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Relatos Eróticos de la Nuera: Parte 1

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Dicen que los mejores relatos eróticos de la nuera empiezan con una humillación, y el mío empezó un martes por la mañana, con la voz de mi suegra colándose por la rendija de la puerta de la cocina mientras yo doblaba las sábanas en el tendedero.

Me llamo María, tengo veintinueve años, y llevo cuatro casada con Álvaro, que viaja tanto por trabajo que a veces siento que estoy casada con su maleta. Vivimos en Chamartín, en el piso de toda la vida de su madre, porque Teresa, mi suegra, con sesenta y un años y una cadera regular, no quería quedarse sola. Yo acepté. Parecía lo correcto.

«Te lo digo en serio, Conchi, la chica es un encanto, pero fría, fría como el mármol de la encimera», decía Teresa al teléfono, con esa risa bajita que pone cuando cree que nadie la oye. «Álvaro se aburre, se le nota en la cara. Cuatro años de casados y esa casa parece un convento».

Me quedé quieta con una funda de almohada entre las manos, notando cómo el calor me subía del cuello a las orejas. Fría. Convento. Mi suegra estaba contándole a su amiga que su hijo se aburría en mi cama, y lo decía con la tranquilidad de quien comenta el precio de los tomates.

No lloré. Lo juro, no lloré. Lo que sentí fue algo peor, una rabia sorda que me apretaba el estómago y me hacía apretar los puños hasta clavarme las uñas. Entré en la cocina con la cesta de la ropa y Teresa colgó tan rápido que casi se le cae el móvil. «¿Ya has terminado, hija?», me dijo, tan dulce. Hija. Me llamó hija mientras me despellejaba por teléfono.

«Ya está», dije, y salí con la cesta, y en el pasillo me miré en el espejo y me vi la cara encendida y los ojos brillantes, y pensé, con una claridad que me asustó, que Teresa iba a tragar sus palabras. No sabía cómo todavía. Pero lo iba a hacer.

El destino, que a veces tiene un sentido del humor perverso, decidió ayudarme esa misma noche. La caldera se estropeó. Sin agua caliente, sin calefacción, con el frío de octubre colándose por las ventanas. Teresa llamó al seguro y el seguro dijo que mandarían a alguien «a primera hora». A primera hora llegó Bruno.

Bruno tenía treinta y cuatro años, barba de dos días, manos grandes manchadas de grasa y una forma de mirar que no pedía permiso. Llevaba el mono azul del servicio técnico y una caja de herramientas que dejó en el recibidor con un golpe seco. «La caldera», dijo, mirándome de arriba abajo sin disimular. «¿Dónde está?»

Le llevé al cuartito de la caldera, al fondo del tendedero, un espacio estrecho con la lavadora, la secadora y la caldera empotrada en la pared. Él se agachó, abrió el panel y empezó a trastear, y yo me quedé en la puerta mirándole la espalda ancha y los antebrazos, y noté algo que no sentía desde hacía meses, un cosquilleo bajo, insistente, entre las piernas.

«Tiene el intercambiador hecho polvo», dijo, sin volverse. «Puedo apañarlo para que tire hoy, pero hay que cambiar una pieza. Vuelvo esta tarde con ella». Se volvió entonces, limpiándose las manos con un trapo, y me miró, y yo supe que él sabía que yo le estaba mirando. No aparté los ojos. Que me viera. Que viera que no soy fría.

«¿A qué hora?», pregunté, y mi voz sonó más grave de lo normal.

«A las cinco», dijo, y sonrió de medio lado. «No se duche hasta entonces, que sale el agua helada».

Pasé la mañana como en una nube. Teresa se fue a comer a casa de su hermana, bendita sea su hermana, y yo me duché con agua templada del termo pequeño del baño, me puse unos vaqueros y una camiseta sin sujetador, y me miré al espejo, y por primera vez en meses me gustó lo que vi. A las cinco menos diez estaba ya en el tendedero, fingiendo ordenar.

Bruno llegó puntual, con la pieza nueva y la misma sonrisa. Trabajó en silencio durante media hora, y yo le alcanzaba herramientas que no necesitaba, rozándole los dedos a propósito, y él cada vez tardaba un poco más en soltar mi mano. El aire del cuartito se fue cargando, olía a metal caliente y a su sudor, y cuando encendió la caldera para probarla, el vapor del purgador nos envolvió a los dos.

«Funciona», dijo, con la voz ronca, sin moverse. Estábamos a un palmo de distancia, entre la lavadora y la pared. «Hay que comprobar la presión del agua caliente».

«Compruébala», le dije, y no sé de dónde saqué el valor, pero le puse la mano en el pecho, sobre el mono, y noté su corazón golpeando fuerte bajo la tela.

Me besó entonces, un beso hambriento, sin preámbulos, con sabor a café y a tabaco, y sus manos grandes me agarraron por la cintura y me sentaron sobre la lavadora, y yo le rodeé con las piernas, y el mundo se redujo a ese cuartito con olor a vapor. Le abrí el mono por delante, le saqué la polla dura y caliente, y me la metí en la boca sin pensar, con una avidez que me sorprendió a mí misma, lamiendo, chupando, notando cómo se ponía más dura entre mis labios.

