Relatos eroticos en español: El mensaje equivocado
Estos relatos eroticos en español empiezan con un mensaje de voz que no era para ella. Elena tenía treinta y dos años, vivía sola en un tercero de un edificio antiguo de Madrid, y aquella tarde de jueves su móvil vibró con una notificación de WhatsApp de un número desconocido. Le dio al play sin pensar, y una voz grave de hombre llenó la cocina. Nena, esta noche no puedo dormir pensando en ti, en tu boca, en cómo me la chupaste el sábado.
Elena se quedó helada con la taza de café a medio camino de los labios. El mensaje duraba casi un minuto, y cada palabra era más explícita que la anterior. El hombre describía con detalle lo que quería hacerle a una tal Marta aquella noche. Elena debería haberlo borrado. Debería haber escrito: te has equivocado de número. Pero no lo hizo. Lo escuchó tres veces.
Había algo en aquella voz, ronca, segura, con un punto de cansancio, que le puso la piel de gallina. Elena llevaba dos años divorciada y su vida amorosa se había reducido a cenas aburridas con hombres que hablaban de su ex. Aquella voz desconocida le había despertado algo que creía dormido.
Con el corazón latiendo muy rápido, escribió: Creo que te has equivocado de número. Yo no soy Marta. Y antes de darle a enviar, añadió: Pero tienes una voz preciosa.
La respuesta llegó en menos de un minuto. Era otro mensaje de voz. Joder, perdona. Qué vergüenza. Soy Diego. ¿Voz preciosa? Me acabas de alegrar el día, desconocida.
Elena sonrió como una adolescente. Así empezó todo. Aquella noche intercambiaron una docena de mensajes de voz. Diego le contó que era arquitecto, que vivía en Madrid, que la tal Marta era una historia que había terminado hacía meses y que el mensaje era para un amigo, una broma privada que había salido mal. Elena le contó que era traductora, que vivía sola, que llevaba demasiado tiempo sin que nadie le hablara así.
¿Así cómo? preguntó Diego en un audio que le puso los pezones duros solo de escucharlo.
Así, respondió ella, con la voz temblándole un poco. Como si me desearas de verdad.
Hubo una pausa larga. Después llegó el mensaje que lo cambió todo. Elena, te deseo de verdad. No te conozco, no sé cómo eres, y llevo toda la tarde pensando en tu voz. ¿Te parece una locura?
Me parece la mejor locura del año, escribió ella.
Durante cinco días, los mensajes se volvieron más atrevidos. Diego le describía lo que le haría si la tuviera delante. Elena, que al principio se reía nerviosa, empezó a responder con la misma moneda. Una noche, en la cama, con la luz apagada, se puso los auriculares y escuchó su último audio mientras se tocaba por encima del pijama.
Me imagino quitándote la ropa despacio, decía Diego, besándote el cuello, bajando hasta tus pechos. Me imagino tu sabor. Dime que te estás tocando, Elena. Dímelo.
Sí, susurró ella al micrófono, con los dedos ya dentro de las bragas. Me estoy tocando pensando en ti.
Aquella noche Elena tuvo el orgasmo más intenso en años, con la voz de un desconocido en los oídos y sus propios dedos empapados.
El sexto día, Diego le mandó una foto. No de su cara. De unas vistas. Una azotea con vistas a los tejados de Madrid, con una cuerda de tender y unas macetas. Vivo en un ático, escribió. Si algún día quieres comprobar si la voz está a la altura, ya sabes dónde estoy.
Elena amplió la foto. Y entonces vio algo que le heló la sangre. Al fondo, en un tendedero, había una sábana con un estampado que conocía muy bien. Porque era suya. La había tendido ella misma aquella mañana. Diego vivía en el ático del edificio de enfrente. El hombre de la voz era el vecino al que veía cada mañana en la azotea, en pantalón corto, regando las plantas.
Se asomó a la ventana de la cocina. Allí estaba él, de espaldas, con una camiseta gris. Como si lo hubiera sentido, Diego se giró, la miró directamente y sonrió. Después levantó el móvil. Un segundo después, el teléfono de Elena vibró. ¿Me invitas a un café, vecina?
Elena bajó las escaleras temblando. Cruzaron el patio interior y subieron al ático de él. En cuanto se cerró la puerta, Diego la empujó suavemente contra la pared del recibidor y la besó. Su boca sabía a café y a tabaco. Sus manos, grandes y calientes, le recorrieron la espalda y le agarraron el culo por encima de la falda.
Llevo una semana soñando con este momento, murmuró Diego contra su cuello. Llevo una semana imaginando tu sabor.
Pues deja de imaginar, dijo Elena, y le desabrochó el cinturón.
