Relatos Eróticos Morbosos: Llegada a la Bodega
Luciana jamás imaginó que los relatos eróticos morbosos que leía en su teléfono se convertirían en su propia vida una tarde de vendimia en La Rioja. El taxi la dejó frente a la bodega a las seis de la tarde, con el sol todavía alto y el aire oliendo a uva madura. Había heredado la finca de su tío hacía tres meses, y esta era la primera vez que ponía un pie en ella.
Un hombre salió de entre las hileras de viñas, alto, con la camisa abierta y las manos manchadas de mosto. "¿Luciana?" dijo, con una sonrisa que le llegó a los ojos. "Soy Mateo. El capataz. Tu tío me habló mucho de ti." Luciana notó que la miraba de arriba abajo sin ningún disimulo, y en lugar de molestarle, algo se le encendió por dentro.
"Te enseño la bodega," dijo Mateo, y la guió hacia el edificio de piedra. Dentro hacía fresco y olía a roble y a vino viejo. Las barricas se alineaban en la penumbra como gigantes dormidos. Mateo encendió una lámpara y el lugar se llenó de una luz dorada. "Tu tío hacía el mejor tempranillo de la zona," dijo. "¿Quieres probarlo?"
Sirvió dos copas de una barrica. El vino era oscuro, espeso, con un sabor que le llenó la boca. "Está increíble," dijo Luciana. Mateo la miró por encima de su copa. "Tienes una gota aquí," dijo, y antes de que ella pudiera reaccionar, le limpió el labio inferior con el pulgar. El contacto fue eléctrico. Luciana sintió que se le cortaba la respiración.
"Mateo," susurró, pero él ya estaba más cerca. La besó entre las barricas, con sabor a vino y a uva, un beso hambriento que no pedía permiso. Luciana respondió con la misma hambre. Sus manos se agarraron a su camisa. El mundo se redujo a la penumbra fresca, al olor a roble y a la boca de aquel hombre que acababa de conocer.
Mateo la empujó suavemente contra una barrica. Sus manos subieron por sus muslos, bajo la falda del vestido de verano. "¿Qué haces?" jadeó Luciana, aunque su cuerpo ya le estaba dando la respuesta. "Lo que tu tío nunca me dejó hacer en su bodega," murmuró Mateo, y le bajó las bragas de un tirón. Luciana se rio, nerviosa y excitada a la vez.
La levantó y la sentó sobre la barrica. La madera estaba fría bajo sus muslos desnudos. Mateo se arrodilló entre sus piernas y la probó, como había probado el vino, con atención y con deleite. Su lengua encontró su clítoris y Luciana gritó, el sonido rebotando entre las barricas. "Silencio," rio Mateo, "que las barricas escuchan." Pero no paró.
Luciana se agarró al borde de la barrica mientras él la devoraba. Su cuerpo se tensó, se arqueó, y el orgasmo la atravesó como una ola de calor. Cuando abrió los ojos, Mateo la miraba, satisfecho. Se desabrochó el pantalón y liberó su polla, dura y gruesa. Luciana la tomó en su mano, sorprendida de su propio atrevimiento.
Se la metió en la boca, despacio al principio, saboreándolo. Mateo gimió y le agarró el pelo. El sabor a sal y a hombre le llenó la boca. Lo trabajó con la lengua y con la mano, sintiendo cómo se ponía más duro, hasta que él la apartó. "No," dijo con voz ronca. "Quiero estar dentro de ti."
La penetró allí mismo, sobre la barrica, de pie entre sus piernas abiertas. Luciana gritó cuando entró, llenándola por completo. Mateo empezó a moverse, primero despacio, disfrutando cada centímetro, y luego más rápido, más fuerte. La barrica crujía bajo ellos. El vino dormido a su alrededor parecía contener la respiración.
"Más fuerte," exigió Luciana, clavándole las uñas en la espalda. Mateo obedeció, embistiéndola con una fuerza que la hacía temblar. Sus pechos saltaban dentro del vestido. Él le bajó el escote y se los metió en la boca uno tras otro, sin dejar de moverse. Luciana sintió que el segundo orgasmo se acercaba, más grande, más profundo.
Llegó gritando su nombre, agarrándose a él como si fuera lo único sólido del mundo. Mateo la siguió segundos después, con un rugido sordo, derramándose dentro de ella. Se quedaron abrazados sobre la barrica, sudorosos, riendo como dos adolescentes. "Bienvenida a La Rioja," dijo Mateo. Luciana se rio hasta que le dolió el estómago.
Salieron de la bodega al atardecer, con la ropa arrugada y las mejillas encendidas. Los jornaleros ya se habían ido. Solo quedaban ellos y las viñas infinitas bajo un cielo naranja. "Ven," dijo Mateo, y la llevó entre las hileras. La tierra estaba tibia bajo sus pies descalzos. Se detuvieron donde nadie podía verlos, rodeados de uvas.
Allí, entre las viñas, Mateo la desnudó por completo, prenda a prenda, hasta dejarla desnuda bajo el cielo del atardecer. La tumbó sobre su propia chaqueta, entre las hileras. "Eres preciosa," dijo, y lo decía en serio. La besó entera, cada centímetro, hasta que Luciana estaba temblando de necesidad. Entonces la penetró de nuevo, despacio, mirándola a los ojos.
Hicieron el amor entre las viñas mientras el sol se ponía, con un ritmo lento y profundo, como si tuvieran toda la eternidad. Luciana le rodeó la cintura con las piernas y se movió con él. Las uvas colgaban sobre ellos. El aire olía a tierra y a deseo. Cuando llegaron juntos al clímax, Luciana lloró un poco, sin saber por qué, y Mateo la besó en la frente.