Él gimió, me agarró del pelo, y me folló la boca con embestidas lentas y profundas, y yo sentía su sabor salado y mi propia humedad empapándome las bragas, y cuando estaba a punto de correrse me apartó, me bajó de la lavadora, me dio la vuelta y me inclinó sobre la máquina, me bajó los vaqueros y las bragas de un tirón, y me penetró de una sola embestida, llenándome por completo.

Grité, me tapé la boca con la mano, y él me folló duro contra la lavadora, que vibraba con el centrifugado, agarrándome las caderas con fuerza, y cada embestida me llegaba tan hondo que veía puntitos blancos. Me corrió una vez, temblando, mordiéndome el puño, y él siguió, implacable, hasta que se corrió dentro de mí con un gruñido animal, quedándose pegado a mi espalda, jadeando.

Nos quedamos así un momento, sudados, con el zumbido de la caldera de fondo. Entonces sonó el timbre de la puerta, el repartidor con un paquete de Teresa, y nos separamos de un salto, riéndonos como adolescentes, recomponiéndonos a toda prisa. Bruno se subió el mono, me guiñó un ojo y dijo, ya en la puerta: «Mañana vengo a revisar la presión. A las once». Y se fue.

Dormí esa noche con una sonrisa que no me cabía en la cara, y a la mañana siguiente Teresa volvió del mercado cargada de bolsas y me encontró tarareando en la cocina. «Estás de buen humor, hija», dijo, y yo pensé, fría, ¿eh?, y le sonreí con toda la dulzura del mundo.

A las once en punto sonó el timbre. Teresa estaba en su cuarto, con la radio puesta. Abrí yo, y Bruno entró con su caja de herramientas y una mirada que me desnudó en el recibidor. «La presión», dijo, muy serio, y yo cerré la puerta con pestillo, algo que no hacía nunca, y le llevé al cuartito.

Esta vez no hubo preámbulos fingidos. Me pegó contra la secadora, me subió la falda que me había puesto a propósito, me arrancó las bragas y me comió el coño allí mismo, de rodillas sobre el suelo del tendedero, con una dedicación obscena, lamiendo mi clítoris en círculos, metiéndome dos dedos y doblándolos dentro de mí hasta que me corrí gritando su nombre, agarrándole del pelo.

Luego me tumbó sobre la pila de sábanas limpias que había doblado el martes, las mismas sábanas, y me folló en misionero, mirándome a los ojos, lento y profundo, y yo le clavaba las uñas en la espalda y le susurraba barbaridades al oído, y él me respondía con embestidas más duras. Cambiamos, me puse a cuatro patas sobre las sábanas, me tomó por detrás agarrándome del pelo, y la caldera zumbaba y el vapor silbaba y yo sentía que me iba a deshacer.

Terminamos conmigo encima de él, sentada en el suelo contra la lavadora, cabalgándole despacio, sintiendo cada centímetro, hasta que nos corrimos juntos, yo temblando sobre su pecho, él con las manos hundidas en mis caderas. Nos quedamos abrazados en el suelo del cuartito, entre el olor a detergente y a sexo, y me besó la frente, y por un momento fue casi tierno.

«Eres una joya, María», me dijo, vistiéndose. «El que diga lo contrario es que no te ha mirado bien».

Se me hizo un nudo en la garganta. Nadie me había mirado así en años. Le acompañé a la puerta, y en el rellano, antes de que se cerrara el ascensor, me pasó un papel con su número. «Por si la caldera vuelve a fallar», dijo, y se rio, y yo me reí, y cerré la puerta apoyando la frente en la madera, feliz.

El viernes por la mañana me levanté ligera, hice café canturreando, y Teresa me miraba raro desde su silla, como si intentara descifrarme. Entonces sonó mi móvil. Álvaro. «Cambio de planes, cielo», dijo, alegre. «El cliente ha adelantado todo. Llego esta noche, coge el AVE de las siete».

Se me heló la sangre. Esta noche. Después de dos días de locura, mi marido volvía esta noche, y yo tenía el cuerpo todavía marcado, las sábanas del tendedero revueltas, el pestillo de la puerta aún caliente en mi memoria. «Qué bien», logré decir. «Te espero».

Colgué, y en ese momento vibró el móvil otra vez. Un WhatsApp de un número desconocido: «¿A la misma hora de siempre? Tengo que revisar una cosa de la presión». Bruno. Sonreí sin poder evitarlo, y al levantar la vista me encontré con los ojos de Teresa, clavados en mí, estrechos, calculadores.

«María», dijo mi suegra, despacio, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco. «¿Quién era ese hombre que salió ayer del cuarto de la caldera?»

El café se me atragantó. El mundo se detuvo. Y en ese silencio, mi móvil vibró una tercera vez sobre la encimera, con la pantalla hacia arriba, a la vista de Teresa.

La segunda parte llega muy pronto...

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Relatos Eróticos de la Nuera: Parte 2

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