Relatos Eroticos Gay: Pablo Me Folló Toda la Noche en Madrid, Del Bar a Su Cama
¿Vienes aquí a menudo? La voz llegó desde mi izquierda, grave y segura. Levanté la vista de mi copa y vi a un hombre de unos treinta años, con barba corta y una camisa azul que le quedaba perfecta. Le dije que era la primera vez. Él sonrió y dijo que entonces tenía suerte, porque acababa de conocer al mejor guía de Madrid. Así empezaron estos relatos eroticos gay, con una pregunta en un bar y una noche que ninguno de los dos olvidaría.
Me llamo Alejandro. Tengo veintiocho años. Vivo en Madrid desde hace tres años. Aquella noche había salido solo porque mis amigos me habían dejado plantado. El bar estaba lleno, la música era buena y yo no tenía ningún plan. Pablo, así se llamaba él, se sentó a mi lado y pidió dos copas.
Hablamos durante una hora. Me contó que era arquitecto. Le conté que trabajaba en una tienda de libros. Nos reímos mucho. En un momento, su mano rozó la mía sobre la barra. Ninguno de los dos la apartó. Supe en ese instante que la noche no iba a terminar en el bar.
Pablo me preguntó si quería ir a su casa. Le dije que sí sin pensarlo. Su piso estaba cerca, a diez minutos andando. Por el camino, me cogió de la mano. Las calles de Madrid estaban tranquilas. Entramos en su portal y subimos en el ascensor, mirándonos sin decir nada.
En cuanto cerró la puerta, me empujó suavemente contra la pared y me besó. Su beso era firme, con ganas. Su lengua buscó la mía. Le agarré por la cintura y lo atraje hacia mí. Podía sentir su polla dura contra mi pierna a través de los pantalones.
Me quitó la camisa despacio, besándome el cuello mientras lo hacía. Yo le quité la suya. Su pecho era fuerte, con un poco de vello. Le besé el pecho y bajé hasta su ombligo. Él gimió bajito y me agarró del pelo.
Nos fuimos al dormitorio, quitándonos la ropa por el camino. Cuando quedamos desnudos, nos miramos un momento. Su polla era grande y estaba completamente dura. La mía también. Nos tumbamos en la cama, uno al lado del otro, besándonos y tocándonos.
Pablo me agarró la polla con la mano y empezó a masturbarme despacio. Cerré los ojos. Su mano era experta. Me susurró al oído que le gustaba mi polla. Yo le agarré la suya y le devolví el favor. Nos masturbamos el uno al otro durante un rato, mirándonos a los ojos.
Después, Pablo bajó la cabeza y se metió mi polla en la boca. Su boca estaba caliente. Su lengua giraba alrededor de mi polla. Me agarré a las sábanas. Era increíble. Me la chupó despacio, luego más rápido, hasta que casi me corro.
Le pedí que parara. Le dije que quería follarlo. Él sonrió y se puso a cuatro patas sobre la cama. Su culo redondo estaba delante de mí. Le abrí las nalgas con las manos y le lamí el culo despacio. Él gimió y empujó hacia atrás, buscando más.
Me puse un condón y le eché lubricante. Puse la punta de mi polla contra su culo. Empujé despacio. Él respiró hondo. Fui entrando poco a poco hasta estar completamente dentro de él. Su culo era estrecho y caliente.
Empecé a moverme despacio. Pablo gemía con cada embestida. Agarré sus caderas y aumenté el ritmo. La cama se movía. Sus gemidos llenaban la habitación. Me dijo que más fuerte. Le hice caso y le follé con fuerza.
Su cuerpo temblaba bajo el mío. Le agarré la polla con una mano mientras lo follaba. Él se corrió en mi mano, gritando mi nombre. Su culo se apretó alrededor de mi polla. Yo empujé unas cuantas veces más y me corrí dentro del condón, con un gemido largo.
Nos tumbamos juntos, respirando agitados. Pablo me abrazó. Me dijo que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. Le dije que yo tampoco. Nos quedamos así un rato, en silencio, escuchando la ciudad por la ventana.
Un rato después, Pablo me miró y sonrió. Me dijo que la noche no había terminado. Se levantó y fue a la cocina. Volvió con dos copas de vino. Bebimos y hablamos. Me contó que vivía solo desde hacía un año.
Después de beber, volvimos a la cama. Esta vez, Pablo quiso follarme a mí. Me puse a cuatro patas. Me lamió el culo despacio, con paciencia. Luego se puso el condón y me penetró despacio. Al principio dolió un poco, pero pronto se convirtió en placer.
Me folló con ritmo, agarrándome por las caderas. Yo gemía sin parar. Me masturbaba mientras me follaba. Cuando estaba a punto de correrme, él aumentó el ritmo. Me corrí con fuerza, manchando las sábanas. Él se corrió segundos después, dentro de mí.
Nos dormimos abrazados. Por la mañana, el sol entraba por la ventana. Pablo me preparó café. Desayunamos juntos en la cocina, todavía desnudos debajo de las batas. Nos reímos recordando la noche.
Antes de irme, Pablo me pidió el número. Se lo di. Me dijo que quería volver a verme. Le dije que yo también. Nos besamos en la puerta. Bajé las escaleras con una sonrisa que no se me quitó en todo el día.
