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Relatos eróticos de madrastras: el verano con Carla

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Dicen que los relatos eróticos de madrastras son solo fantasías de internet, cosas que se leen a escondidas y se olvidan al día siguiente. Pablo pensaba lo mismo hasta el verano en que volvió a la casa familiar de Sevilla y se quedó a solas con Carla, su madrastra de cuarenta y un años, mientras su padre cerraba un negocio en Bilbao.

La primera noche cenaron en la terraza. Hacía un calor pegajoso de julio sevillano y Carla llevaba un vestido de lino claro que se le pegaba a la espalda. Sirvió vino blanco y lo miró por encima de la copa. "Tu padre dice que trabajas demasiado", dijo. "Y yo digo que vives demasiado solo en Madrid."

Pablo se rio, incómodo. "No me va mal, Carla." Ella ladeó la cabeza. "¿No te va mal? Veinticinco años y con ojeras de cuarenta. ¿Cuándo fue la última vez que una mujer te miró de verdad?" La pregunta cayó entre los dos como una piedra en un estanque. Pablo notó que el escote del vestido se abría un poco cuando ella se inclinó a servir más vino.

"Eso no es asunto tuyo", dijo él, pero su voz sonó menos firme de lo que quería. Carla sonrió, una sonrisa lenta, de mujer que sabe exactamente lo que está haciendo. "Todo lo que pasa en esta casa es asunto mío, cariño. Llevo ocho años casada con tu padre. Ocho años viendo cómo creces y cómo finges que no me miras."

El corazón de Pablo golpeó contra sus costillas. "Yo no..." "Sí", lo cortó ella. "Sí me miras. En Navidad, cuando me agaché a por la servilleta. En Semana Santa, en la piscina. No pasa nada. Soy una mujer, no una santa. Y tú eres un hombre, no un niño." Se levantó y empezó a recoger los platos, dejándolo solo con el pulso acelerado y el vino a medio beber.

En la cocina, el ruido del agua y los platos llenaba el silencio. Pablo se levantó para ayudar y se encontró con ella junto al fregadero, tan cerca que olía su perfume, algo cítrico y cálido. "Carla, yo..." Ella se giró de golpe y quedaron a un palmo de distancia. Sus ojos bajaron a su boca y volvieron a subir. "¿Tú qué, Pablo?"

Fue ella quien acortó la distancia. Sus labios sabían a vino blanco y a algo prohibido que le encendió la sangre. Pablo la agarró por la cintura y la pegó contra la encimera. El vestido de lino se arrugó bajo sus manos. Ella gimió contra su boca y le mordió el labio inferior, suave pero con intención.

"La puerta de la terraza", susurró ella. "Ciérrala." Pablo obedeció, con las manos temblorosas. Cuando volvió, Carla se había quitado el vestido. Debajo llevaba solo unas bragas negras de encaje y nada más. Sus pechos, firmes para su edad, subían y bajaban con su respiración agitada. "Mírame bien", dijo. "Ya que me miras a escondidas, mírame de frente."

Pablo la miró. La miró de verdad, sin culpa y sin prisa. La curva de su cintura, el encaje negro marcándole las caderas, los pezones duros por el aire acondicionado de la cocina. Se arrodilló delante de ella y le bajó las bragas con los dientes. Ella se agarró a la encimera y echó la cabeza hacia atrás.

Su coño estaba mojado, caliente, con ese olor a mujer excitada que le nubló el juicio. Pablo la lamió despacio al principio, saboreándola, y luego más rápido, con la lengua dibujando círculos alrededor de su clítoris. Carla jadeaba y le hundía los dedos en el pelo. "Joder, Pablo... así... no pares..."

Él introdujo dos dedos dentro de ella mientras seguía lamiéndola. Estaba empapada, estrecha, contrayéndose alrededor de sus dedos. Carla empezó a moverse contra su cara, sin vergüenza, buscando su propio placer con la desesperación de quien lleva demasiado tiempo esperando. "Voy a correrme", avisó con la voz rota. "No pares, por favor, no pares."

Pablo aceleró y ella se corrió con un gemido largo que rebotó en las paredes de la cocina. Sus piernas temblaban. Él se levantó, se bajó los pantalones y liberó su polla, dura hasta doler. Carla la miró con los ojos brillantes y se la metió en la boca sin pedir permiso, hasta el fondo, con una experiencia que lo dejó sin aire.

La mamó con ganas, con ruido, mirándolo a los ojos mientras su lengua jugaba con la punta. Pablo se agarró al mueble para no caerse. "Carla, voy a..." Ella no se apartó. Se la tragó entera y él se corrió en su boca con un gruñido, viendo cómo ella tragaba cada gota y luego se limpiaba los labios con el dorso de la mano, sonriendo.

"En la cocina no", dijo ella de pronto, recuperando el aliento. "Tu padre desayuna aquí. Vamos a mi habitación." Lo agarró de la mano y lo llevó por el pasillo. La casa estaba a oscuras, solo la luz de la luna entrando por las ventanas. En el dormitorio principal, la cama de matrimonio parecía enorme y prohibida.

