Javier folla el coño de Sofía hasta hacerla correrse: relatos eróticos en el gimnasio en Barcelona
El móvil vibró sobre la mesilla cuando Sofía ya estaba en pijama, y al leer el mensaje de Javier, su entrenador, que decía que había dejado sus llaves dentro de su bolsa del gimnasio por error, sonrió porque los relatos eróticos en el gimnasio que siempre imaginaba empezaban justo así, con una excusa tonta y una puerta cerrada.
Sofía miró la hora, dudó un segundo y contestó que volvía en diez minutos, y mientras se vestía deprisa notó que el corazón le latía más rápido de lo normal, como si su cuerpo ya supiera lo que su cabeza todavía no se atrevía a decir.
La calle estaba tranquila cuando llegó al gimnasio, y Javier la esperaba junto a la puerta lateral con la camiseta todavía húmeda del último entrenamiento, la llave girando en la cerradura y una sonrisa que no era la sonrisa profesional de todos los días.
Entraron juntos y el eco de sus pasos llenó la sala vacía, y el olor a goma, a sudor limpio y a desinfectante les envolvió mientras Javier cerraba la puerta tras ellos y dejaba las luces principales apagadas, con solo las luces de emergencia marcando el camino hacia los vestuarios.
Tu bolsa está ahí, dijo Javier señalando el banco, y Sofía abrió la cremallera y encontró las llaves en el bolsillo interior, y cuando se las tendió, sus dedos rozaron los de él un instante más de lo necesario y ninguno de los dos apartó la mano.
Lo siento, susurró Javier, y Sofía negó con la cabeza y le dijo que no pasaba nada, pero su voz salió más baja y más ronca, y Javier dio un paso hacia ella hasta que su pecho casi tocó el suyo y el aire entre ellos se volvió espeso.
Siempre me miras así en clase, dijo Javier, y Sofía no lo negó, y confesó que sí, que llevaba semanas fijándose en sus brazos cuando la corregía la postura, en su voz cuando contaba las repeticiones y en la forma en que sus manos se quedaban un segundo de más sobre su cintura.
Javier le tomó la cara con las dos manos y la besó despacio al principio, probando su boca, y Sofía respondió abriendo los labios y buscando su lengua, y el beso se hizo profundo, húmedo y urgente, con sus manos agarrando su camiseta y tirando de él hacia ella.
La levantó y la sentó sobre el banco del vestuario, y Sofía rodeó su cintura con las piernas mientras Javier le quitaba la sudadera por encima de la cabeza y dejaba al descubierto un top deportivo ajustado que marcaba sus tetas y sus pezones duros bajo la tela fina.
Javier bajó la boca hasta su cuello y lamió su piel salada, y Sofía echó la cabeza hacia atrás y gimió bajito cuando él mordió suavemente su clavícula y sus manos subieron por debajo del top para agarrar sus tetas y apretarlas con fuerza.
Quítatelo, susurró Sofía, y Javier le levantó el top y se quedó mirando sus tetas desnudas un momento antes de tomar un pezón entre los labios y chuparlo con fuerza mientras con la otra mano pellizcaba el otro pezón hasta que Sofía se retorció y apretó las piernas alrededor de él.
Sofía bajó las manos hasta el pantalón de Javier y notó su polla dura y caliente bajo la tela, y la agarró por encima del pantalón y la frotó despacio mientras Javier gemía contra su boca y empujaba sus caderas hacia adelante buscando más contacto.
Javier le bajó el pantalón de chándal y las bragas hasta las rodillas, y abrió sus piernas y miró su coño húmedo y brillante bajo la luz tenue, y pasó dos dedos por sus labios, los hundió despacio dentro de ella y los movió en círculos hasta que Sofía empezó a jadear y a mover las caderas contra su mano.
Estás empapada, dijo Javier con la voz ronca, y Sofía le contestó que llevaba mojada desde que leyó su mensaje, y Javier sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó mirándola a los ojos, y después volvió a meterlos más profundo y más rápido hasta que ella gritó su nombre.
Sofía se bajó del banco, se arrodilló delante de él y le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón, y su polla saltó libre, gruesa y venosa, y ella la agarró por la base, la lamió desde abajo hasta la punta y se la metió en la boca hasta el fondo, chupando con fuerza y moviendo la cabeza arriba y abajo.
