Relatos eróticos para mujeres: el recuerdo de Valencia
Estos Relatos eróticos para mujeres suelen empezar con un encuentro. El mío empezó con un tren, un ritmo en los raíles y un recuerdo que llevaba diez años dormido.
Me llamo Carmen, tengo treinta y seis años y soy arquitecta en Madrid. Estaba en el AVE rumbo a Valencia, a un congreso de tres días. Mi marido se había quedado en casa con los niños. Yo llevaba un libro que no conseguía leer, porque el traqueteo del tren me arrastraba a otra parte.
Tenía veintiséis años la última vez que fui a Valencia. Fue un fin de semana de septiembre, caluroso y dorado. Había ido sola, sin plan, huyendo de un trabajo que me asfixiaba. Y en un chiringuito de la Malvarrosa conocí a Andrés.
Tenía treinta años, cámara al cuello, sonrisa torcida. Era fotógrafo y estaba haciendo un reportaje sobre la luz del Mediterráneo. Me dijo: tienes la luz de aquí en la cara. Me reí. Me invitó a una horchata. Acepté.
Hablamos hasta que el sol se puso. Me enseñó sus fotos en la pantalla de la cámara: pescadores al amanecer, niños en la orilla, una anciana vendiendo flores. Todo tenía una calidez que me atravesó. Le dije: miras el mundo como si lo amaras. Él dijo: solo miro lo que me enciende.
Le pregunté qué lo encendía, además de la luz. Me miró fijamente y dijo: las mujeres que no tienen miedo. Las que viajan solas, las que piden lo que quieren. Noté que me observaba los labios mientras hablaba, y un escalofrío me recorrió la espalda.
El camarero trajo la cuenta y Andrés la pagó antes de que yo pudiera protestar. Me dijo: déjame invitarte a cenar también. Tengo la sensación de que esta noche va a ser importante. Yo me reí, nerviosa, y dije: ¿importante cómo. Él se limitó a sonreír con esa sonrisa torcida que ya me estaba volviendo loca.
Cenamos en una terraza. El vino tinto me soltó la lengua. Le conté que había roto con mi novio hacía un mes, que me sentía vacía, que había venido a Valencia a recordar cómo se sentía estar viva. Él me miró por encima de su copa y dijo: puedo ayudarte con eso.
No fue una frase vulgar. Fue una promesa dicha en voz baja, con los ojos fijos en los míos. Sentí un calor que me subió desde el vientre hasta las mejillas. Le dije: ¿y cómo piensas hacerlo. Él sonrió y dijo: esta noche, en la playa, lo descubrirás.
Fuimos andando hasta la orilla. Era casi medianoche y la playa estaba desierta. La luna dibujaba un camino de plata sobre el agua. Me quitó las sandalias con una delicadeza que me desarmó. Luego me besó.
Su boca sabía a vino y a sal. Sus manos me recorrieron la espalda por encima del vestido. Yo me apreté contra él y sentí su erección contra mi vientre. Le susurré: Andrés, aquí nos puede ver alguien. Él dijo: que miren. Esta noche eres mía.
Extendió su chaqueta sobre la arena. Me tumbé y él se colocó sobre mí. Me subió el vestido lentamente, besando cada centímetro de piel que descubría: los tobillos, las rodillas, la cara interna de los muslos. Yo temblaba.
Me quitó las bragas con los dientes. Sentí su aliento caliente en mi sexo y arqueé la espalda. Su lengua me encontró y me lamió despacio, con una paciencia deliciosa. Mis manos se hundieron en su pelo.
Me corrió un escalofrío por todo el cuerpo. Gemí su nombre contra el rumor de las olas. Él me chupó el clítoris con suavidad y metió dos dedos dentro de mí. Estaba empapada, ardiendo.
Llegué al orgasmo con un grito ahogado, agarrándome a sus hombros. Las estrellas daban vueltas sobre nosotros. Él me miró y dijo: eres preciosa cuando te dejas ir. Yo apenas podía respirar.
Se quitó la camisa. Su torso era fuerte, moreno por el sol. Se bajó los pantalones y su miembro apareció, grueso y duro. Me lo puso en la mano y yo lo acaricié, sintiendo su calor, su pulso.
Me lo llevé a la boca. Lo lamí despacio, rodeando la punta con la lengua, y luego me lo metí hasta donde pude. Él gimió y me agarró del pelo. Me dijo: Carmen, me vuelves loco.
Lo chupé con ganas, moviendo la cabeza, usando la mano en la base. Él jadeaba cada vez más fuerte. Cuando noté que estaba a punto, se apartó. Dijo: no, quiero estar dentro de ti.
Se colocó entre mis piernas y me penetró de una embestida profunda. Grité de placer. Me llenaba por completo. Empezó a moverse con un ritmo lento y hondo que me enloquecía.
Me agarró las caderas y me embistió con más fuerza. La arena se nos pegaba a la piel sudada. Yo le clavé las uñas en la espalda. Le dije: más fuerte, Andrés, no pares.
Me dio la vuelta y me puso a cuatro patas. Me penetró desde atrás, agarrándome del pelo. Con la otra mano me acariciaba el clítoris. El placer me atravesaba en oleadas.
Llegamos juntos al clímax, con un grito que se perdió entre las olas. Nos quedamos abrazados sobre la chaqueta, respirando el aire salado, mirando las estrellas.
Después de un rato, él se incorporó y me miró con una intensidad nueva. Me dijo: todavía no hemos terminado. Me dio la vuelta con suavidad y me colocó sentada sobre él, de espaldas a su pecho.
Me penetró desde abajo mientras yo me movía sobre él. Sus manos me recorrían los pechos, me pellizcaban los pezones con delicadeza. Yo gemía mirando la luna sobre el mar, sintiéndome la mujer más libre del mundo.