Carla se tumbó boca arriba y abrió las piernas. "Ven aquí. Quiero sentirte dentro." Pablo se colocó entre sus muslos y la penetró de una embestida. Ella gritó, un grito corto y agudo, y le clavó las uñas en la espalda. Estaba caliente, apretada, perfecta. Él empezó a moverse, despacio al principio, disfrutando de cada centímetro.

"Más fuerte", exigió ella. "No me trates como a una dama, Pablo. Fóllame como el hombre que eres." Él obedeció y aumentó el ritmo. La cama golpeaba contra la pared con cada embestida. Los pechos de Carla botaban y él se inclinó a morderle un pezón, tirando suavemente con los dientes hasta que ella gimió su nombre.

Cambiaron de postura. Ella se puso a cuatro patas, ofreciéndose, y él la tomó por detrás, agarrándola por las caderas. La vista de su culo moviéndose contra él lo volvió loco. Le dio una palmada suave y ella se estremeció de placer. "Otra vez", pidió. Él obedeció, y el sonido de su mano contra su piel se mezcló con sus jadeos.

Pablo notó que ella se contraía por dentro, al borde del orgasmo. "Córrete conmigo", le susurró al oído, mordisqueándoselo. Aceleró al máximo y los dos llegaron juntos, ella gritando contra la almohada y él derramándose dentro de ella con una intensidad que lo dejó temblando. Se desplomó sobre su espalda, sudados y sin aliento.

Se quedaron así un rato, en silencio, solo el zumbido del aire acondicionado. Luego Carla se giró hacia él y le acarició la cara. "Ocho años", dijo en voz baja. "Ocho años siendo la esposa perfecta, la madrastra perfecta. ¿Sabes lo que es tener cuarenta y un años y que tu marido te toque como si fueras un mueble?" Pablo le besó la palma de la mano. "Ya no", dijo. "Esta semana no."

Y cumplió su palabra. Al día siguiente la tomó contra la puerta de la ducha, con el agua caliente cayendo sobre los dos, ella con las piernas alrededor de su cintura. Por la tarde, en el sofá del salón, ella se sentó a horcajadas sobre él y cabalgó despacio, mirándolo a los ojos, diciéndole exactamente lo que quería y cómo lo quería. Cuando se corrió, se dejó caer sobre su pecho riendo y llorando a la vez, y él la abrazó hasta que se calmó.

Esa misma noche salieron a la pequeña piscina del jardín. El agua estaba tibia y la luna llena lo iluminaba todo. Carla se quitó el bañador de un tirón y se zambulló desnuda, retándolo con la mirada. Pablo la siguió. En el agua, con los cuerpos resbaladizos y pegados, ella lo montó apoyada contra el bordillo, moviéndose al ritmo de las ondas, mordiéndole el hombro para no gritar cuando se corrió por tercera vez aquel día.

Por la noche, en la cocina, mientras calentaba la cena, él se arrodilló bajo su falda y la hizo correrse con la lengua antes de que la tortilla estuviera lista. Carla se reía entre gemidos, despeinada, con la camisa mal abrochada. "Si tu padre nos viera...", dijo. "No nos va a ver", respondió Pablo, limpiándose la boca. "Vuelve el viernes."

El jueves por la noche hicieron el amor, sí, el amor, lento y sin prisa en la cama de matrimonio, mirándose, con las manos entrelazadas. Después, abrazados en la oscuridad, Carla dijo algo que él no esperaba. "Cuando vuelva tu padre, esto se acaba. Lo sabes, ¿verdad?" Pablo asintió contra su pelo. "Lo sé." "Bien", susurró ella. "Entonces aprovechemos esta noche."

Y vaya si la aprovecharon. Tres veces antes del amanecer, en la cama, en el suelo del dormitorio, contra la ventana con las persianas a medio bajar y el miedo delicioso a que algún vecino madrugador mirara hacia arriba. Al final, agotados, se durmieron abrazados con las primeras luces del día entrando por las rendijas.

Pablo despertó con el ruido de un coche en la puerta. El corazón le dio un vuelco. Miró el reloj de la mesilla. Las siete de la mañana del viernes. Se levantó de un salto y miró por la ventana. El coche de su padre aparcando. Carla ya estaba despierta, poniéndose la bata a toda prisa, con una calma que lo asustó.

"Vístete", dijo ella, serena. "Baja a desayunar como si nada. Yo me encargo del resto." Pablo se vistió con manos torpes y bajó. Roberto entró con la maleta, cansado del viaje. "¡Hijo! ¿Qué tal la semana?" "Bien, papá. Tranquila." Carla bajó las escaleras, perfecta, sonriente, y besó a su marido en la mejilla. "Bienvenido a casa, cariño."

Desayunaron los tres como una familia normal. Pero bajo la mesa, el pie descalzo de Carla buscó el de Pablo y se quedó allí, presionando suavemente. Cuando Roberto fue a ducharse, ella se inclinó hacia Pablo junto al fregadero y le susurró al oído, con la voz más baja y más caliente que nunca.

"Tu padre vuelve a Bilbao el lunes. Tenemos tres noches."

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