De noche cenaron en la casa de la finca, pan, queso y el mismo tempranillo de la barrica. Hablaron de la vendimia, de su tío, de la vida. Mateo le contó que llevaba diez años trabajando aquella tierra. "Y ahora trabajas para mí," dijo Luciana, con una sonrisa pícara. "Para ti," confirmó Mateo, "en todos los sentidos."
Después de cenar la llevó a la habitación principal, la que había sido de su tío. La desnudó otra vez, esta vez sin prisa, y la tumbó en la cama grande. Le hizo el amor con una ternura que contrastaba con la fiereza de la bodega. Luciana se dejó llevar, flotando entre el placer y el sueño, hasta que el tercer orgasmo del día la dejó dormida entre sus brazos.
Despertó de madrugada con la boca de Mateo entre sus piernas. "¿No duermes nunca?" murmuró, medio dormida. "Cuando hay vendimia, no," dijo él, sin levantar la cabeza. Luciana se rindió al placer, arqueándose en las sábanas frescas, y llegó al clímax con el amanecer colándose por la ventana. Después se durmió de verdad, agotada y feliz.
Por la mañana, desayunando en el porche, Luciana miró las viñas y luego a Mateo. "Me quedo," dijo. "¿La semana de vendimia?" preguntó él. "No," dijo ella. "Me quedo. La finca, La Rioja, todo." Mateo sonrió, esa sonrisa que le llegaba a los ojos. "¿Y yo?" Luciana se inclinó y le besó. "Tú vienes en el lote," susurró. "Eres parte de la herencia."
Mateo se rio y la sentó en su regazo allí mismo, en el porche, a la vista de las viñas. La besó hasta dejarla sin aliento. "La mejor herencia," dijo. Luciana apoyó la cabeza en su hombro y miró el amanecer sobre las viñas. Había llegado el día anterior como una heredera perdida. Hoy era la dueña de una bodega, de una tierra, y de un hombre que sabía a vino y a futuro.
A mediodía, con el sol pegando fuerte sobre las viñas, Mateo la encontró en la cocina, preparando una ensalada con tomates de la huerta. La abrazó por detrás, sus manos subiendo por su camiseta. "La siesta es sagrada en La Rioja," murmuró en su oído. Luciana se rio, pero no se resistió cuando la llevó al sofá del salón.
Allí, con la persiana a medio bajar y la luz entrando a rayas, Mateo le quitó los pantalones cortos y la penetró despacio, con ella tumbada boca abajo sobre los cojines. Sus embestidas eran lentas y profundas, casi perezosas, como el calor de la tarde. Luciana gemía bajito, mordiendo un cojín. Cuando llegaron al clímax, se quedaron dormidos así, unidos, hasta que el sol cambió de lado.
La última noche de la semana hubo fiesta de vendimia en el pueblo. Bailaron en la plaza, bebieron vino nuevo, y Luciana se sintió parte de algo antiguo y verdadero. De vuelta en la finca, borrachos de vino y de luna, lo hicieron en el lagar vacío, entre el olor dulce del mosto fermentando. Fue salvaje y tierno a la vez, y Luciana supo que ya no había vuelta atrás.
Semanas después, cuando la vendimia terminó y los jornaleros se fueron, Luciana y Mateo brindaron en la bodega, en el mismo lugar donde todo empezó. "¿Te arrepientes?" preguntó él. Luciana miró las barricas, las viñas por la ventana, y al hombre que la miraba como el primer día. "De nada," dijo. "Ni de la llegada, ni de la bodega, ni de ti."
Y cada vendimia desde entonces, cuando el aire huele a uva madura y las barricas esperan en la penumbra, Luciana baja a la bodega con Mateo y brindan por aquella primera tarde. Después apagan la lámpara, y la bodega guarda su secreto, como guarda el vino: en silencio, en la oscuridad, madurando.
Una tarde Mateo propuso una cata privada. "Solo nosotros dos," dijo, "y los mejores vinos de tu tío." Bajaron a la bodega con cinco botellas y dos copas. La primera era un crianza del año en que Luciana nació. "Brindemos por ti," dijo Mateo. Bebieron despacio, mirándose.
Con la segunda copa, un reserva profundo, Mateo le pidió que cerrara los ojos. Le puso una uva en los labios. Luciana la mordió, y el jugo dulce le corrió por la barbilla. Mateo la limpió con la lengua, despacio, subiendo hasta su boca. El beso supo a vino y a uva, y Luciana sintió que la tercera copa ya no hacía falta.
La desnudó entre las barricas, con la misma reverencia con que se abre una botella vieja. La tumbó sobre una manta que había traído, no se sabía cuándo. A la luz de la lámpara, su cuerpo parecía de oro. Mateo la recorrió entera, sin prisa, como quien cata: primero con los ojos, luego con las manos, luego con la boca.
Cuando la penetró, Luciana ya estaba al borde. Él se movió despacio, saboreando cada embestida, susurrándole al oído las notas del vino: "Frutos rojos. Cuero. Tabaco. Tú." Luciana se rio y lloró a la vez, y el orgasmo llegó como una cosecha, abundante y dulce, derramándose por todo su cuerpo.
Después abrieron la cuarta botella tumbados en la manta, desnudos, brindando por la bodega, por la vendimia, por ellos. "La quinta la guardamos," dijo Mateo. Luciana sonrió. "¿Para cuándo?" "Para cuando me pidas matrimonio," dijo él, medio en broma. Luciana lo miró, seria de repente. "¿Y si te lo pido ahora?" El silencio duró un segundo eterno. Luego Mateo la besó, largo y profundo. "Entonces descorchamos," susurró.
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