Él me susurró al oído cosas que me encendieron aún más, palabras atrevidas que nunca me habían dicho. Aceleré el ritmo hasta que los dos llegamos otra vez, abrazados, temblando, riendo bajito como dos cómplices.
Él dijo: quédate el fin de semana conmigo. Yo dije: sí.
El sábado lo pasamos en su estudio, un ático luminoso cerca del Carmen. Desayunamos en la cama entre sábanas revueltas, y después me llevó a la ducha. El agua caliente caía sobre nosotros mientras me apoyaba contra los azulejos.
Me levantó una pierna y me penetró de pie, con el agua resbalando por nuestros cuerpos. Sus manos me sujetaban las caderas. Yo me agarraba a su cuello, gimiendo contra su hombro. El vapor nos envolvía.
Después, envueltos en toallas, tomamos café en el suelo lleno de cojines. Él me miraba de una forma que me hacía sentir deseada hasta los huesos. Me quitó la toalla despacio y me tumbó entre los cojines.
Me hizo el amor con una lentitud exquisita, besando cada parte de mí, deteniéndose cuando yo estaba a punto para prolongar el placer. Yo le suplicaba, y él sonreía y seguía, hasta que por fin me dejó llegar, y el orgasmo me sacudió entera.
Por la tarde me fotografió desnuda junto a la ventana, con la luz dorada en la piel. Me dijo: quédate quieta, respira. El obturador sonaba suave. Me sentí hermosa, poderosa, viva. Todavía guardo esa foto en una caja, en el fondo de un cajón.
Por la noche cenamos en el ático, pedimos paella a domicilio y la comimos en la cama. Hicimos el amor una vez más, despacio, casi dormidos, con una ternura que me dolía. Yo sabía que el fin de semana se acababa, y cada caricia me sabía a despedida.
El domingo por la mañana me acompañó a la estación. Me besó en el andén y me dijo: esto no se olvida, Carmen. Yo subí al tren llorando y riendo a la vez. Nunca volví a verlo. La vida siguió: conocí a mi marido, nacieron los niños, el estudio de arquitectura.
El tren redujo la velocidad. Valencia Joaquín Sorolla. Volví al presente con el corazón desbocado. Habían pasado diez años. Yo era otra mujer, o eso creía.
Mi matrimonio era bueno, no me malinterpreten. Mi marido era un hombre decente, un buen padre. Pero hacía años que nadie me miraba como me miró Andrés aquella noche. Hacía años que no sentía ese fuego en el vientre con solo una mirada.
Cerré el libro sin haber leído ni una página. Me pregunté qué habría sido de él. Si seguiría fotografiando la luz del Mediterráneo. Si alguna vez pensaba en la chica del chiringuito. Me toqué el anillo de casada y sentí una punzada de culpa, y debajo de la culpa, una chispa de algo que creía muerto.
Recogí mi maleta y bajé al andén. La estación bullía de gente. Y entonces lo vi. Un hombre con una cámara al cuello, el pelo con canas, la misma sonrisa torcida. El tiempo se detuvo.
Él me miró. Parpadeó. Dio un paso hacia mí entre la multitud. Dijo: ¿Carmen. No era una pregunta. Era un reconocimiento. Mi maleta se me escurrió de la mano.
El ruido de la estación se apagó. Solo existíamos él y yo, y diez años de distancia que de pronto no significaban nada. Mi corazón golpeaba tan fuerte que temí que lo oyera. Di un paso hacia él. Luego otro. Y el pasado me abrió los brazos.
Nos quedamos mirándonos en medio del andén, con la gente pasando a nuestro alrededor como un río.
Andrés dejó su cámara sobre una papelera y me abrazó. Olía igual: a sal, a revelador, a tabaco rubio. Me susurró al oído: diez años, Carmen. Diez años preguntándome dónde estarías. Yo no podía hablar. Solo me agarré a su camisa.
Me dijo: tengo el estudio a diez minutos. Ven. No lo pensé. Cogí mi maleta y lo seguí. El congreso, el hotel, todo podía esperar una hora. O toda la noche.
El ático seguía igual: luz dorada, cojines en el suelo, el olor a café y a papel fotográfico. Cerró la puerta y me apoyó contra ella. Me besó como aquella noche en la playa, con la misma hambre intacta.
Sus manos me desabrocharon la blusa sin prisa, recordando cada botón. Me quitó el sujetador y me miró como entonces, como si la luz de Valencia siguiera en mi cara. Me dijo: sigues siendo la mujer más hermosa que he fotografiado.
Me llevó al sofá de los cojines. Me desnudó por completo y se arrodilló ante mí. Me besó los muslos, el vientre, y luego su boca encontró mi sexo. Diez años después, su lengua recordaba exactamente dónde.
Me corrí agarrándome a los cojines, mordiéndome el labio para no gritar. Él subió por mi cuerpo besándome y me penetró despacio, mirándome a los ojos. Cada embestida era un reencuentro.
Hicimos el amor hasta que la luz de la tarde se volvió naranja. Después me fotografió otra vez junto a la ventana, desnuda, diez años mayor, diez años más mujer. Me dijo: esta la pondré junto a la otra. Yo sonreí y pensé: algunos recuerdos no se miran, se vuelven a vivir.
Esa noche no fui al hotel del congreso. Llamé y dije que estaba enferma. Nadie me creyó, ni siquiera yo. Pero no me importó.
Andrés y yo cenamos en el ático, hablamos de diez años de vidas separadas, y después hicimos el amor una tercera vez, lenta, con la ventana abierta y el rumor de la ciudad abajo. Me dormí en su pecho escuchando su corazón, y por primera vez en años no soñé con nada. No lo necesitaba. Estaba viviendo el sueño.
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