Relatos eróticos de casadas: Valeria y el arquitecto
Valeria empujó la puerta del baño a medio alicatar y se quedó quieta. Martín estaba agachado colocando una baldosa, la camisa subida, la espalda brillante de sudor. En el espejo aún sin colgar, sus ojos se encontraron con los de ella. Ninguno de los dos apartó la mirada. Así empiezan los mejores relatos eróticos de casadas, pensó Valeria, con una baldosa a medio poner y un hombre que no debería mirarla así.
Tenía treinta y seis años, un marido que vivía entre aviones y un piso en Ruzafa, Valencia, convertido en una obra. Jorge estaba en Madrid toda la semana, como casi todas las semanas. La reforma la había contratado ella, y al arquitecto joven que la dirigía lo había elegido ella también, aunque eso no se lo había contado a nadie.
"¿Te gusta cómo queda?" preguntó Martín, sin levantarse. Su voz sonó más grave de lo normal.
Valeria se acercó un paso. El polvo del yeso flotaba en la luz de la tarde. "Queda bien," dijo. "Aunque yo no entiendo de baldosas. Entiendo de otras cosas."
Martín se incorporó despacio. Tenía veintinueve años, manos grandes de quien ha trabajado de verdad, y una forma de mirarla que la ponía nerviosa desde el primer día. Se limpió las manos en los vaqueros y dio un paso hacia ella.
"Tienes polvo aquí," dijo, y le rozó la mejilla con el pulgar. Valeria sintió el roce como una descarga. No se apartó.
"¿Quieres un café?" preguntó ella, porque necesitaba moverse, respirar, pensar.
"Me muero por uno," dijo él.
En la cocina, con la cafetera italiana silbando, Valeria se apoyó en la encimera e intentó calmarse. Llevaba una bata fina sobre el pijama. No se había arreglado para nadie. O quizá sí, y no quería admitirlo.
Martín apareció en la puerta con una sonrisa torcida. "Huele bien," dijo. Valeria no supo si hablaba del café.
Le sirvió una taza y se la dio. Sus dedos se tocaron. Esta vez fue ella la que no retiró la mano.
"¿Tu marido no viene a ver la obra?" preguntó Martín, soplando el café.
"Jorge viene cuando puede," dijo Valeria. "Que es nunca. Viaja mucho."
"Qué suerte tiene," dijo Martín, mirándola por encima de la taza. "Y qué poco la aprovecha."
Valeria sintió que se le aceleraba el corazón. "Cuidado, arquitecto," dijo, intentando sonar divertida. "Eso suena a piropo de obra."
"Es un piropo de verdad," dijo él, dejando la taza. "Desde el primer día que entré en esta casa pensé que eras la mujer más guapa que había visto en años."
El silencio se hizo espeso. Valeria debería haberse reído, haber cambiado de tema, haberle recordado que estaba casada. En lugar de eso, dio un paso hacia él.
Martín no esperó más. La tomó por la cintura y la besó. Fue un beso hambriento, sin permiso y sin disculpas. Valeria se agarró a su camisa y le devolvió el beso con una furia que la sorprendió a sí misma.
Sabía a café y a polvo de obra. Sus manos bajaron por su espalda y se detuvieron en sus caderas, apretando. Valeria gimió contra su boca.
"Llevo semanas queriendo hacer esto," susurró él contra sus labios.
"Pues no esperes más," dijo ella.
La llevó contra la encimera y le abrió la bata con manos impacientes. Debajo no llevaba más que unas bragas de encaje negro. Martín se quedó mirándola un segundo, como si quisiera memorizarla.
"Joder, Valeria," murmuró.
Se arrodilló delante de ella y le bajó las bragas despacio, besando sus muslos a medida que descendían. Valeria se agarró al borde de la encimera. Cuando su lengua tocó su coño, ella soltó un gemido que resonó en la cocina vacía.
Martín la lamió con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo, trazando círculos lentos alrededor de su clítoris. Valeria enredó los dedos en su pelo y tiró suavemente.
"Más," susurró. "Por favor, más."
Él introdujo dos dedos en ella mientras su lengua seguía trabajando. Valeria estaba empapada, su cuerpo respondía como si llevara años esperando. Y en cierto modo, así era. Jorge hacía meses que apenas la tocaba.
El primer orgasmo la golpeó de repente, haciéndola temblar. Se mordió el labio para no gritar. Martín la miró desde abajo, sonriendo, con la barbilla brillante.
"¿Te ha gustado?" preguntó.
Valeria, en respuesta, lo levantó por la camisa y lo besó, saboreándose a sí misma en su boca. Luego le desabrochó los vaqueros con dedos torpes de impaciencia.
Su polla salió erecta, gruesa, palpitante. Valeria la agarró y la acarició despacio, mirándole a los ojos. Martín gimió y apoyó la frente en la suya.
