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Relatos Sexuales Encontrados: El Paquete de Marcos

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«¿Compra usted libros viejos?» La voz llegó antes que el hombre, grave y un poco ronca, mezclada con el tintineo de la campanilla de la puerta. Levanté la vista del mostrador y lo vi allí, empapado por la lluvia de octubre, abrazando una caja de cartón que goteaba sobre el suelo de madera de mi librería. Dentro de aquella caja, entre novelas polvorientas y un diccionario roto, había un sobre amarillento lleno de relatos sexuales escritos a mano que iban a cambiarme la vida.

Me llamo Carmen, tengo treinta y seis años y desde mi divorcio hace dos dirijo El Rincón Perdido, una librería de segunda mano en el barrio de Gràcia, en Barcelona. Los martes por la mañana apenas entra nadie, y aquel martes llovía con una rabia que hacía temblar los cristales del escaparate.

«Depende», contesté, secándome las manos en el delantal. «¿Qué trae?»

Dejó la caja sobre el mostrador con un golpe sordo. Era alto, de unos cuarenta años, con las manos ásperas de quien trabaja con ellas y una cicatriz fina en la ceja izquierda. «Soy Marcos. Eran de mi tío. Murió en agosto y la familia quiere vaciar el piso. Hay primeras ediciones, creo. No entiendo mucho de libros.»

Revolví la caja con cuidado profesional. Un Cela con la sobrecubierta rota, dos volúmenes de poesía de Miguel Hernández, un atlas con las páginas pegadas por la humedad. Y entre las páginas de un poemario fino, un sobre grueso, amarillento, cerrado con un lacre rojo ya cuarteado. En el anverso, una caligrafía femenina y temblorosa: «Para que me recuerdes como fui».

«¿Cuánto quiere por todo?», pregunté, pero mis dedos ya rozaban el sobre.

«Lo que usted diga. Solo quiero que no acaben en un contenedor.» Me miró de un modo directo que me puso nerviosa. «Mi tío los quería mucho. Decía que los libros son las únicas amantes fieles.»

Le pagué cuarenta euros y se fue dejando un rastro de agua hasta la puerta. La campanilla volvió a sonar y me quedé sola con la lluvia y el sobre.

Lo abrí con un cortapapeles, despacio, como si pudiera romperse el hechizo. Dentro había una docena de folios doblados, cubiertos por aquella misma letra femenina, apretada y urgente. Empecé a leer de pie, junto al mostrador, y a la tercera página tuve que sentarme porque las piernas me temblaban.

Eran cartas. Cartas eróticas escritas por una mujer a su amante, con un detalle que me dejó sin aliento. Describía cómo él la tomaba contra la pared del cuarto oscuro de una fotografía, con la bata aún puesta, cómo le mordía el cuello mientras le subía la falda con manos impacientes. Hablaba de su polla dura como una barra de hierro caliente, de cómo la metía en su coño mojado hasta que ella gritaba su nombre con la boca tapada por la almohada para que los vecinos no oyeran. Cada carta terminaba igual: «T.»

Leí las doce cartas dos veces. Fuera, la lluvia seguía cayendo. Dentro de mí, algo que llevaba dormido dos años desde el divorcio se había despertado de golpe, rabioso y hambriento. Me toqué por encima de la falda, allí mismo, entre las estanterías, y me sorprendí gimiendo bajito con la carta aún en la mano.

Aquella noche no pude dormir. Leí las cartas una tercera vez en la cama, con la lámpara de la mesilla encendida, y esta vez no me contuve. Me deslicé la mano dentro de las bragas y me masturbé pensando en la mujer de las cartas, en su amante de manos impacientes, en una polla dura entrando en mí una y otra vez hasta correrme con un gemido ahogado contra la almohada.

Al día siguiente Marcos volvió. Traía otra caja, más pequeña.

«¿Encontró algo interesante?», preguntó, dejando la caja en el suelo. Sus ojos fueron directos al sobre, que yo había dejado sobre el mostrador sin pensar.

Sentí que me ardía la cara. «Unas cartas. Personales.»

«¿Las leyó?» No había reproche en su voz, solo una curiosidad intensa que me erizó la piel.

«No debería haberlo hecho», mentí a medias.

Se acercó al mostrador. Olía a madera y a lluvia. «Mi tío guardaba ese sobre como un tesoro. Nunca se casó. En su mesilla había una sola foto, una mujer joven en una playa que nadie de la familia supo identificar.» Hizo una pausa. «¿Eran bonitas, las cartas?»

«Eran...» Busqué la palabra. «Muy vívidas.»

Sonrió, y aquella sonrisa me atravesó. «La mujer que las escribió sabía lo que quería. Eso se nota.»

Pasé el resto del día distraída, atendiéndo a los pocos clientes con la cabeza en otra parte. Cada vez que sonaba la campanilla esperaba verlo entrar de nuevo. No vino. Cerré a las ocho, subí al piso de arriba donde vivo, me duché con agua muy caliente y me acosté con las cartas.

El jueves llovía todavía más. A las doce, la campanilla. Marcos, sin caja esta vez, con una bolsa de papel de una pastelería.

«He traído ensaimadas», dijo, como si fuera lo más natural del mundo. «Para compensar el interrogatorio de ayer.»