Desde entonces, nos vemos cada semana. A veces en su casa, a veces en la mía. A veces salimos a cenar antes. Pero siempre terminamos igual, en la cama, disfrutando el uno del otro. Pablo se ha convertido en la persona más importante de mi vida en Madrid.
Una noche, mientras cenábamos, Pablo me dijo algo que no esperaba. Me dijo que quería que nos fuéramos de viaje juntos. Me propuso ir a la playa en verano. Le dije que sí sin dudarlo. Brindamos por ese viaje y por todas las noches que nos quedaban por vivir.
El viaje a la playa llegó en julio. Alquilamos una casita cerca del mar. Pasamos los días en la playa y las noches en la cama. Una noche, después de cenar en un chiringuito, volvimos a la casa y no pudimos esperar. Nos desnudamos en el salón mismo, sobre el sofá.
Pablo me folló en el sofá, con las piernas sobre sus hombros. Yo gemía tan alto que tuvimos que cerrar las ventanas. Después, nos metimos en la ducha juntos. Bajo el agua caliente, nos besamos y nos tocamos otra vez. Aquella noche dormimos abrazados, con el sonido del mar de fondo.
Al día siguiente, fuimos a una cala escondida. No había casi nadie. Nos bañamos desnudos en el mar. Pablo me abrazó en el agua y me besó. Sentí su polla dura contra mi pierna. Nos reímos y salimos del agua corriendo como dos adolescentes.
Por la noche, en la terraza de la casita, con solo una toalla alrededor de la cintura, volvimos a hacer el amor bajo las estrellas. Pablo me dijo que nunca había sido tan feliz. Le dije que yo tampoco. Nos quedamos mirando el mar hasta tarde.
Cuando volvimos a Madrid, nuestra relación era más fuerte. Pablo me dio una llave de su piso. Me dijo que su casa era también mi casa. A partir de entonces, pasaba casi todas las noches allí. Nuestras cosas se mezclaron en su armario.
Un sábado, Pablo organizó una cena en su casa con sus amigos. Me presentó como su novio. Sus amigos nos felicitaron. Aquella noche, después de que todos se fueron, Pablo me folló en la cocina, contra la encimera, todavía con la camisa puesta. Fue rápido, intenso y perfecto.
Los meses pasaron. Cada semana descubríamos algo nuevo el uno del otro. Pablo me enseñó a cocinar. Yo le enseñé a bailar. Pero lo mejor seguía siendo lo de siempre, nuestras noches juntos, sin prisas, disfrutando de cada momento.
Una noche de invierno, con la lluvia golpeando las ventanas, Pablo me miró y me dijo que me quería. Yo le dije que yo también lo quería. Nos besamos despacio, sin prisa. Después hicimos el amor durante horas, con calma, como si el tiempo no existiera.
A la mañana siguiente, con la lluvia todavía cayendo, Pablo me preparó el desayuno en la cama. Comimos juntos, hablando de nuestros planes. Me dijo que quería llevarme a conocer a su familia en primavera. Le dije que me encantaría. Aquella mañana, en la cama, con el café entre nosotros, supe que Pablo era la persona con la que quería pasar mi vida.
En primavera, fuimos a casa de sus padres. Estaban nerviosos al principio, pero nos trataron con cariño. Su madre me dijo que nunca había visto a Pablo tan feliz. Aquella noche, en la habitación de invitados, Pablo y yo hicimos el amor en silencio, riéndonos bajito para que nadie nos oyera. Fue una de las noches más divertidas de toda nuestra historia juntos.
Así es como una pregunta en un bar se convirtió en la mejor historia de mi vida. Pablo y yo seguimos escribiendo nuestros relatos eroticos gay, una noche tras otra, en Madrid.
En la playa, la segunda noche, Pablo me llevó a cenar a un restaurante pequeño junto al mar. Después de cenar, caminamos por la arena. Se detuvo, me miró y sacó una cajita del bolsillo. Dentro había una pulsera. Me dijo que era para que lo recordara siempre.
Me puse la pulsera y lo besé. Volvimos a la casita cogidos de la mano. Aquella noche hicimos el amor despacio, mirándonos a los ojos todo el rato. Fue la noche más tierna que habíamos pasado juntos.
Al día siguiente, en la playa, Pablo me contó que había pensado mucho en nosotros. Me dijo que quería que viviéramos juntos de verdad, no solo pasando las noches en su piso. Le dije que yo también lo quería.
Cuando volvimos a Madrid, empezamos a buscar un piso más grande para los dos. Encontramos uno en el centro, con un balcón enorme. Nos mudamos un mes después. Ahora vivimos juntos, y cada noche sigue siendo tan intensa como la primera.
A veces, cuando salimos por Madrid, pasamos por aquel bar. Siempre nos miramos y sonreímos. Fue allí donde todo empezó, con una pregunta sencilla. Y todavía hoy, cada vez que Pablo me mira así, sé que la noche va a ser inolvidable.
Un año después de conocernos, Pablo organizó una fiesta sorpresa por nuestro aniversario. Invitó a nuestros amigos al piso nuevo. Todos brindaron por nosotros. Al final de la noche, cuando todos se fueron, Pablo me abrazó y me dijo que aquel bar había sido el mejor accidente de su vida.
Nos fuimos a la cama y pasamos la noche celebrando a nuestra manera. Al amanecer, con el sol entrando por el balcón, supe que nuestra historia no tenía final. Cada día con Pablo es un nuevo relato, y todos empiezan igual, con su sonrisa.
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