Javier agarró su pelo y empujó su cabeza con suavidad al ritmo de sus caderas, y Sofía abrió más la boca, dejó que la polla le llegara a la garganta y tragó alrededor de ella mientras sus manos apretaban sus muslos y su saliva brillaba sobre su piel.
Para, jadeó Javier, tirando de ella hacia arriba, porque no quería correrse todavía, y la besó con fuerza, saboreando su propia polla en su boca, y la giró, la apoyó de espaldas contra las taquillas frías y le levantó una pierna hasta su cintura.
Javier se colocó entre sus piernas, frotó la punta de su polla contra su coño mojado varias veces, y la empujó dentro de ella de una sola estocada profunda, y Sofía gritó y clavó las uñas en su espalda mientras él empezaba a follarla con embestidas largas y duras contra el metal de las taquillas.
El ruido de las taquillas, sus jadeos y el sonido húmedo de sus cuerpos llenaron el vestuario vacío, y Javier la folló más rápido, agarrando su culo con las dos manos y levantándola un poco con cada embestida, y Sofía movió las caderas para recibirlo más profundo y le pidió que no parara.
Más fuerte, gimió Sofía, y Javier obedeció, follándola con toda su fuerza hasta que sus piernas temblaron y su coño se contrajo alrededor de su polla, y ella se corrió gritando su nombre, con el cuerpo convulsionando y las uñas marcando su piel.
Javier no paró, siguió follándola mientras ella todavía temblaba del orgasmo, y Sofía sintió una segunda oleada subiendo cuando él cambió el ángulo y golpeó un punto más profundo dentro de ella, y se corrió otra vez, esta vez mordiendo su hombro para no gritar demasiado alto.
Entonces Javier salió de ella, la giró y la puso de rodillas sobre el banco, y la folló por detrás agarrando sus caderas, con su polla entrando y saliendo de su coño empapado mientras sus tetas se balanceaban con cada embestida y sus gemidos se hacían más agudos.
Sofía empujó el culo hacia atrás contra él, buscando cada centímetro, y Javier le dio una palmada en el culo y la folló todavía más fuerte, y cuando sintió que iba a correrse, salió de ella, se corrió sobre su culo y su espalda con chorros calientes, y Sofía gimió al sentir su semen resbalando por su piel.
Se quedaron abrazados en el vestuario, respirando agitados, con la ropa revuelta y el cuerpo sudoroso, y Javier le limpió la espalda con una toalla y le dio un beso lento en la nuca, y Sofía se rio bajito y le dijo que sus llaves eran la mejor excusa de su vida.
Mi piso está a dos calles, dijo Javier, y Sofía no dudó, y salieron del gimnasio de la mano, con la puerta cerrada tras ellos y la noche de Barcelona esperándolos fuera, y el aire fresco sobre su piel caliente le puso la carne de gallina.
En el piso, Javier encendió solo una lámpara pequeña, y Sofía se quitó los zapatos en la entrada y lo siguió hasta el salón, donde él la empujó suavemente contra el sofá y volvió a besarla, esta vez sin prisa, como si tuvieran toda la noche por delante, que la tenían.
Sofía le quitó la camiseta y recorrió su pecho y sus abdominales con la lengua, y bajó hasta su cintura y volvió a tomar su polla, ya dura otra vez, entre sus manos, y la chupó despacio en el sofá mientras Javier echaba la cabeza hacia atrás y gemía su nombre.
Después Javier la desnudó por completo en el salón, la tumbó sobre el sofá y abrió sus piernas, y bajó su boca hasta su coño y la comió con la lengua larga y profunda, lamiendo sus labios, succionando su clítoris y metiendo dos dedos dentro de ella al mismo tiempo.
Sofía agarró su pelo y levantó las caderas hacia su boca, y gimió sin control cuando su lengua dibujó círculos rápidos sobre su clítoris, y se corrió con fuerza contra su boca, con las piernas temblando y los dedos apretando las sábanas del sofá.
Javier subió sobre ella, se colocó entre sus piernas y la folló despacio al principio, mirándola a los ojos, con embestidas profundas y lentas que la hacían gemir con cada movimiento, y Sofía rodeó su cintura con las piernas y tiró de él para sentirlo más dentro.
La llevó así hasta el dormitorio, sin salir de ella, con Sofía agarrada a su cuello y riendo entre gemidos, y la tumbó sobre la cama y siguió follándola, ahora más rápido, con sus tetas rebotando y sus manos agarrando sus caderas para marcar el ritmo.