Nos sentamos en la trastienda, entre pilas de libros sin clasificar, y compartimos las ensaimadas con un café que preparé en la cafetera vieja. Hablamos de su tío, de mi librería, de su trabajo. Era carpintero, restauraba muebles antiguos en un taller del Poblenou. Sus manos, al gesticular, parecían capaces de romper y de acariciar con la misma facilidad.

«¿Puedo hacerle una pregunta?», dijo de pronto, mirándome fijamente.

«Diga.»

«Cuando leyó las cartas... ¿qué sintió?»

El café me supo de repente a fuego. «Eso es muy personal, Marcos.»

«Lo sé. Perdóneme.» Pero no apartó la mirada. «Es que desde ayer no dejo de pensar en esa mujer. En cómo escribía. "Me abriste las piernas con las rodillas y entraste en mí de un golpe, y yo me corrí gritando tu nombre contra la almohada".»

Me quedé helada. «¿Cómo sabe usted eso? ¿Las ha leído?»

«Mi tío me las leía de niño», dijo, y su voz se había vuelto más grave. «No entendía nada entonces. Las recuerdo de memoria, fragmentos. Esa frase se me quedó grabada.» Se inclinó hacia mí. «Carmen, ¿le excitaron?»

Debería haberme ofendido. Debería haberle pedido que se fuera. En lugar de eso, sentí un calor líquido extenderse entre mis muslos.

«Sí», susurré.

Se levantó, rodeó la mesita y se arrodilló frente a mi silla. Sus manos ásperas se posaron en mis rodillas, por encima de la falda, y el contacto me hizo jadear.

«Dígame que pare y paro», dijo.

No dije nada. Sus manos subieron por mis muslos, apartando la falda con una lentitud deliberada que me estaba volviendo loca. Cuando sus dedos rozaron el borde de mis bragas, ya empapadas, solté un gemido que no pude contener.

«Estás mojadísima», murmuró, y el tuteo me encendió aún más.

Me apartó las bragas a un lado y me acarició el coño con dos dedos, despacio, en círculos sobre el clítoris. Arqueé la espalda en la silla, agarrándome a sus hombros. «Marcos, por favor...»

«¿Por favor qué?» Sus dedos se hundieron en mí, primero uno, luego dos, mientras su pulgar seguía torturando mi clítoris. «Dilo. Como la mujer de las cartas. Dilo sin vergüenza.»

«Fóllame», gemí. «Por favor, fóllame.»

Se puso de pie y se desabrochó el pantalón con gestos rápidos. Su polla salió dura, gruesa, palpitante, y se me hizo la boca agua. Me la puso en los labios y la chupé con desesperación, con las manos agarrándole las nalgas, sintiendo su sabor salado en la lengua. Él gimió, me agarró del pelo y me la metió más hondo, hasta que me dieron arcadas dulces.

Entonces me levantó de la silla, me dio la vuelta y me inclinó sobre la mesa de la trastienda, apartando libros a manotazos. Me subió la falda hasta la cintura, me bajó las bragas de un tirón y sentí su polla en la entrada de mi coño, caliente y enorme.

«¿Así?», preguntó, rozándome apenas. «¿Como en la carta? ¿Contra la pared del cuarto oscuro?»

«Sí, sí, métela, métela ya...»

Entró en mí de un golpe, hasta el fondo, y grité. Me agarró de las caderas y empezó a follarme con embestidas profundas y brutales que hacían temblar la mesa y tirar libros al suelo. Cada golpe me llegaba al fondo del vientre y yo me corrí a los dos minutos, gritando su nombre con la cara aplastada contra un montón de novelas.

Él no paró. Me dio la vuelta, me sentó en el borde de la mesa, me abrió las piernas y volvió a entrar en mí mirándome a los ojos. «Mírame cuando te corres», ordenó, y yo obedecí, y me corrí otra vez mirando aquellos ojos oscuros, sintiendo su polla hincharse dentro de mí hasta que él se corrió con un rugido, derramándose dentro de mí en oleadas calientes.

Nos quedamos así, jadeando, con la lluvia golpeando el tragaluz de la trastienda. Entonces, entre jadeos, me dijo algo que me dejó sin respiración.

«Las cartas», dijo. «No eran de ninguna mujer. Las escribí yo.»

Lo miré sin entender. «¿Qué?»

«Hace quince años. Para una mujer que amé y que se fue. Las escribía y se las daba, y ella...» Tragó saliva. «Ella murió hace tres años. Mi tío las guardaba porque yo se las dejé a él cuando me fui de Barcelona huyendo del dolor.» Me acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con la brutalidad de minutos antes. «Cuando te vi leerlas ayer, con esa cara... supe que tenía que volver.»

Lo besé entonces, despacio, con una dulzura que me sorprendió a mí misma. Y cuando nos separamos, le dije: «Pues escríbeme una a mí. Pero esta vez, que el final sea distinto.»

Sonrió contra mis labios. «El final ya es distinto, Carmen. Esta vez me quedo.»

Fuera seguía lloviendo, pero en la trastienda de El Rincón Perdido, entre libros caídos y el olor a café frío, yo había encontrado algo que ningún relato, por vívido que fuera, podría darme: un hombre de verdad, con las manos ásperas y el corazón roto, dispuesto a empezar de nuevo. Y mientras me vestía, supe que aquella noche, en mi cama, íbamos a escribir juntos el primer capítulo.

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