Relatos Eróticos de Amas de Casa: Lucía y el Fontanero
Dicen que los mejores relatos eróticos de amas de casa empiezan con una fuga de agua, y el martes a las nueve de la mañana, con la cocina encharcada y Javier en un avión rumbo a Frankfurt, el mío empezó exactamente así.
¿Pueden mandar a alguien esta misma mañana? Es que el grifo no para de gotear y tengo la cocina hecha un lago, dije al teléfono, con el agua ya lamiendo la punta de mis zapatillas.
La chica de Fontanería Hermanos Gil me prometió un técnico antes de las doce. Colgué, puse una toalla en el suelo, otra dentro del armario del fregadero, y me senté a esperar con un café que se me enfriaba entre las manos. Lucía, treinta y ocho años, ama de casa en un piso de Madrid que se me hacía cada día más grande, mirando cómo el agua marcaba el ritmo de mis mañanas.
A las once y media sonó el timbre. Abrí y me encontré a un hombre de unos treinta y dos años, moreno, con una caja de herramientas roja y una sonrisa que pedía perdón por llegar tarde sin haber llegado tarde. Mario, dijo, tendiéndome la mano. Vamos a ver ese grifo rebelde.
Pasó a la cocina, se arrodilló delante del fregadero y abrió el armario de abajo. Vaya, silbó. Esto está peor de lo que parecía. El sifón está para cambiarlo entero. Tengo el repuesto en la furgoneta, subo en un minuto.
Mientras él bajaba, yo recogí las toallas empapadas y las metí en la lavadora. Me miré en el espejo del pasillo sin querer: camiseta vieja de tirantes, mallas de deporte, el pelo recogido en un moño de batalla. La viva imagen de la mujer invisible. Javier llevaba tres años viajando de lunes a jueves y yo llevaba tres años convirtiéndome en un mueble más del piso.
Mario volvió con una pieza nueva y se puso manos a la obra. El ruido de las llaves inglesas llenaba la cocina. ¿Quieres un café? ofrecí, más por llenar el silencio que por cortesía. Marchando, dijo sin levantar la vista, con leche si puede ser.
Se lo llevé y me quedé mirando cómo trabajaba: los antebrazos tensos, una gota de sudor bajándole por la sien. Cuando alargó el brazo por detrás de mí para coger una llave que había dejado en la encimera, su brazo rozó mi pecho. Fue un segundo, quizá menos, pero los dos nos quedamos quietos.
Perdona, murmuró, sin apartarse del todo.
No pasa nada, dije yo, y mi voz sonó más grave de lo normal. ¿Tu marido no te echa una mano con estas cosas? preguntó, señalando con la barbilla la foto de la boda que hay en la nevera.
Mi marido vive en los aeropuertos, solté, y me sorprendí a mí misma riéndome. Consultor. De lunes a jueves, Frankfurt, Milán, donde sea. Yo me quedo aquí, guardando el fuerte y hablando con el grifo.
Mario me miró entonces de verdad, de arriba abajo, sin disimulo. Pues el fuerte está muy bien guardado, dijo. Y volvió a su sifón, pero el aire de la cocina ya era otro, denso, cargado de algo que los dos estábamos fingiendo no notar.
¿Y tú qué haces cuando no estás salvando cocinas? le pregunté, sentándome en un taburete frente a él.
Fútbol los domingos, mi madre los sábados, y discutir con el tráfico el resto de la semana, dijo, apretando una tuerca. ¿Y tú? ¿En qué se te van los días, Lucía?
La pregunta me pilló desprevenida. En nada, admití, y me odié un poco por la tristeza que se me coló en la voz. En la compra, en la colada, en esperar a que suene el teléfono. A veces se me olvida que tengo treinta y ocho años y no ochenta.
Tardó otra media hora. Cuando terminó, abrió el grifo para probar y un chorro lateral le empapó la camisa de golpe. ¡Joder! exclamó, riéndose, con la tela pegada al pecho marcando cada músculo.
Ay, madre, dije, llevándome las manos a la boca. Quítatela, que te la seco con el secador en un minuto. Trae.
Se la quitó allí mismo, sin ningún pudor, y me la tendió. Me quedé con la camisa mojada en las manos, mirándole el torso desnudo, los abdominales, el vello oscuro bajando hacia el cinturón. Él se dio cuenta de dónde miraba y no hizo nada por taparse. Al contrario: se cruzó de brazos y sonrió.
¿Te gusta lo que ves, Lucía? preguntó, muy despacio.
El corazón me golpeaba las costillas. En tres años nadie me había mirado así, como si yo fuera algo más que la señora que abre la puerta. Di un paso hacia él, dejé la camisa en la encimera y le puse las manos en el pecho, sintiendo su calor, su respiración acelerada.
