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Relatos XXX: La Vecina Me Folló Toda la Noche en Valencia

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Estaba en mitad de una llamada de trabajo, con el portátil abierto en la mesa del salón y la voz de mi jefe sonando por los auriculares, cuando unos golpes secos en la puerta me cortaron en seco. Nunca pensé que mi noche acabaría como uno de esos Relatos XXX que se leen de una sentada, pero aquel golpe lo cambió todo. Pedí un segundo a mi jefe, me quité un auricular y abrí la puerta sin mirar por la mirilla.

En el rellano estaba Lucía, mi vecina del cuarto, con una camiseta blanca pegada al cuerpo por el agua y el pelo recogido en un moño deshecho. Tenía los ojos muy abiertos y una llave inglesa en la mano, y antes de que yo pudiera decir nada me soltó que el grifo de su cocina no paraba de soltar agua. Me dijo que su casero no contestaba y que necesitaba ayuda urgente, y su voz sonaba más nerviosa que asustada de verdad.

Le dije a mi jefe que le llamaba en diez minutos y colgué. Lucía me miró de arriba abajo, se mordió el labio y me pidió que pasara a su piso un momento, solo para mirar el grifo. Cogí una toalla del baño por si acaso y la seguí por el pasillo, fijándome en cómo se movían sus caderas bajo unos pantalones cortos de estar por casa.

Su piso olía a café recién hecho y a jabón. La cocina era pequeña, con azulejos blancos y una ventana que daba al patio interior del edificio, y el grifo goteaba con un ruido constante sobre el fregadero. Me agaché para mirar la junta, apreté un par de vueltas con la llave inglesa y el goteo se detuvo casi de inmediato. Cuando me giré para decírselo, Lucía estaba muy cerca, tanto que noté su respiración en mi cuello.

Me dijo que era un manitas, con una sonrisa lenta que no tenía nada que ver con un grifo. Yo le contesté que solo había apretado una tuerca, pero ella se rio bajito y puso una mano en mi pecho, justo encima del corazón. Sentí el calor de su palma a través de la camiseta y el corazón me empezó a latir más deprisa que durante toda la llamada de trabajo.

Lucía dio un paso más y me besó sin avisar, un beso directo, húmedo y con lengua, que me dejó sin aire. Yo le agarré la cintura y la atraje hacia mí, notando sus pechos aplastados contra mi pecho y su cadera buscando la mía. Ella gimió contra mi boca y me mordió el labio inferior, suave al principio y luego con más fuerza, mientras sus manos bajaban hasta mi cintura.

Le quité la camiseta mojada por encima de la cabeza y me quedé mirando sus tetas desnudas, redondas, con los pezones duros y oscuros por el frío del agua. Ella me quitó la camiseta a mí, me pasó las uñas por la espalda y me empujó hacia la encimera de la cocina. Me senté en el borde y ella se colocó entre mis piernas, besándome el cuello mientras me desabrochaba el pantalón con dedos impacientes.

Cuando mi polla quedó libre, dura y palpitante, Lucía la agarró con una mano y la acarició despacio, de arriba abajo, mirándome a los ojos. Yo le agarré una teta con cada mano, apreté suavemente y le pellizqué los pezones hasta que ella echó la cabeza hacia atrás y gimió mi nombre. El sonido de su gemido en aquella cocina pequeña me puso aún más duro, y ella lo notó y sonrió.

La levanté y la senté en la encimera, le separé las piernas y le bajé los pantalones cortos y las bragas de un tirón. Su coño estaba mojado, brillante, con los labios hinchados y calientes al tacto. Pasé la lengua despacio por toda su abertura, saboreando su humedad, y luego metí la lengua dentro mientras ella se agarraba al borde de la encimera y movía las caderas hacia mi boca.

Lucía me agarró del pelo y me empujó más contra ella, pidiéndome entre gemidos que no parara. Yo chupé su clítoris con fuerza, lo lamí en círculos rápidos y sentí cómo sus muslos temblaban alrededor de mi cabeza. Cuando se corrió, gritó bajito, apretó las piernas contra mis orejas y se quedó temblando unos segundos, con la respiración entrecortada y las manos todavía en mi pelo.

Antes de que se recuperara del todo, se bajó de la encimera, se puso de rodillas delante de mí y me metió la polla en la boca sin dudar. La chupó despacio al principio, con la lengua rodeando el glande, y luego más deprisa, metiéndosela cada vez más hondo hasta que noté el fondo de su garganta. Yo le agarré el moño deshecho, le solté el pelo y vi cómo le caía sobre los hombros mientras me la chupaba con ganas.

Cuando noté que estaba a punto de correrme, la levanté, la giré y la puse de espaldas contra la encimera, con las manos apoyadas en el mármol frío. Le separé las piernas, coloqué mi polla en la entrada de su coño mojado y empujé de una vez, hondo, hasta el fondo. Ella gritó de placer, arqueó la espalda y me pidió que la follara fuerte, sin parar, y yo obedecí.

La follé con embestidas largas y profundas, agarrándola de las caderas, sintiendo cómo su coño apretaba mi polla en cada entrada. El ruido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con sus gemidos y con el goteo lejano del patio, y cada vez que empujaba ella respondía moviendo el culo hacia atrás para recibirme más hondo. Me incliné sobre su espalda, le mordí el hombro y le agarré una teta por debajo, apretándola mientras seguía follándola sin descanso.

