Relatos Eróticos para Leer: La Conversación Escuchada
Las dos y cuarto de la madrugada y yo seguía con los ojos clavados en el techo, contando las grietas del yeso como si fueran ovejas. Había devorado cientos de relatos eróticos para leer en el móvil hasta quedarme sin batería emocional, pero nada me había preparado para escuchar uno en directo al otro lado de la pared de mi habitación. La voz de Lucía llegó primero, baja y rota, y después un gemido que me puso la piel de gallina.
Nuestra pared era una broma de la inmobiliaria, un tabique fino que dejaba pasar las risas y las peleas por la ducha. Lucía tenía veintinueve años, una risa que llenaba el salón y un novio llamado Diego que vivía a diez minutos en metro.
«Diego, dime otra vez lo que me harías», susurró ella, y yo me quedé quieta, con la respiración atrapada en la garganta. No era mi intención espiar. Lo juro por lo que más quiera. Pero mis pies no se movieron del colchón y mi oreja, traidora, se pegó sola a la pared fría.
La voz de él llegaba apagada por el altavoz del móvil, un murmullo grave que no alcanzaba a distinguir del todo. Pero la de ella era cristalina. «Sí, así, tócame así», dijo, y escuché el roce de las sábanas y el crujido del somier moviéndose con un ritmo que no dejaba lugar a dudas.
Mi mano se deslizó bajo la manta sin que yo se lo ordenara, como si tuviera voluntad propia. Llevaba un camisón fino de tirantes y noté cómo se me endurecían los pezones con cada gemido que atravesaba la pared. Lucía no se cortaba. «Métela, Diego, métela entera», gimió, y un calor líquido me subió del vientre a la garganta.
Me mordí el labio para no hacer ruido. El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que temí que ella lo escuchara. «¿Te gusta cuando me toco pensando en ti?», preguntó Lucía con la voz entrecortada, y luego un gemido largo y agudo que me atravesó como una descarga eléctrica.
Sus dedos debían de estar dentro de ella porque el ritmo del somier cambió, más rápido, más desesperado. «Joder, Diego, qué dura la tienes», dijo, y yo sentí que me faltaba el aire. Nunca había escuchado a nadie hablar así. Nunca había querido tanto seguir escuchando.
Mi mano encontró el camino bajo el camisón y mis dedos resbalaron sobre mi clítoris con una facilidad vergonzosa. Estaba empapada. «Más fuerte, no pares», suplicó ella, y yo apreté los muslos alrededor de mi mano.
Entonces cometí el error. En un espasmo de placer, mi codo golpeó el vaso de agua de la mesilla y el cristal rodó por el suelo con un ruido que en el silencio de la madrugada sonó como una explosión. Todo se detuvo al otro lado de la pared. El silencio fue peor que cualquier grito.
«¿Valentina?», dijo la voz de Lucía, ahora clara, divertida, nada avergonzada. «¿Llevas mucho rato ahí pegada a la pared, guapa?». Se me heló la sangre. Quise fingir que dormía, quise desaparecer, pero la puerta de mi habitación se abrió de golpe y allí estaba ella.
Lucía llevaba solo una camiseta oversize que le llegaba a medio muslo y nada más, lo supe por cómo se le marcaban los pezones duros contra la tela. El móvil seguía en su mano, con la llamada activa. Me miró de arriba abajo, vio mi mano todavía bajo la manta, y sonrió como una gata.
«No pongas esa cara», dijo, entrando y cerrando la puerta tras de sí. «Si vas a escuchar, al menos hazlo desde dentro». Me agarró de la muñeca y tiró de mí con una fuerza suave que no admitía discusión. «Diego, cariño, tenemos público», anunció al teléfono con una risa ronca. «Valentina nos estaba escuchando desde su cama».
Un silencio denso, y después la voz de Diego, más clara ahora. «¿En serio? Pues dile que se quede. Dile que quiero escucharla a ella también». Lucía me miró y arqueó una ceja, retándome. Mi camisón se me había subido hasta la cintura y no hice nada por bajármelo.
