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Relatos eróticos de hermanastros: el sueño de Elena

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Dicen que los relatos eróticos de hermanastros empiezan con una mirada que dura demasiado. El mío empezó con un sueño. Me desperté a las siete de la mañana con las sábanas revueltas, el camisón pegado al cuerpo por el sudor y el corazón golpeándome las costillas. En el sueño, Marco me había arrinconado contra la nevera y me había besado hasta dejarme sin aire. Lo peor no fue el sueño. Lo peor fue que, al abrir los ojos, lo oí en la cocina, tarareando, como si nada.

Marco tiene veintiocho años. No es mi hermano de sangre: es el hijo del marido de mi madre, el hombre con el que ella se casó cuando yo tenía dieciséis. Llevamos nueve años compartiendo casa, discutiendo por el baño y robándonos la comida de la nevera. Y tres semanas soñando, yo al menos, con cosas que no debería soñar. Mis padres se habían ido a Segovia el viernes por la noche. Volvían el domingo. Cuarenta y ocho horas solos en el piso.

Salí a la cocina con el pelo revuelto y los ojos medio cerrados. Él estaba en calzoncillos y camiseta, haciendo café. "Buenos días, sonámbula," dijo sin mirarme. El sol de agosto entraba por la ventana y le marcaba la espalda. Me senté a la mesa y crucé las piernas, muy consciente de que mi camisón era corto. "¿Has dormido bien?" preguntó, dándose la vuelta. Su mirada bajó, sin querer o queriendo, a mis piernas. Duró un segundo de más.

Desayunamos en silencio, un silencio raro, cargado. Él hablaba del partido de anoche y yo asentía, pero mi cabeza seguía en el sueño: sus manos en mi cintura, su boca en mi cuello. Cuando se levantó a por más café, su brazo rozó mi hombro desnudo y sentí un escalofrío que me recorrió entera. "¿Frío?" preguntó. "En agosto, imposible," dije, pero mi voz sonó rara, ronca.

A mediodía el aire acondicionado de mi habitación se estropeó. O eso dije yo. Lo llamé con la excusa más vieja del mundo y él vino con la caja de herramientas, en pantalón corto y sin camiseta. Se subió a una silla para mirar el aparato y yo me quedé abajo, mirándole la espalda, los músculos moviéndose bajo la piel. "No le pasa nada," dijo al cabo de un rato, bajándose. "Solo estaba apagado." Me pilló mirándolo. No aparté la vista.

"Elena," dijo, y mi nombre en su boca sonó distinto. Estábamos a medio metro el uno del otro, en mi habitación, con la puerta abierta y la casa vacía. "¿Qué?" susurré. Dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí. Su mano subió a mi mejilla, el pulgar rozándome el labio inferior. "Esto está mal," dijo. "Lo sé," dije yo. Y entonces me besó.

No fue un beso tierno. Fue el beso de mi sueño, urgente, con hambre de semanas. Sus manos me agarraron por la cintura y me pegaron a él, y sentí su polla dura contra mi vientre a través del pantalón corto. Gemí en su boca. Me levantó en vilo y me sentó en la cómoda, tirando al suelo un marco de fotos que ni oímos romperse. Sus manos subieron por mis muslos, apartando el camisón.

"Quítatelo," ordenó, y me quité el camisón por la cabeza, quedándome solo en braguitas. Sus ojos me recorrieron entera, despacio, y vi cómo tragaba saliva. Se arrodilló delante de mí, me abrió las piernas y me quitó las braguitas con los dientes. Grité, un grito corto que me tapé con la mano. Su lengua encontró mi coño empapado y lo lamió de arriba abajo, despacio, torturándome.

Sus manos me sujetaban los muslos, abiertos, mientras su lengua dibujaba círculos en mi clítoris. Yo me retorcía en la cómoda, agarrándome al borde. "Marco, por favor," jadeé. Metió dos dedos dentro de mí mientras seguía lamiendo, y mi cuerpo se tensó como un arco. El orgasmo me atravesó entera, me dejó temblando, con las piernas flojas. Él se levantó, con la boca brillante, y me besó para que probara mi propio sabor.

Me llevó a la cocina. No sé cómo llegamos allí, solo recuerdo sus manos en mi culo, levantándome, mis piernas alrededor de su cintura. Me sentó en la encimera, fría contra mi piel caliente, y se bajó el pantalón corto. Su polla salió dura, grande, con la punta húmeda. La agarré con la mano y la acaricié, mirándole a los ojos. "¿Segura?" preguntó, con la voz rota. En respuesta, me la metí en la boca.

La chupé despacio al principio, con la lengua en la punta, y luego más hondo, hasta que me llegó a la garganta. Él gimió, echó la cabeza hacia atrás y me agarró del pelo. "Joder, Elena." Sus caderas empezaron a moverse, follándome la boca con cuidado, como si tuviera miedo de romperme. Pero yo quería más. Lo miré desde abajo, con sus ojos clavados en mí, y apreté los labios. Él se estremeció entero.