Cámbiame, susurró Sofía, y se puso encima de él, y montó su polla despacio, bajando hasta el fondo y subiendo casi hasta salir, y movió las caderas en círculos mientras Javier agarraba sus tetas y las apretaba y sus pulgares rozaban sus pezones.
Sofía cabalgó más rápido, con el pelo cayendo sobre su cara y los gemidos saliendo sin filtro, y Javier empujó sus caderas hacia arriba para encontrarse con ella en cada bajada, y juntos llegaron a un ritmo frenético que llenó la habitación de sonidos húmedos y jadeos.
Me corro, gritó Sofía, y se corrió sobre él con el coño apretando su polla en espasmos, y Javier aguantó un poco más, la giró debajo de él y la folló con embestidas cortas y profundas hasta que se corrió dentro de ella con un gemido largo y ronco.
Se quedaron tumbados en la cama, con su semen caliente dentro de ella y sus cuerpos pegados por el sudor, y Javier le apartó el pelo de la cara y le besó la frente, y Sofía cerró los ojos y escuchó su respiración volverse lenta junto a su oído.
Después de un rato, Javier la llevó a la ducha, y bajo el agua caliente volvieron a besarse, y él la folló de pie contra la pared de azulejos, con el agua cayendo sobre sus cuerpos y sus manos resbalando sobre su piel mojada, y Sofía se corrió otra vez agarrada a sus hombros.
Ya de madrugada, secos y enredados entre las sábanas, Sofía apoyó la cabeza sobre su pecho y Javier jugó con su pelo, y hablaron en voz baja de la próxima clase, del gimnasio vacío y de la excusa de las llaves, riendo como dos cómplices que guardaban un secreto.
Cuando el primer ruido de la calle anunció que la noche se acababa, Javier la miró y le preguntó si volvería mañana al gimnasio, y Sofía sonrió, le besó la boca despacio y le contestó que sí, pero que esta vez sería ella quien le mandara el mensaje.
En el ascensor del edificio de Javier, la luz era tenue y el espejo devolvía sus imágenes juntas, y Sofía todavía tenía la respiración agitada del gimnasio cuando Javier se acercó por detrás, le apartó el pelo del cuello y le susurró al oído que no iba a poder esperar hasta llegar al piso.
Sofía se rio bajito y apoyó las manos contra el espejo frío, y Javier pegó su cuerpo al suyo, bajó una mano por su cintura y la metió por dentro de su pantalón, y sus dedos encontraron su coño caliente y mojado y empezaron a moverse despacio, en círculos, mientras el ascensor subía piso a piso.
No hagas ruido, susurró Javier, y Sofía mordió su propio labio para contener un gemido cuando él metió dos dedos dentro de ella y los movió con fuerza, y el espejo le devolvía su cara roja, sus ojos cerrados y su boca abierta de placer.
Cuando el ascensor se detuvo en un piso intermedio, Javier sacó la mano deprisa y Sofía se arregló la ropa con las manos temblorosas, y los dos contuvieron la risa mientras una vecina entraba con su perro y los saludaba sin sospechar nada de lo que acababa de pasar entre ellos.
En cuanto la vecina bajó, Javier volvió a pegarse a ella, le levantó la sudadera y le agarró una teta por encima del top, y Sofía empujó el culo hacia atrás contra su polla dura, frotándose contra él al ritmo lento del ascensor, y gimió bajito contra el espejo.
Javier le bajó el pantalón hasta las rodillas en un movimiento rápido, se sacó la polla y la frotó entre sus nalgas y contra su coño mojado, y Sofía separó más las piernas y le pidió en voz baja que la follara ya, que no importaba si el ascensor se detenía otra vez.
Él la penetró de pie, agarrando sus caderas con fuerza, y la folló con embestidas profundas y controladas, mirando sus cuerpos en el espejo, y Sofía se agarró al pasamanos y empujó hacia atrás para recibirlo más dentro, con los gemidos saliendo cada vez más altos a pesar de sus intentos por callarse.
El ascensor llegó al piso de Javier justo cuando Sofía se corría, con el cuerpo temblando y las piernas flojas, y Javier salió de ella a tiempo, abrió la puerta y la sostuvo por la cintura para que no se cayera, y los dos entraron riendo, con la ropa revuelta y el secreto del ascensor guardado entre ellos.
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