Lo llevaron al dormitorio a trompicones, besándose, quitándose la ropa por el camino. Cuando Elena se quedó en sujetador y bragas, Diego se detuvo un momento a mirarla. Eres preciosa, dijo. Más de lo que imaginaba. Le quitó el sujetador con una mano, como si lo hubiera hecho mil veces, y se quedó mirando sus pechos.
Se inclinó y se metió un pezón en la boca. Lo chupó despacio, con la lengua dibujando círculos, mientras con la mano amasaba el otro pecho. Elena gimió y le clavó las uñas en los hombros. Sus bragas estaban empapadas.
Diego bajó la mano, apartó la tela mojada y metió dos dedos dentro de ella sin previo aviso. Elena gritó. Sus dedos eran largos y sabían exactamente dónde tocar. Con el pulgar le frotaba el clítoris mientras los dedos entraban y salían de su coño.
Dios, Diego, así, no pares, gimió Elena, moviendo las caderas contra su mano.
Quiero probarte, dijo él, y se arrodilló delante de ella. Le quitó las bragas de un tirón y hundió la cara entre sus muslos. Su lengua encontró su clítoris y empezó a lamerlo con un ritmo constante, firme, implacable. Elena se agarró a su pelo y empujó su cara más adentro.
Sí, sí, cómemelo entero, gritó, sin importarle quién pudiera oírla.
Diego metió la lengua dentro de su coño, saboreándola, y Elena sintió que el orgasmo se acercaba como una ola. Cuando llegó, fue brutal. Gritó su nombre y sus piernas temblaron tanto que él tuvo que sujetarla por las caderas.
Después fue el turno de Elena. Le bajó los pantalones y se encontró con una polla dura, gruesa, que latía. Se la metió en la boca sin dudarlo. La chupó con ganas, lamiendo la punta, metiéndosela hasta la garganta. Diego gimió y le agarró la cabeza.
Joder, Elena, qué boca tienes, dijo con la voz rota.
Ella siguió chupando hasta que él la apartó. Si sigues, me corro, dijo. Y quiero correrme dentro de ti. La tumbó en la cama, le abrió las piernas y se colocó entre ellas. La penetró de una sola embestida, hasta el fondo.
Elena gritó de placer. La polla de Diego la llenaba por completo. Él empezó a moverse, primero despacio, saboreando cada centímetro, después más rápido, más fuerte. La cama golpeaba contra la pared. Elena le clavó las uñas en la espalda y le mordió el hombro.
Más fuerte, Diego, dámelo todo, le pidió.
Él la obedeció. La folló con una intensidad que la dejó sin aliento. Cambió de postura, la puso a cuatro patas y la penetró por detrás, agarrándole el pelo. Elena gritaba su nombre una y otra vez. Su coño estaba tan mojado que se oía cada embestida.
Me voy a correr, anunció Elena, con la voz entrecortada.
Yo también, dijo él. Córrete conmigo.
El orgasmo los alcanzó a la vez. Elena sintió su polla palpitar dentro de ella mientras él se corría, llenándola de semen caliente. Se quedaron abrazados, sudorosos, jadeando, sin decir nada durante un buen rato.
Al atardecer subieron a la azotea. Con las vistas de Madrid tiñéndose de naranja, Diego la tomó por detrás contra la barandilla, con la ciudad a sus pies. Le levantó la falda del vestido que se había puesto para cenar, le apartó las bragas y la penetró sin preámbulos. Fue rápido, urgente, casi salvaje. Elena se corrió mordiéndose la mano para no gritar, con las luces de la ciudad encendiéndose una a una bajo ellos.
Quédate esta noche, le susurró Diego al oído mientras seguía dentro de ella, con el cuerpo aún temblando. Quédate siempre que quieras. Elena sonrió entre jadeos. Después de aquel mensaje equivocado, la azotea de enfrente ya nunca volvería a ser solo una azotea.
Aquella noche cenaron en la azotea, con una botella de vino y las piernas entrelazadas bajo la mesa. Después volvieron a la cama, y otra vez, y otra vez. Elena perdió la cuenta de los orgasmos.
A la mañana siguiente, Elena se despertó en el ático de Diego, desnuda entre sus brazos. Él ya estaba despierto, mirándola. Buenos días, vecina, dijo. ¿Café?
Café, dijo ella, estirándose como una gata. Y después, repetición del mensaje equivocado.
Diego se rio y la besó. El móvil de Elena vibró sobre la mesilla. Era un WhatsApp de un número desconocido. Lo miró y se echó a reír. Era otro mensaje de voz. Para Marta. Esta vez, Elena le dio al play en voz alta, y los dos lo escucharon riéndose, abrazados, con el sol de Madrid entrando por la ventana.
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