Lucía se sentó en el borde de mi cama y me atrajo hasta que nuestras rodillas se tocaron. «¿Te ha gustado lo que has oído?», me preguntó en voz baja, apartándome un mechón de pelo de la cara. Asentí, incapaz de hablar, y ella se rio bajito.
«Pues mira lo que te pierdes por espiar desde fuera», susurró, y me besó. No fue un beso tímido ni de prueba. Fue un beso de los que abren la boca y buscan la lengua, con sabor a vino y a deseo, y sus manos me agarraron la cara para no dejarme escapar. Diego gimió por el altavoz como si el beso fuera para él.
Sus manos bajaron por mi cuello y por mis hombros, y me quitaron los tirantes del camisón con una lentitud deliberada que me estaba matando. La tela resbaló hasta mi cintura y quedé con los pechos al aire, duros y sensibles, temblando bajo la mirada de Lucía y la respiración acelerada de Diego al teléfono.
«Mírale las tetas, Diego», dijo Lucía, y me empujó suavemente para que me tumbara de espaldas. «Son preciosas, ¿verdad?». Él murmuró algo excitado. Lucía se inclinó sobre mí y tomó uno de mis pezones entre los labios, chupándolo con fuerza mientras su mano apretaba el otro.
Grité bajito y me tapé la boca con la mano, pero Lucía me la apartó. «No te tapes. Quiero oírte», ordenó, y siguió lamiendo, mordisqueando, jugando con mi pecho como si llevara años deseándolo. Su otra mano bajó por mi vientre, encontró mi clítoris hinchado y empezó a dibujar círculos lentos que me hicieron ver estrellas.
«Está mojadísima, Diego», informó Lucía al teléfono con voz traviesa. «Tiene el coño depilado, suave como la seda, y cuando le toco aquí...», apretó un punto exacto dentro de mí con dos dedos, «...se le contrae todo por dentro». Me corrí con un gemido ahogado.
No me dio tiempo a recuperarme. Lucía se quitó la camiseta de un tirón y se quedó desnuda sobre mí, su piel caliente contra la mía, sus pechos aplastándose contra los míos. «Ahora tú», me dijo, guiándome la mano entre sus piernas. La encontré empapada, abierta, palpitante, y mis dedos se hundieron en ella sin pedir permiso.
«Joder, Valentina», gimió Lucía, y empezó a moverse contra mi mano con un ritmo salvaje. Su coño estaba ardiendo y cada vez que curvaba los dedos dentro de ella, sus paredes se apretaban alrededor como queriendo retenerme. Diego jadeaba por el altavoz.
«Se está tocando», le susurré a Lucía, señalando el teléfono con la barbilla. Ella sonrió con malicia y se puso a cuatro patas sobre la cama, ofreciéndome su culo redondo y su coño brillante. «Chúpamela», me ordenó. «Que Diego escuche cómo me comes».
Hundí la cara entre sus piernas y la saboreé. Estaba salada y dulce a la vez, y su sabor me volvió loca. Lamí su clítoris con la punta de la lengua, despacio al principio, y después con más fuerza, metiendo la lengua dentro de ella mientras mis dedos seguían trabajando. Sus muslos temblaban contra mis mejillas.
«¡Sí, así, no pares, por favor no pares!», gritó Lucía, olvidándose por completo de los vecinos, de la hora, de todo. Su cuerpo se tensó como un arco y entonces se corrió en mi boca con un chorro de placer que tragué sin pensar, mientras Diego gemía su nombre por el teléfono como un animal.
Cuando levanté la cara, Lucía me miró con los ojos brillantes y me limpió la barbilla con el pulgar. «Ven aquí», dijo, cogiéndome por la nuca y besándome para probar su propio sabor en mis labios. Después cogió el móvil y habló con voz firme. «Diego, deja de hacerte pajas. Coge un taxi y ven. Ahora».
Él no discutió. «Diez minutos», dijo, y colgó. «¿Tienes miedo?», me preguntó Lucía, tumbándose a mi lado. Negué con la cabeza, aunque el corazón me iba a mil. «Bien», dijo, «porque lo mejor está por llegar».
