlo?» gritó Clara, tirando el ramo de flores que él había comprado a última hora en la gasolinera. «¡Se nota que son de gasolinera, Sergio!»

«¡Trabajo doce horas al día!» rugió él. «¿Quieres que además me tatúe las fechas en el brazo?» El piso de Barcelona pareció encogerse con sus voces.

Clara tenía treinta años, un trabajo que la agotaba y un novio que la quería pero que vivía en otro planeta. Llevaban cuatro años juntos y últimamente el sexo era un trámite de domingo por la mañana, rápido y en silencio.

«¿Sabes qué?» dijo ella, con la voz temblando de rabia. «Olvídalo. Olvida la cena, olvida el aniversario, olvídalo todo.» Se dio la vuelta y entró en el dormitorio, cerrando la puerta de un portazo.

Sergio se quedó en el salón, respirando fuerte. Treinta y tres años, las manos aún manchadas de grasa del taller, el ramo ridículo en la mano. Tiró las flores al sofá y se pasó las manos por el pelo.

«¡Abre la puerta!» golpeó con el puño. «¡No!» «Clara, por favor.» «¡Que no!»

Él apoyó la frente en la madera. «Tienes razón. Soy un desastre. Pero no me castigues con el silencio, dime qué quieres que haga.»

La puerta se abrió de golpe. Clara estaba allí, con los ojos brillantes, en camiseta y bragas, sin sujetador. «¿Quieres saber lo que quiero?» dijo. «Quiero que me mires como me mirabas antes. Quiero que me desees.»

Sergio la miró, de verdad la miró, y algo cambió en su cara. «Te deseo cada día», dijo con voz ronca. «Lo que pasa es que llego tan cansado que no sé cómo decirlo.»

«Pues dímelo ahora», susurró ella. «Sin palabras.»

Él entró en el dormitorio y cerró la puerta tras de sí. La cogió por la cintura y la besó con una furia que llevaba meses guardada. Clara respondió con la misma furia, mordiéndole el labio hasta hacerlo gemir.

«¿Así?» jadeó él. «Así», confirmó ella, y le arrancó la camiseta por encima de la cabeza.

El torso de Sergio era fuerte, marcado por el trabajo físico. Clara le pasó las uñas por el pecho y él se estremeció. Le desabrochó el cinturón y le bajó los pantalones, liberando su polla, dura y palpitante.

«Dios», murmuró ella. Hacía meses que no lo veía así. Se arrodilló y la tomó en la boca sin preámbulos. Sergio echó la cabeza hacia atrás y gimió, sus manos enredándose en su pelo.

La chupó con ganas, con rabia, con todo el deseo acumulado de la discusión. Le lamió la punta, se la metió hasta el fondo, la sacó y volvió a empezar. «Clara, para, que me corro», advirtió él.

«Pues córrete», dijo ella, y siguió. Pero él la apartó con delicadeza. «No. En ti. Como antes.» La levantó y la tumbó en la cama.

Le quitó la camiseta y las bragas de un tirón. La miró, desnuda y jadeante, y sus ojos se oscurecieron. «Eres preciosa», dijo, y lo decía en serio. Le separó las piernas y contempló su coño, brillante y húmedo.

«Tan mojada», susurró, y la probó con la lengua. Clara gritó y arqueó la espalda. Él lamió despacio, dibujando círculos alrededor de su clítoris, y luego succionó con fuerza.

«¡Sergio!» Ella se agarró a las sábanas. Él no paró. Metió dos dedos dentro de ella mientras su lengua seguía trabajando, y Clara sintió que iba a explotar.

«Ahora», exigió ella. «Métela ahora.» Él se colocó entre sus piernas y la penetró de una embestida profunda. Clara gritó de placer y de sorpresa. Llevaba tanto tiempo sin sentirlo así.

Empezó a moverse con fuerza, sin delicadeza, como ella le había pedido sin palabras. La cama golpeaba contra la pared al ritmo de sus embestidas. «¿Te gusta?» gruñó. «¡Sí! ¡Más fuerte!»

La puso de lado y la penetró así, una pierna sobre su hombro, llegando más hondo que nunca. Clara se mordió el puño para no gritar. Los vecinos, el aniversario olvidado, todo desapareció.

«Date la vuelta», ordenó él. Ella obedeció, poniéndose a cuatro patas. Él la agarró por las caderas y entró en ella por detrás, con un ritmo brutal. Le dio una palmada en el culo y ella gimió.

«¿De quién es este culo?» preguntó, con voz posesiva. «Tuyo», jadeó ella. «Solo tuyo.» Él aumentó el ritmo, fuera de sí, y ella se corrió con un grito desgarrador, su cuerpo convulsionando alrededor de su polla.

Verla correrse lo llevó al límite. Con un rugido, se vació dentro de ella, abrazándola con fuerza para no caer. Se quedaron así, jadeando, sudados, unidos.