Me levantó de la encimera y me puso de espaldas contra ella, inclinada hacia delante. Sentí su polla en la entrada de mi coño, resbalando con mi humedad. "Dime que pare," susurró. "No pares," dije. Entró de un empujón, llenándome por completo, y grité su nombre. Sus manos me agarraron las caderas y empezó a follarme duro, contra la encimera, con un ritmo brutal que me dejaba sin aliento.

La encimera se movía, los platos tintineaban en el armario. Sus dedos encontraron mi clítoris y lo frotaron al ritmo de sus embestidas. "Córrete para mí," me ordenó al oído. Y me corrí, gritando, con las uñas clavadas en el borde de la encimera, mientras él seguía dentro de mí, sin parar, llevándome a un segundo orgasmo que me dejó viendo estrellas.

Entonces me dio la vuelta, me miró a los ojos, y me besó con una ternura que me desarmó. Me llevó en brazos a mi habitación, a mi cama deshecha, y me tumbó con cuidado, como si fuera algo frágil. Se tumbó sobre mí, y esta vez entró despacio, mirándome, y empezamos a movernos juntos, sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Y lo teníamos: era sábado por la mañana y nadie iba a volver hasta el domingo.

Sus ojos no se apartaron de los míos. Cada embestida era profunda, lenta, y yo sentía cada centímetro de él dentro de mí. Le rodeé la cintura con las piernas y le clavé los talones en la espalda, atrayéndolo más hondo. "No quiero que esto acabe," susurré. "No va a acabar," dijo, pero los dos sabíamos que mentía, o que decía la verdad de una forma que aún no entendíamos.

Me puse encima de él, a horcajadas, y empecé a cabalgarlo despacio, con las manos en su pecho. Sus manos subieron a mis tetas, las amasaron, pellizcaron mis pezones hasta que gemí. Aceleré el ritmo, botando sobre él, sintiendo cómo su polla me llenaba en cada bajada. El cabecero golpeaba la pared con un ritmo que seguro oían los vecinos, y me dio igual. Que oyeran. Que supieran.

Él me agarró por la cintura y me embistió desde abajo, con fuerza, y el tercer orgasmo me pilló por sorpresa, más intenso que los anteriores, dejándome gritando su nombre una y otra vez. Mi coño se contrajo alrededor de su polla, apretándola, y él no pudo aguantar más. Salió de mí en el último segundo y se corrió sobre mi vientre, en chorros calientes que me llegaron hasta las tetas. Nos quedamos así, jadeando, pegados por el sudor.

Dormimos la siesta enredados, sin hablar. Al despertar, el sol ya caía de lado. Nos duchamos juntos, y bajo el agua caliente volvimos a empezar: él contra la pared de azulejos, yo de rodillas, chupándosela mientras el agua nos empapaba; luego él detrás de mí, doblada sobre el borde de la bañera, follándome despacio mientras el vapor nos envolvía. Salimos arrugados y riéndonos, como dos niños que han hecho una travesura enorme.

Cenamos en la terraza, en silencio, con una botella de vino que abrimos sin permiso de nadie. Nuestros pies se tocaban bajo la mesa. "¿Qué somos ahora?" pregunté al final, mirando las luces de Madrid. Él tardó en responder. "Hermanastros," dijo, y sonrió, una sonrisa triste. "Hermanastros que acaban de joder como si no hubiera mañana." Me reí, pero la risa se me quedó a medias.

Esa noche dormimos abrazados, y por primera vez en tres semanas no soñé con él. Lo tenía de verdad, respirando contra mi cuello. El domingo por la mañana hicimos el amor una última vez, despacio, en la penumbra, sin hablar, como si las palabras pudieran romper algo. Después nos vestimos, hicimos la cama, escondimos la botella vacía y el marco roto en el fondo del armario.

A las seis oímos la llave en la cerradura. "¡Ya estamos aquí!" gritó mi madre desde el pasillo. Salimos a recibirlos como si nada, con la ropa bien puesta y las sonrisas ensayadas. Mi madre nos abrazó, su marido preguntó por el partido. Todo normal. Todo exactamente igual que siempre. Solo que ya nada era igual.

Por la noche, en la cama, mi móvil vibró. Un mensaje de Marco, desde la habitación de al lado: "¿Mañana te veo en la cocina?" Sonreí en la oscuridad. Y entonces su móvil, o el mío, no sé, vibró otra vez. En la pantalla, el nombre de mi madre llamando. Nos miramos a través de la pared que nos separaba, los dos con el teléfono en la mano, sin descolgar. Dejé el móvil boca abajo sobre la mesilla. Que sonara.

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