Relatos Eróticos de Maduras Calientes: El Verano de Elena
La voz llegaba por la rendija de la puerta entreabierta, ronca y sin vergüenza. "Te lo juro, Lucía, hacía años que nadie me follaba así, me dejó temblando." Diego se quedó clavado en el descansillo, con la bolsa del súper colgando de la mano y el corazón golpeándole las costillas. Aquel fue el principio de uno de esos relatos eróticos de maduras calientes que empiezan por accidente y te cambian el verano entero.
Elena tenía cuarenta y cinco años, estaba divorciada y vivía sola en el tercero B, justo enfrente de su piso. Siempre elegante, siempre amable, con ese perfume caro que dejaba rastro en el ascensor. Diego, veintinueve, la saludaba como se saluda a una vecina. Hasta aquella tarde de julio en que el calor de Madrid derretía hasta las persianas.
No pudo evitarlo. Se acercó un paso, dos, hasta pegar casi la oreja al marco. "¿Que si repetí? Cariño, repetí dos veces, y por la mañana me mandó un mensaje que no te puedo leer por teléfono." La risa de Elena era grave, de fumadora antigua, y a Diego se le secó la boca. Su polla empezó a endurecerse dentro del pantalón corto, traicionera.
Se alejó de puntillas y entró en su casa como un ladrón. Aquella noche no pegó ojo. Cada vez que cerraba los ojos oía aquella voz. A la mañana siguiente, en el buzón, se la encontró. Llevaba un vestido de lino beige, sin mangas, y el sudor le perlaba el escote. "Buenos días, vecino, ¿qué tal el calor?" Él tartamudeó algo y ella sonrió, y Diego supo que aquella sonrisa lo había visto todo.
Los días siguientes fueron una tortura dulce. La oía moverse al otro lado del tabique, la ducha, sus tacones. Una tarde la vio tender la ropa en el balcón, inclinada sobre la barandilla, y tuvo que meterse en el baño con la mano. Se sentía un adolescente enfermo, y le daba igual.
El jueves la trampa se cerró sola. Estaba él parado en el descansillo, fingiendo mirar el móvil, cuando la puerta del tercero B se abrió de golpe. Elena, en bata corta de seda azul, lo miró de arriba abajo. "¿Escuchando, vecino?" No había enfado en su voz. Había diversión. Y algo más.
"Yo... el ascensor tarda..." "El ascensor funciona perfectamente, Diego." Sabía su nombre. Claro que sabía su nombre. Dio un paso hacia él y el perfume lo envolvió. "¿Te gustó lo que oíste el otro día?" Él no pudo mentir. Negó con la cabeza, mudo, ardiendo. Ella se rio bajito. "Pasa. Te debo un café. O algo más fuerte."
El piso olía a jazmín y a tabaco. Se sentaron en el sofá, demasiado cerca. Ella cruzó las piernas y la bata se abrió un palmo de más. Diego vio el encaje negro de sus bragas y apartó la vista como un colegial. "Mírame," dijo ella. "Ya no tienes quince años." Y le puso la mano en el muslo, alta, muy alta.
El beso lo pilló desprevenido. Ella se inclinó y le tomó la cara con las dos manos, y su boca sabía a café y a menta. Besaba como nadie lo había besado nunca, sin prisa, con la lengua mandando. Cuando se apartó, Diego jadeaba. "¿Seguimos aquí o vamos a la cama como adultos?" Él eligió la cama sin dudarlo, y ella se rio de su ansia.
En el dormitorio, con las persianas a medio bajar y la luz del atardecer entrando a rayas, Elena se desató la bata y la dejó caer. El cuerpo de una mujer de cuarenta y cinco años que se cuida y se quiere. Pechos grandes, un poco caídos, preciosos. Vientre redondo. Caderas anchas. Se quitó las bragas despacio, mirándolo, y se tumbó en la cama. "Desnúdate. Quiero verte entero."
Diego se quitó la ropa con manos torpes. Su polla estaba tan dura que dolía. Elena la miró con aprecio profesional y le hizo un gesto. "Ven aquí." Se arrodilló entre sus piernas y se la metió en la boca sin preámbulos. La técnica de veinte años de experiencia. Lengua, labios, mano en la base, ritmo perfecto. Diego tuvo que agarrarse a las sábanas para no correrse en un minuto.
"Espera," jadeó, apartándola con delicadeza. "Si sigues así..." "¿Así qué?" Ella sonrió, perversa. "Quiero saborearte entero, vecino." Pero él la tumbó y le devolvió el favor. Le abrió las piernas y hundió la cara entre sus muslos. Sabía a mujer, a deseo, a verano. La lamió despacio, aprendiendo su mapa, hasta que ella empezó a gemir de verdad, a agarrarle el pelo, a mover las caderas contra su boca.