Cuando pudieron hablar, Clara dijo: «¿Ves? Esto es lo que quería.» Sergio rio, sin aliento. «¿Una discusión?» «No, idiota. Esto. Que me mires así. Que me folles así.»

Él le apartó el pelo de la cara. «Perdóname por el aniversario.» «Te perdono», dijo ella. «Pero me debes una cena. Y otra como esta.»

«Hecho», prometió él, y la besó con ternura. Luego su mano bajó por su vientre y ella se rió. «¿Otra vez?» «La discusión me ha dado hambre», dijo él, y volvió a bajar la cabeza.

Esa noche hicieron el amor tres veces. La tercera fue lenta, dulce, mirándose a los ojos, como en los primeros tiempos. Clara lloró un poco al correrse, y Sergio la abrazó sin decir nada.

A la mañana siguiente, desayunaron en silencio, sonriéndose como tontos. En la puerta, antes de irse al taller, Sergio la agarró y la besó. «Feliz aniversario», dijo. «Con un día de retraso.»

«Feliz aniversario», respondió ella. Y cuando él se fue, Clara abrió su móvil y borró todos esos relatos que leía a escondidas. Ya no los necesitaba. Tenía el suyo propio, y era mejor.

Pero Sergio no había terminado. La levantó en brazos, ella enredó las piernas en su cintura, y la llevó así hasta la ducha, sin sacarla de dentro. El agua caliente cayó sobre sus cuerpos y él siguió moviéndose dentro de ella, despacio, profundo.

«Me vuelves loco», le susurró al oído, mordisqueándole el lóbulo. Clara echó la cabeza hacia atrás y el agua le corrió por el cuello, por los pechos. Él los lamió, uno tras otro, mientras sus caderas no paraban.

Salieron de la ducha empapados y se secaron a medias, con prisas, porque ninguno de los dos podía esperar. En el dormitorio, Clara lo empujó sobre la cama y se sentó a horcajadas sobre él.

«Ahora mando yo», dijo, y empezó a moverse, despacio al principio, disfrutando de cada centímetro. Sergio le agarró los pechos y los amasó, pellizcándole los pezones hasta hacerla gemir.

«Más rápido», jadeó él. Ella obedeció, cabalgándolo con fuerza, su pelo mojado golpeándole la cara. La cama crujía y sus jadeos llenaban la habitación.

«Me corro», anunció ella, y su cuerpo se tensó. Él la agarró por las caderas y la ayudó a seguir moviéndose a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella cayó sobre su pecho, temblando.

«Mi turno», dijo Sergio, y la puso de rodillas en el borde de la cama. Se colocó detrás de ella y entró de golpe. Clara gritó, agarrándose a las sábanas.

La folló con un ritmo implacable, una mano en su cadera, la otra entre sus piernas, frotando su clítoris. «Otra vez», ordenó. «Córrete otra vez para mí.»

Y ella obedeció, corriéndose por segunda vez, más fuerte, gritando su nombre. Él la siguió inmediatamente, vaciándose dentro de ella con un gemido animal.

Se dejaron caer sobre la cama, sin fuerzas. «¿Cuánto hace que no hacíamos esto?» preguntó Clara, mirando al techo. «Demasiado», admitió él. «Se acabó. A partir de ahora, discutimos una vez por semana.»

Ella le dio un manotazo en el pecho, riéndose. «Ni se te ocurra. Con una al año me basta, si terminan así.» Se acurrucó contra él y cerró los ojos.

«Sergio», dijo en voz baja. «¿Qué?» «Gracias por olvidar el aniversario.» Él se rió. «De nada. Pero que no se repita.» «No lo sé», dijo ella, sonriendo. «Igual me gusta verte así de desesperado.»

Durmieron abrazados hasta tarde. Cuando Clara despertó, Sergio ya había preparado el desayuno: tostadas, café y una nota doblada junto al plato. «Para la mejor discusión de mi vida», decía.

Clara se rió y fue a abrazarlo a la cocina. Él la levantó y la sentó sobre la encimera, entre los platos sucios. «¿Sabes qué?», dijo ella, rodeándole el cuello con los brazos. «Creo que voy a olvidar yo el próximo aniversario.»

«Ni lo sueñes», gruñó él, y la besó. Y allí mismo, en la cocina, con el café enfriándose, volvieron a empezar. Porque algunas discusiones no terminan nunca del todo, y la suya era de las buenas.

Semanas después, Clara seguía pensando en aquella noche cada vez que Sergio llegaba tarde del taller. Pero ahora, en lugar de enfadarse, lo esperaba en la puerta con una sonrisa pícara. Y él, al verla, ya sabía lo que le esperaba.

🔒 Bonus Scene locked

Una semana después, Sergio llegó con una caja pequeña, y lo que había dentro cambió las reglas del juego.

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