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Leer Historias Eróticas: La carta del librero

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Elena entró en la librería de segunda mano buscando algo para leer historias eróticas durante el largo verano madrileño, y salió con mucho más que un libro. La tienda olía a papel viejo y a café. El dueño, un hombre de unos treinta y ocho años con gafas y manos manchadas de tinta, la saludó con un gesto distraído.

Se perdió entre las estanterías durante casi una hora. Finalmente eligió una novela gastada de tapas rojas. Al hojearla en la caja, algo cayó al suelo. Un papel doblado, amarillento, escrito a mano.

"¿Esto venía con el libro?" preguntó, recogiéndolo.

El librero palideció al verlo. "Dámelo, por favor."

Pero Elena ya había leído la primera línea. Y la segunda. Sus mejillas se encendieron. Era una carta. Una carta erótica, explícita, escrita con una caligrafía elegante y temblorosa a la vez.

"¿Quién escribió esto?" preguntó, sin devolver el papel.

El hombre se quitó las gafas y se frotó los ojos. "Yo. Hace muchos años."

"¿Para quién?"

"Para alguien que nunca vino a buscarla." Su voz era baja. "La dejé dentro de ese libro el día que ella me dejó. Pensé que si algún día volvía a esta tienda... No volvió."

Elena sintió que el corazón le latía con fuerza. "¿Puedo leerla entera?"

"No deberías."

"¿Por qué no? Ya he empezado." Elena se apoyó en el mostrador. "¿Cómo te llamas?"

"Martín."

"Martín, léemela tú. Quiero oírla en tu voz."

Martín la miró fijamente durante un largo momento. Luego tomó la carta de sus manos con dedos que temblaban ligeramente. "Cierro la tienda en diez minutos. Si de verdad quieres oírla, quédate."

Elena asintió. Pagó el libro que ya no le importaba y esperó entre las estanterías mientras Martín giraba el cartel de la puerta a CERRADO y bajaba la persiana a medias.

"Ven atrás," dijo. "Hay un pequeño despacho. Más íntimo."

El despacho era estrecho: una mesa, dos sillas, una lámpara cálida. Olía a tabaco y a papel. Martín se sentó frente a ella, desdobló la carta y empezó a leer.

Su voz cambió al leer. Se volvió más grave, más lenta. La carta describía una noche: una mujer, una cama, unas manos que la desnudaban prenda a prenda. Cada palabra estaba elegida con una precisión que hizo que a Elena se le secara la boca.

"Sigue," susurró Elena cuando él dudó.

Martín continuó. La carta describía cómo él besaba el cuello de su amante, cómo sus manos encontraban sus pechos, cómo ella gemía su nombre. Elena sintió calor subiendo por su propio cuello. Sus muslos se apretaron bajo la falda.

"¿Todo esto es verdad?" preguntó. "¿Pasó de verdad?"

Martín dobló la carta. "Cada palabra. Fue la mejor noche de mi vida. Y la última con ella."

"¿Y desde entonces?" Elena se inclinó hacia delante. "¿Nada?"

"Nada que merezca una carta."

Elena se levantó de su silla. Rodeó la mesa. Se detuvo delante de él. "Léeme el final," dijo. "Pero esta vez no leas. Hazlo."

Martín la miró, incrédulo. "¿Qué?"

"Has pasado años guardando esta carta como si fuera un museo. Esta noche, vívela otra vez." Elena tomó su mano y la puso sobre su propia mejilla. "Conmigo."

Martín se puso de pie lentamente. Sus manos, esas manos manchadas de tinta, tomaron el rostro de Elena con una delicadeza que la desarmó. La besó. Primero suave. Luego con un hambre de años.

Elena respondió con la misma hambre. Sus dedos se enredaron en su pelo. Su lengua buscó la de él. El despacho, los libros, Madrid entera desaparecieron.

Martín la sentó sobre la mesa. Los papeles cayeron al suelo. Sus manos subieron por sus muslos, apartando la falda. Elena no llevaba medias. Él gimió al sentir su piel desnuda.

"Eres preciosa," murmuró, arrodillándose ante ella.

Apartó su ropa interior a un lado sin quitársela. La encontró húmeda, caliente. La besó allí, primero con los labios, luego con la lengua. Elena echó la cabeza hacia atrás y gimió.

Su lengua trazó círculos lentos, deliberados. Elena se agarró al borde de la mesa. "Martín... por favor..."

Él introdujo un dedo en ella mientras su lengua seguía trabajando. Luego otro. Elena se retorció. Sus gemidos llenaron el pequeño despacho.

"¿Así la tocabas a ella?" preguntó Elena, sin aliento.

"A ti te toco mejor," respondió él. "Porque ahora sé lo que perdí."

Elena lo levantó por los hombros y lo besó con fuerza, saboreándose a sí misma en sus labios. Sus manos bajaron a su cinturón. Lo desabrochó con dedos impacientes.

Su miembro surgió, duro y grueso. Elena lo tomó en su mano. Estaba caliente. Lo acarició lentamente, observando cómo Martín cerraba los ojos.

