Relatos Eróticos De La Esposa Del Amigo: Encontró Su Nota Y La Folló Toda La Noche
Martín no sabía que aquella nota cambiaría su vida, ni que se convertiría en los relatos eróticos de la esposa del amigo que nunca pensó vivir. La encontró en el bolsillo de su chaqueta al día siguiente de una cena en casa de su mejor amigo Diego. Era un papel doblado con letra femenina que decía: anoche me miraste como nadie me ha mirado en años, ¿fue imaginación mía?
Martín tenía treinta y cuatro años y vivía en Madrid. Diego era su amigo desde la universidad, y su esposa Lucía tenía treinta años. La noche de la cena, Lucía había estado extrañamente callada, y Martín había notado que ella lo miraba más de lo normal. Él pensó que era su imaginación, hasta que encontró la nota.
La noche de la cena, Diego había estado hablando de fútbol toda la velada, sin notar que su esposa apenas comía. Lucía había servido la cena con una sonrisa educada, pero sus ojos buscaban a Martín cada pocos minutos. Cuando Martín se despidió, Lucía lo acompañó a la puerta y, al darle su chaqueta, deslizó la nota en el bolsillo con dedos temblorosos. Martín no lo notó en ese momento, pero el temblor de sus manos lo decía todo.
Martín guardó la nota en su cartera y pasó el día entero pensando en ella. ¿Debía devolverla y fingir que no la había leído? ¿Debía hablar con Lucía? Por la noche, recibió un mensaje de Lucía: ¿encontraste algo en tu chaqueta? Martín contestó: sí, y necesito hablar contigo. Lucía respondió: mañana, en el café de la plaza, a las seis, sin Diego.
Al día siguiente, Martín llegó al café antes de tiempo. Lucía llegó con un vestido azul que Martín nunca le había visto. Se sentaron en una mesa apartada. Lucía dijo, perdona la nota, fue una tontería, estaba un poco borracha. Martín dijo, Lucía, no fue una tontería, y tú lo sabes. Lucía lo miró a los ojos y dijo, entonces, ¿qué hacemos con esto?
Martín tomó su mano por encima de la mesa y dijo, no lo sé, pero no puedo fingir que no pasó nada. Lucía dijo, Diego lleva meses sin tocarme, sin mirarme, como si yo fuera un mueble más de la casa. Martín dijo, eso no es excusa, pero tampoco es justo para ti. Lucía sonrió con tristeza y dijo, la justicia no tiene nada que ver con el deseo.
Después del café, caminaron juntos por el parque. Lucía le contó que Diego y ella llevaban meses durmiendo en habitaciones separadas, con la excusa del ronquido. Martín le contó que él también llevaba dos años solo, después de una ruptura que nunca superó del todo. Ambos se rieron de lo parecidas que eran sus soledades, dos personas rodeadas de gente y, sin embargo, completamente solas.
En el piso de Martín, Lucía se quitó el abrigo lentamente. Martín cerró la puerta con llave y la atrajo hacia sí. La besó con una urgencia que lo sorprendió a él mismo. Lucía respondió con la misma urgencia, como si llevara meses esperando ese beso. Sus manos se buscaron con desesperación, desabrochando botones y bajando cremalleras.
Martín le quitó el vestido y la dejó en ropa interior frente a él. Lucía era hermosa, con una piel que parecía brillar bajo la luz tenue del salón. Martín le desabrochó el sujetador y tomó sus pechos en sus manos. Sus pezones estaban duros, y Lucía gimió cuando él se llevó uno a la boca y lo chupó lentamente.
Lucía le quitó la camisa a Martín y le pasó las manos por el pecho y la espalda. Le desabrochó el pantalón y sacó su polla, completamente dura y gruesa. La tomó en su mano y la movió despacio, mirándolo a los ojos. Martín cerró los ojos y dijo, Lucía, tienes magia en las manos. Lucía sonrió y se arrodilló frente a él.
Lucía se metió la polla en la boca y la chupó con dedicación. Su lengua recorría toda su longitud, y Martín respiraba con dificultad. Después de unos minutos, Martín la levantó y la llevó al dormitorio. La tumbó en la cama y le quitó las bragas. El coño de Lucía estaba completamente mojado, brillando bajo la luz.
Martín pasó sus dedos por el coño de Lucía, entrando y saliendo despacio. Lucía agarró las sábanas con fuerza y dijo, basta de provocarme, métela ya. Martín colocó su polla en la entrada de su coño y la empujó dentro de un solo movimiento profundo. Lucía gritó, un grito que se quedó atascado en su garganta, y clavó sus uñas en la espalda de Martín.