"Fóllame ya," ordenó, y la orden lo volvió loco. Se colocó entre sus piernas y entró en ella de una embestida. Estaba empapada, caliente, estrecha. Elena gritó, un grito corto y ronco, y le clavó las uñas en la espalda. Él empezó a moverse, primero despacio, saboreando cada centímetro, luego más fuerte, más hondo.
"Así, así, no pares," gemía ella, y cada palabra era gasolina. Diego la embistió con todo lo que tenía, la cama golpeando contra la pared al ritmo de sus caderas. Los pechos de Elena saltaban con cada embestida y él se inclinó a morderle un pezón, suave, luego más fuerte. Ella arqueó la espalda y gritó su nombre.
Cambiaron. Ella encima, cabalgándolo con una maestría insultante, subiendo y bajando, girando las caderas, parando justo al borde para volverlo loco. "¿Te gusta, vecino? ¿Te gusta cómo folla una madura?" "Me encanta," jadeó él, "me vuelves loco." Ella se inclinó y lo besó mientras se movía, sus pechos aplastados contra su pecho.
Después, de espaldas, él detrás, agarrándola por las caderas. La veía en el espejo del armario, los ojos cerrados, la boca abierta, y aquella imagen lo llevó al límite. Ella se corrió primero, con un gemido largo que le vibró en todo el cuerpo, contrayéndose alrededor de él, y él la siguió segundos después, hundiéndose hasta el fondo, vaciándose dentro de ella con un gruñido.
Se quedaron abrazados, sudados, con el ventilador del techo moviendo el aire caliente. Elena encendió un cigarrillo y fumó mirando al techo. "Esto," dijo, "no sale de aquí. Ni a tu novia, ni a la portera, ni a nadie." "No tengo novia," dijo Diego. Ella lo miró, divertida. "Ahora tienes una amante. Peor."
El verano se convirtió en un secreto. Un golpe suave en el tabique, dos toques, significaba ven. A veces era a mediodía, con la persiana bajada y el mundo ardiendo fuera. A veces de madrugada, ella en camisón, él en calzoncillos, cruzando el descansillo como espías. Elena le enseñó cosas que ningún vídeo le había enseñado. Paciencia. Mirar. Escuchar el cuerpo.
Una de esas madrugadas lo recibió con una copa de vino y una condición. "Hoy mandas tú," dijo, "pero tienes que pedirme las cosas por su nombre, sin vergüenza." A Diego le tembló la voz al principio, pero ella lo miraba con aquellos ojos que lo desarmaban, y poco a poco se soltó. La tumbó en la alfombra del salón, le abrió las piernas y la comió hasta que gritó, y luego la folló despacio, diciéndole al oído todo lo que le hacía, hasta que ella se corrió agarrándose a su espalda.
Una tarde de agosto, con Madrid vacío y cuarenta grados a la sombra, lo recibió en la ducha. El agua fría sobre los dos cuerpos, sus manos enjabonándolo despacio, con intención. Lo puso contra los azulejos y se arrodilló, y el agua le corría por la espalda mientras se lo chupaba. Después lo secó con la toalla, lo llevó a la cama todavía húmedo y lo montó, y follaron despacio, larguísimo, hasta que los dos temblaban.
Otra noche, ella cocinó. Cenaron en el balcón, vino tinto, y debajo de la mesa su pie descalzo subía por su pierna. Entre plato y plato le contaba historias de su juventud, de amantes antiguos, sin pudor, y Diego escuchaba fascinado, sintiéndose a la vez alumno y cómplice. "¿Celoso?" preguntó ella, con media sonrisa. "De ellos, no," dijo él. "Del tiempo que no estuve."
No llegaron al postre. Lo arrastró al sofá, le bajó los pantalones allí mismo, con las luces de la calle entrando por la ventana, y se lo montó mirándolo a los ojos, sin dejar de mirarlo ni un segundo, hasta que los dos se corrieron mordiéndose para no gritar.
Septiembre llegó con una tormenta que lavó la ciudad. Diego volvía del trabajo empapado cuando se cruzó con ella en el portal. Iba impecable, como siempre, con un paraguas rojo. Se pararon frente a frente. Los vecinos subían y bajaban. Ella se inclinó, como para besarle la mejilla, y le susurró al oído, con aquella voz ronca del primer día. "Esta noche. Sin vergüenza. Trae hambre."
Y Diego subió las escaleras de dos en dos, con el corazón desbocado y el paraguas rojo grabado en la retina, sabiendo que el verano se acababa pero que aquella noche, al menos aquella noche, Elena sería suya otra vez, sin prisa y sin testigos.
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