Esos diez minutos fueron una tortura deliciosa. Lucía no me dejó vestirme. Me mantuvo desnuda contra ella, besándome el cuello, pellizcándome los pezones cada vez que intentaba relajarme, susurrándome al oído todo lo que Diego nos iba a hacer. «Te va a comer hasta que grites», me prometió, «y después nos va a follar a las dos».
Cuando sonó el timbre, las dos dimos un respingo y nos miramos riendo. Lucía se puso la camiseta a toda prisa y fue a abrir, dejándome desnuda en la cama. Escuché una risa grave de hombre en el pasillo y después pasos que se acercaban.
Diego apareció en el marco de la puerta y se me cortó la respiración. Tenía treinta años, el pelo revuelto, una camiseta negra pegada a un torso que se adivinaba trabajado y unos ojos oscuros que me recorrieron entera sin disimulo. «Así que tú eres la espía», dijo con una sonrisa torcida. «Me gusta cómo suenas cuando te corres».
Se acercó a la cama sin prisa, se quitó la camiseta y el pantalón, y se quedó desnudo delante de mí. Su polla estaba dura, gruesa, goteando ya por la punta. Lucía se arrodilló a su lado y la tomó en la boca de un solo movimiento, tragándosela hasta la garganta mientras me miraba fijamente.
Diego me hizo un gesto con la mano. «Ven», dijo simplemente. Me arrastré hasta el borde de la cama y él me agarró del pelo con suavidad y firmeza, guiando mi boca hacia su polla junto a la de Lucía. Las dos la lamimos a turnos, nuestras lenguas encontrándose en su piel caliente, mientras él gemía y nos sujetaba la cabeza.
«Joder, esto es mejor que por teléfono», gruñó Diego, y nos tumbó a las dos boca arriba, una al lado de la otra. Se colocó entre mis piernas primero, me abrió con las manos y me miró a los ojos. «¿Quieres que te folle, Valentina? Dilo». «Sí», susurré. «Fóllame».
Entró en mí de una embestida lenta y profunda que me arrancó un grito. Me llenó por completo, estirándome, y empezó a moverse con un ritmo brutal que hizo temblar el somier. Lucía se tumbó a mi lado y me besó mientras él me follaba, su mano bajando para frotar mi clítoris al ritmo de sus embestidas.
El placer era demasiado, por todas partes a la vez. La polla de Diego golpeando dentro de mí, los dedos de Lucía en mi clítoris, su lengua en mi boca. «Me voy a correr», advertí con la voz rota. «Córrete», ordenaron los dos al unísono, y exploté, contrayéndome alrededor de Diego con una fuerza que le arrancó un rugido.
Él salió de mí, brillante de mis fluidos, y se giró hacia Lucía, que ya estaba a cuatro patas, ofreciéndose. La penetró por detrás de un golpe seco y empezó a follarla con una violencia contenida que hacía chocar su cuerpo contra el mío. Yo me quedé mirando, jadeando, con la mano entre mis piernas sin poder parar.
«Tócate», me ordenó Diego sin dejar de embestir a Lucía. «Quiero verte correrte otra vez mientras la follo». Obedecí, frotándome con dos dedos mientras miraba cómo su polla entraba y salía del coño de Lucía, cómo ella gritaba su nombre, cómo el sudor les resbalaba por la espalda.
Lucía se corrió con un alarido que debió de despertar a medio Madrid, su cuerpo convulsionando bajo Diego. Él aguantó unas embestidas más, salió de ella y se vino sobre su espalda y su culo en chorros calientes y espesos, gimiendo mi nombre y el suyo mezclados. El silencio que siguió solo lo rompía nuestra respiración.
Nos quedamos los tres enredados en mi cama pequeña, pegajosos, exhaustos, riendo bajito. Diego me pasó un brazo por encima y me atrajo hacia su pecho. Lucía apoyó la cabeza en mi hombro y susurró, con la voz ronca y feliz: «¿Ves? Al final los tabiques finos también sirven para algo».
Me desperté con la luz gris de la mañana colándose entre las persianas y el peso tibio del brazo de Diego sobre mi cintura. Lucía roncaba bajito a mi otro lado, con el pelo revuelto pegado a la mejilla. Por un segundo pensé que lo había soñado todo.