Martín empezó a moverse despacio, y con cada embestida los gemidos de Lucía se hacían más fuertes. La cama crujía al ritmo de sus cuerpos, y el único sonido en el piso era su respiración agitada. Lucía rodeó su cintura con las piernas y respondió a cada embestida levantando sus caderas. Martín tomó sus pechos en su boca y chupó mientras aumentaba el ritmo.
El cuerpo de Lucía estaba cubierto de sudor, sus ojos cerrados. Dijo, Martín, voy a correrme, no pares. Martín dijo, yo también estoy ahí, corrámonos juntos. Ambos se corrieron al mismo tiempo. El cuerpo de Lucía tembló, su coño apretó la polla de Martín con fuerza, y él soltó todo su semen profundamente dentro de ella.
Se quedaron tumbados un rato, escuchando los latidos del otro. Lucía acarició el pelo de Martín y dijo, esto no debe saberlo Diego nunca. Martín dijo, esto quedará entre nosotros, te lo prometo. Lucía sonrió y dijo, y mientras yo siga siendo la esposa de tu amigo, cada encuentro será nuestro secreto.
Después de descansar, Lucía se puso encima de Martín. Dijo, ahora me toca a mí, tú quédate quieto. Martín sonrió y puso las manos detrás de la cabeza. Lucía tomó su polla en la mano otra vez, la acarició hasta que volvió a endurecerse, y se la metió ella misma en el coño. Empezó a mover sus caderas arriba y abajo, sus pechos rebotando con cada movimiento.
Su ritmo fue aumentando poco a poco, sus gemidos continuos. Apoyó las manos en el pecho de Martín, cerró los ojos y se entregó por completo a la sensación. Martín empujó desde abajo, y Lucía gritó. Esta vez el orgasmo llegó despacio, como olas rompiendo en la orilla. El cuerpo de Lucía tembló, agarró los hombros de Martín con fuerza, y ambos se corrieron juntos por segunda vez.
Lucía se desplomó sobre el pecho de Martín, y ambos se miraron jadeando. Lucía dijo, no me arrepiento de nada, esta tarde es la más memorable de mi vida. Martín dijo, y la nota fue lo mejor que me ha pasado en años. Lucía se rió y dijo, la próxima nota será aún mejor.
A la mañana siguiente, Lucía volvió a su casa como si nada hubiera pasado. Diego estaba viendo la televisión y ni siquiera levantó la vista. Lucía preparó café y pensó en la tarde anterior. Cuando Diego salió a trabajar, Lucía le escribió a Martín: la nota de hoy dice que te quiero ver esta noche. Martín contestó al instante: esta noche, en mi casa, la puerta estará abierta.
Un mes después, Diego organizó otra cena en su casa. Lucía sirvió la comida con normalidad, y Martín se sentó como siempre. Pero debajo de la mesa, Lucía deslizó otra nota en el bolsillo de Martín. Esa noche, la nota decía: esta noche, después de que Diego se duerma, sal por la puerta de atrás. Martín casi se atraganta con el vino, pero nadie notó nada.
Esa noche, Martín esperó hasta la madrugada. Lucía salió por la puerta de atrás, descalza, con un abrigo sobre su camisón. Se encontraron en el jardín, bajo un árbol, y se besaron en silencio durante mucho rato. Después volvieron a la casa de Martín, donde pasaron el resto de la noche juntos. Lucía volvió antes del amanecer, y Diego nunca supo que su esposa había salido.
Desde entonces, Lucía y Martín se veían dos veces por semana, siempre con una nota nueva. Cada nota era una promesa, un juego, un secreto que solo ellos conocían. Diego nunca sospechó nada, porque las notas parecían simples recados. Pero entre Lucía y Martín, cada nota era el principio de otra noche inolvidable.
Lucía guardaba todas las notas en una caja pequeña, escondida en el fondo de su armario. Cada vez que Diego salía de viaje, ella abría la caja y releía cada palabra. Y cada vez que Martín recibía una nota nueva, sabía que la noche siguiente sería suya, completamente suya. La primera nota había cambiado dos vidas, y las que vinieron después las mantuvieron unidas para siempre.
Un mes después, Diego tuvo que viajar por trabajo durante una semana entera. Lucía llamó a Martín el primer día y le dijo: esta semana, mi casa es nuestra casa. Martín fue esa misma noche. Cenaron juntos en la cocina de Diego, durmieron en la cama de Diego, y se despertaron juntos cada mañana de esa semana.
La última noche de esa semana, Lucía le escribió a Martín la nota más larga de todas. Decía: gracias por devolverme la vida, por mirarme como mujer y no como mueble. Martín guardó esa nota en su cartera, junto a la primera. Y cuando Diego volvió, todo siguió igual por fuera, pero por dentro, Lucía y Martín ya eran inseparables.
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