Mucho, susurré. ¿Y a ti? ¿Te gusto yo?
En respuesta me agarró por la cintura y me sentó en la encimera de un tirón, colocándose entre mis piernas. Su boca encontró la mía con una urgencia que me dejó sin aire, sus manos subiéndome por los muslos, colándose bajo la camiseta. Yo le rodeé la cintura con las piernas y tiré de él hacia mí.
Me quitó la camiseta por la cabeza y se quedó mirándome el sujetador de encaje negro, el único bonito que me quedaba, el que me ponía para mí misma los días que me acordaba de que era una mujer. Joder, Lucía, murmuró, y me lo desabrochó con una sola mano, como si llevara haciéndolo toda la vida.
Sus labios bajaron a mis pechos, lamiendo, mordisqueando suavemente los pezones hasta dejarlos duros y sensibles. Gemí, echando la cabeza hacia atrás, agarrándome al borde de la encimera. Sus dedos encontraron el elástico de mis mallas y las bajaron junto con las bragas, de un solo movimiento impaciente.
Estaba empapada, lo noté en cuanto sus dedos me tocaron, resbalando entre mis labios, dibujando círculos lentos en mi clítoris que me hicieron temblar. Mario, jadeé. Por favor.
Se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones lo justo. Su polla era grande, gruesa, venosa, y cuando la frotó contra mi entrada mojada solté un gemido que me avergonzó y me excitó a partes iguales. Mírame, me ordenó, sujetándome la barbilla. Quiero verte la cara cuando entre.
Le miré a los ojos mientras me penetraba de una embestida profunda, llenándome por completo. Grité, clavándole las uñas en la espalda. Se quedó quieto un segundo, dejándome acostumbrar, y luego empezó a moverse, lento al principio, cada vez más rápido, la encimera golpeando rítmicamente contra los armarios.
El sonido del agua goteando del grifo, que seguía mal cerrado, se mezclaba con nuestros jadeos. Me agarró de las caderas y me embistió con fuerza, cada golpe llegando a un punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Mis pechos botaban con cada embestida y él los miraba, fascinado, sin dejar de moverse.
Me corrí de golpe, un orgasmo brutal que me recorrió entera, gritando su nombre, contrayéndome alrededor de su polla. Él aguantó unos segundos más, embistiéndome con desesperación, y se corrió dentro de mí con un rugido ronco, quedándose pegado a mi cuerpo, temblando.
Nos quedamos así, abrazados en la cocina encharcada, riéndonos como dos adolescentes. Esto no estaba en el presupuesto, dijo, besándome el cuello. ¿Lo facturo como extra?
Factúralo como quieras, le dije, bajándome de la encimera con las piernas temblorosas. Pero antes dúchate conmigo. Tienes serrín hasta en las ideas.
En el baño, bajo el agua caliente, fue distinto: más lento, más tierno, como si el primer asalto nos hubiera dado permiso para mirarnos de verdad. Le enjaboné la espalda, él me besó los hombros, y cuando me giró contra los azulejos y me penetró desde atrás, con el agua corriéndonos por los cuerpos, fue tan íntimo que tuve que morderme el labio para no decir algo que no debía.
Sus manos me sujetaban las caderas mientras entraba y salía de mí con un ritmo pausado, profundo, y yo me apoyaba en la pared, sintiendo cada centímetro, cada embestida, el agua caliente y su cuerpo caliente y su aliento en mi nuca. Me corrió una mano hasta mi clítoris y me masturbó al ritmo de sus embestidas hasta que me corrí por segunda vez, silenciosa esta vez, con las piernas a punto de fallarme.
Él se corrió justo después, abrazándome por detrás, con la frente apoyada en mi hombro. Nos quedamos bajo el agua hasta que se enfrió, sin hablar, porque no hacía falta.
Se vistió en el dormitorio mientras yo me ponía una bata. Antes de irse, sacó una tarjeta del bolsillo y la dejó en la nevera, sujeta con el imán de la foto de la boda. En el reverso había escrito a mano: Para la próxima fuga... o lo que sea. M.
¿La próxima fuga? pregunté, arqueando una ceja.
Los sifones siempre se rompen dos veces, dijo, guiñándome un ojo. Es ciencia. Y se fue, con su caja roja, dejándome sola en mi cocina ya seca, con el grifo arreglado y el cuerpo cantando.
Guardé su número en el móvil como Fontanero, con el emoji de la llave inglesa. Esa noche Javier llamó desde Frankfurt, como cada martes, y yo atendí envuelta en una toalla, sonriendo a la tarjeta de la nevera.
¿Qué tal el día, cariño? preguntó él.
Interesante, dije, pasándome la lengua por los labios. He arreglado el grifo. Y creo que por fin he arreglado algo más.
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