Entonces escuché el agua de la ducha y una risa ahogada que venía del baño. Me levanté desnuda, con las piernas todavía doloridas de la noche anterior, y crucé el pasillo de puntillas. La puerta del baño estaba entreabierta y el vapor salía en oleadas.
Diego estaba bajo el chorro caliente, con el agua resbalándole por el pecho, y Lucía arrodillada delante de él, tomándosela en la boca con una entrega que me dejó sin aliento. Me miraron al mismo tiempo y Lucía me hizo un gesto con la mano, sin soltarlo. «Entra», dijo con la boca llena.
No me lo pensé dos veces. El agua caliente me golpeó la espalda mientras Diego me atraía hacia él y me besaba con ansia, su lengua buscando la mía. Lucía siguió trabajando abajo, lamiendo, chupando, hasta que él la apartó con suavidad. «Ahora ella», dijo, y me giró contra los azulejos.
El frío de la cerámica contra mis pechos me hizo gritar, pero el grito se convirtió en gemido cuando Diego me penetró por detrás de una sola embestida. El agua caía sobre nosotros mientras él me follaba con un ritmo profundo y constante, y Lucía se puso delante de mí, ofreciéndome su coño a la altura de mi boca.
La lamí mientras Diego me embestía, el agua mezclándose con nuestros sabores, sus gemidos mezclándose con los míos. «Más fuerte», le pedí a Diego, y él obedeció, agarrándome de las caderas con fuerza, golpeando dentro de mí hasta que sentí que las piernas me fallaban.
Nos corrimos casi a la vez, los tres, con un grito que el agua no pudo ahogar del todo. Diego se derramó dentro de mí en oleadas calientes mientras Lucía se estremecía contra mi lengua. Nos quedamos abrazados bajo el agua hasta que se enfrió, riendo como locos.
«Valentina», dijo Lucía entonces, seria por primera vez en toda la mañana, «tenemos que hablar de los turnos de la ducha». Y los tres estallamos en carcajadas que debieron de escucharse en todo el rellano.
Readers who enjoyed “Relatos Eróticos para Leer: La Conversación Escuchada” also read
8 curated storiesRelatos Porno Caseros: Follando a mi Esposa Toda la Noche en Casa
Relatos porno caseros: una noche en Madrid, un vecino que llama a la puerta y una idea traviesa que cambia la noche de Carlos y Elena para siempre.
Relatos Eróticos de la Nuera: Parte 2
El móvil vibra sobre la mesa de la cocina delante de Teresa: es Bruno. «¿A la misma hora de siempre?». Parte 2 y final de los relatos eróticos de la nuera: la última tarde de riesgo, el regreso de Álvaro y una María transformada.
Historias Eróticas Cortas: El Electricista de Lavapiés
Una de esas historias eróticas cortas que se leen de un tirón: Marta, divorciada, llama a un electricista por el horno y la tarde se calienta más que la resistencia.
Cuentos Porno: Marta Abre las Piernas para la Polla Dura de Diego en Barcelona
Cuentos Porno: En una librería de Barcelona, el olor a papel viejo y café esconde la tarde más inolvidable de Marta.
Relatos eróticos de lesbianas: la vecina del balcón de abajo
Uno de estos relatos eróticos de lesbianas ocurre en Madrid: las macetas de Elena inundan el balcón de Marta y la visita para disculparse enciende un deseo imparable.
Nuevos Relatos Eróticos: La Vecina del Ático
Un sujetador rojo vuela hasta la terraza de Pablo, el nuevo vecino del tercero. Elena, la vecina del ático, lo invita a una copa de vino, y la noche de agosto se convierte en uno de sus nuevos relatos eróticos más calientes.
Relatos Eróticos Apasionados: Noche Andaluza
Una madrileña llega a una finca andaluza para cuidarla dos semanas y encuentra al dueño aún en casa: así empieza uno de esos relatos eróticos apasionados que no se olvidan.
Historias Calientes Gratis: La Librera de Valencia
En una librería pequeña de Valencia, Marta vende libros de día y sueña de noche, hasta que Diego, un cocinero con las manos manchadas de harina, entra buscando recetas antiguas, en estas historias calientes gratis de dos personas que se encuentran tarde pero a tiempo.