La llevé así hasta el sofá del salón, sin sacarla de dentro, y la tumbé boca arriba con las piernas abiertas sobre mis hombros. Entré de nuevo en ella, despacio al principio para que sintiera cada centímetro, y luego más rápido, con golpes secos que hacían que el sofá crujiera bajo nosotros. Lucía se agarró a mis brazos, me clavó las uñas y me miró a los ojos mientras gemía que así, justo así, era como quería que la follara.

Le di la vuelta y la puse a cuatro patas en el sofá, con el culo levantado hacia mí y la cara hundida en un cojín. Entré por detrás, agarrándola del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y la follé fuerte, viendo cómo sus tetas se balanceaban con cada embestida. Ella movía el culo contra mí, me pedía más fuerte, más hondo, y yo le daba todo lo que pedía, sin bajar el ritmo ni un segundo.

Su segundo orgasmo llegó de golpe, con un grito largo que se le escapó entre los dientes apretados contra el cojín. Sentí cómo su coño se contraía alrededor de mi polla, una y otra vez, apretándome con fuerza mientras su cuerpo temblaba entero. Me quedé dentro de ella, quieto, disfrutando de cada contracción, hasta que su respiración se calmó y se dejó caer de lado en el sofá, sonriendo.

Nos quedamos un rato abrazados, con la piel sudada y pegada, bebiendo agua directamente de una botella que ella tenía en la mesita. Lucía me dijo que el grifo llevaba roto una semana y que solo había esperado al momento perfecto para llamarme. Yo me reí y le contesté que si el grifo era la excusa, pensaba romper otro cada semana, y ella me besó la frente y me dijo que no hacía falta excusa ninguna.

Pero la noche no había terminado. Lucía me cogió de la mano y me llevó a su dormitorio, una habitación pequeña con una cama grande, sábanas blancas revueltas y una lámpara cálida encendida en la mesilla. Me empujó sobre la cama, se subió encima de mí y me besó el pecho, bajando despacio, beso a beso, hasta mi polla, que ya volvía a estar dura solo con mirarla.

Esta vez me la chupó con calma, saboreándola, pasando la lengua por toda la longitud y deteniéndose en el glande para chuparlo con fuerza. Yo le acaricié el pelo, le agarré las tetas y jugué con sus pezones mientras ella seguía, y cuando ya no pude más la agarré por los brazos y la subí hasta mi boca para besarla con su sabor todavía en sus labios.

La tumbé boca arriba en la cama, le abrí las piernas y entré en ella despacio, mirándola a la cara, sintiendo cómo su coño caliente me recibía centímetro a centímetro. La follé con movimientos lentos y profundos, besándole el cuello y las tetas, mordiéndole suavemente los pezones mientras ella me rodeaba la cintura con las piernas y me atraía más hondo con los talones en mi espalda.

Lucía se puso encima sin salir de mí, se sentó sobre mi polla y empezó a moverse arriba y abajo, despacio al principio y luego cada vez más deprisa, con las manos apoyadas en mi pecho. Sus tetas botaban con cada movimiento y su pelo suelto le caía sobre la cara, y yo le agarré las caderas para ayudarla a subir y bajar, sintiendo cómo se apretaba por dentro cada vez que bajaba del todo.

Ella se corrió encima de mí con un gemido largo, echando la cabeza hacia atrás y temblando sobre mi cuerpo, con las uñas clavadas en mi pecho. Yo la agarré fuerte, la giré sin salir de ella y quedé encima, follándola con embestidas rápidas y profundas hasta que noté que yo también llegaba al límite. Me corrí dentro de ella con un gruñido, sintiendo cada chorro, mientras ella me abrazaba y me besaba el cuello sin soltarme.

Nos duchamos juntos después, bajo el agua caliente, enjabonándonos despacio el uno al otro, con besos perezosos entre el vapor. Lucía me enjabonó la polla con las manos, despacio, hasta que volvió a ponerse dura, y yo le enjaboné las tetas y el culo, metiendo un dedo en su coño mojado mientras ella se apoyaba en la pared de la ducha y gemía bajito. Salimos envueltos en toallas, riéndonos, dejando un charco en el pasillo que ninguno de los dos tenía prisa por secar.

De vuelta en la cama, todavía con la piel húmeda, Lucía se tumbó boca abajo y me pidió que la follara así, despacio, para dormir después. Me coloqué detrás de ella, le separé las piernas, entré en su coño caliente y la follé con movimientos largos y tranquilos, besándole la espalda y agarrándole las tetas por debajo. Ella gemía bajito contra la almohada, moviendo el culo despacio contra mí, y el ritmo perezoso nos llevó a los dos a otro orgasmo lento, juntos, casi sin ruido.

Cuando terminamos nos quedamos abrazados bajo la sábana, con su cabeza en mi pecho y mi mano en su cadera, escuchando los ruidos del edificio. Lucía me susurró que mañana el grifo volvería a gotear, seguro, y que tendría que volver a llamarme. Yo le contesté que entonces mañana traería la caja de herramientas entera, y ella se rio contra mi piel y me besó justo encima del corazón, donde horas antes había puesto la mano por primera vez.

🔒 Bonus Scene locked

Lucía dejó algo en el pasillo que Javier no esperaba encontrar al amanecer.

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