Se arrodilló y se la metió en la boca. La saboreó entera, lamiendo la punta, bajando hasta la base. Martín jadeaba, con las manos en su pelo, sin empujar, dejándola llevar el ritmo.
"Valeria, para, que me corro," advirtió él con la voz rota.
Ella se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió. "Todavía no," dijo. "Todavía no hemos empezado."
Lo tomó de la mano y lo llevó por el pasillo, entre paredes a medio pintar. A mitad del pasillo, Martín la detuvo, la giró y la apretó contra la pared. La besó en el cuello, bajando hasta sus hombros, mientras sus manos le abrían la bata del todo.
Valeria jadeó cuando él le mordisqueó suavemente un pezón. Sus bragas ya estaban en el suelo de la cocina, y su coño goteaba de deseo. Martín deslizó la rodilla entre sus piernas, presionando contra ella, haciéndola gemir.
"Me estás volviendo loco," susurró él, con la respiración acelerada. "Desde que te vi, no pienso en otra cosa."
"Pues demuéstramelo," retó ella, clavándole las uñas en los hombros.
Él la levantó en vilo y ella enredó las piernas en su cintura. Así, contra la pared del pasillo, con el yeso manchándoles la piel, se besaron como si el mundo fuera a acabarse. Su polla dura se apretaba contra su vientre y Valeria se frotó contra él, desesperada.
"No aquí," dijo ella al final, riéndose entre jadeos. "En el salón. Hay sitio."
Lo llevó al salón, entre plásticos protectores y muebles cubiertos con sábanas. Lo empujó sobre el sofá cubierto y se subió encima de él, a horcajadas. Se colocó su polla en la entrada de su coño y se dejó caer despacio.
Ambos gimieron. Él la llenaba por completo, estirándola de una forma que la hacía sentirse viva. Valeria empezó a moverse, despacio al principio, encontrando el ritmo.
Martín le agarró las tetas por encima de la bata abierta, amasándolas, pellizcando sus pezones. Ella echó la cabeza hacia atrás y se movió más rápido.
"Así, así," jadeó él. "No pares."
El sofá crujía bajo ellos. El polvo de la obra flotaba en el aire de la tarde. Valeria se sentía salvaje, libre, dueña de su propio placer por primera vez en años.
Martín la giró sin salir de ella y la puso a cuatro patas sobre la sábana protectora. Entró en ella desde atrás, profundo, con embestidas largas. Valeria gritó, sin importarle quién pudiera oír.
"Tu coño me vuelve loco," gruñó él, agarrándola por las caderas. "Tan caliente, tan apretado."
Valeria llegó al segundo orgasmo con un grito ahogado, su cuerpo sacudiéndose. Martín siguió un poco más, hasta que se corrió dentro de ella con un gemido largo, derramándose.
Se quedaron abrazados sobre la sábana, respirando agitados, cubiertos de una fina capa de polvo blanco. Valeria se rió, de repente.
"¿De qué te ríes?" preguntó él.
"De que mi marido paga una fortuna por esta reforma y lo mejor que me ha dado hasta ahora eres tú," dijo.
Martín la besó en la frente. "La obra aún no ha terminado," dijo. "Quedan semanas."
Al atardecer subieron al dormitorio principal, la única habitación intacta. En la cama de matrimonio que Jorge apenas usaba, hicieron el amor una tercera vez, despacio esta vez, mirándose a los ojos.
Valeria le recorrió la espalda con las uñas mientras él entraba y salía de ella con movimientos largos, cada embestida arrancándole un gemido nuevo. La habitación olía a pintura fresca y a piel caliente. Susurraron cosas que ninguno de los dos se atrevería a repetir en voz alta a la luz del día.
"Dime que soy tuya," pidió él.
"Soy tuya," dijo ella, y lo decía en serio, al menos en esa habitación, en esa tarde, en esa vida paralela que acababa de empezar.
Cuando terminaron, ya era de noche. Martín se vistió entre las herramientas y los planos. Valeria lo miró desde la cama, sin querer que se fuera.
"¿Mañana vienes a seguir con el baño?" preguntó ella.
"Mañana y pasado," dijo él, atándose las botas. "Y la semana que viene. La obra va para largo."
Valeria se levantó, se puso la bata y fue hasta el cajón de la entrada. Sacó una llave y se la puso en la mano.
"La copia," dijo. "Para que no tengas que llamar al timbre."
Martín cerró la mano sobre la llave y la besó una última vez, larga, en el umbral de la puerta. Luego bajó las escaleras silbando.
Valeria cerró la puerta y se apoyó en ella. El piso olía a yeso y a sexo. Sonrió. "Mañana a la misma hora," susurró al silencio.
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