Se arrodilló ante él, allí entre los papeles caídos, y lo tomó en su boca. Lo saboreó despacio, con la lengua rodeando la punta, luego tragándolo más profundamente.

Martín gimió su nombre. Sus manos se enredaron en su pelo, guiándola con suavidad. "Elena... vas a matarme..."

Ella se apartó justo a tiempo. Se levantó, se quitó la blusa y el sujetador de un tirón. Sus pechos quedaron al aire bajo la luz cálida de la lámpara. Martín los miró como si fueran un milagro.

La tumbó sobre la mesa. Se colocó entre sus muslos. Frotó su miembro contra su humedad, una vez, dos veces, haciéndola gemir de anticipación.

"Dime qué quieres," dijo, con la voz rota.

"Fóllame, Martín. Como en la carta. Sin prisa y sin piedad."

Entró en ella de un empujón profundo. Elena gritó. La mesa crujió bajo ellos. Él la llenaba por completo, cada centímetro una promesa cumplida años después.

Se movió despacio al principio, como en la carta: cada embestida deliberada, profunda. Sus manos amasaban sus pechos. Sus labios encontraban su cuello. Elena rodeó su cintura con las piernas, atrayéndolo más hondo.

"Más fuerte," exigió. "La carta dice que al final perdiste el control."

Martín obedeció. Sus embestidas se volvieron rápidas, brutales. La mesa golpeaba la pared. Los libros de la estantería temblaban. Elena gritaba su nombre sin importarle quién pudiera oír tras la persiana a medias.

Su orgasmo la atravesó como una ola. Su cuerpo se arqueó sobre la mesa. Martín la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un gemido ronco.

Después, mientras se vestían entre risas, Martín le mostró algo. Una caja de madera bajo el mostrador, llena de cartas. Todas sin enviar. Todas eróticas.

"¿Cuántas hay?" preguntó Elena, hojeándolas.

"Docenas. Escribía una cada vez que la echaba de menos. Luego las guardaba aquí." Martín la miró. "Nunca pensé que alguien las leería."

"Yo quiero leerlas todas." Elena tomó una al azar y leyó en voz alta las primeras líneas. Su voz temblaba de excitación. Martín la escuchaba como si fuera música.

"Sigue," dijo él, sentándola sobre sus rodillas en el sillón del despacho.

Elena continuó leyendo mientras las manos de Martín exploraban su cuerpo por encima de la ropa. Cada frase explícita que salía de sus labios parecía encenderlo más. Cuando llegó a la parte más intensa de la carta, él ya le había desabrochado la blusa.

"No puedo seguir leyendo así," protestó ella, sin aliento.

"Entonces no leas." Martín la giró en el sillón, de espaldas a él. Le bajó la falda. La tomó allí mismo, entre las cartas esparcidas, con una urgencia que la dejó sin palabras.

Elena se agarró a los brazos del sillón. Cada embestida la empujaba hacia delante. Las cartas crujían bajo sus rodillas. Era salvaje y era perfecto.

"Eres mi mejor lectora," jadeó Martín en su oído.

"Y tú mi mejor escritor," respondió ella, alcanzando el clímax con un grito ahogado.

Cuando amaneció, Madrid despertaba tras la persiana a medias. Elena se fue con el libro de tapas rojas bajo el brazo y la carta original doblada en su bolso. Martín la había obligado a aceptarla.

"Para que nunca olvides dónde empezó todo," había dicho.

Elena no lo olvidaría. Cada vez que abriera un libro de segunda mano, buscaría entre sus páginas. Porque ahora sabía que las mejores historias no siempre están impresas. A veces están escritas a mano, esperando a la lectora adecuada.

Se quedaron abrazados sobre la mesa revuelta, entre papeles y libros caídos. Martín acariciaba su pelo.

"¿Sabes qué?" dijo Elena, sonriendo. "Creo que voy a escribirte una carta."

"¿Erótica?"

"La más erótica que hayas leído nunca. Y esta vez no la dejaré dentro de un libro." Lo besó. "Te la leeré yo misma. Cada noche."

Martín rió, un sonido que parecía no haber usado en años. "Trato hecho."

En la puerta de la librería, Martín la detuvo con una mano en su cintura. La besó una vez más, largo y despacio, sin importar quién pudiera ver tras la persiana a medias.

"Vuelve mañana," dijo. "Trae otra carta. O no traigas nada. Solo vuelve."

"Volveré," prometió Elena. "Y la próxima vez, la carta la escribiremos juntos."

Caminó por la calle madrileña con el libro de tapas rojas apretado contra el pecho. El verano seguía, el calor seguía, pero algo en ella había cambiado para siempre. Había ido a buscar algo para leer historias eróticas y había encontrado al hombre que las escribía.

Fuera, Madrid seguía con su verano. Dentro de aquella librería, una carta amarillenta por fin había encontrado a su lectora. Y su escritor, por fin, una razón para escribir de nuevo.

🔒 Bonus Scene locked

Una semana después, Elena volvió a la librería con un sobre en el bolso... y esta vez era ella quien iba a leer...

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