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Relatos Eróticos de Amor: Reencuentro en Sevilla

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"Baila conmigo como antes, aunque sea una última vez." La voz de Martín le llegó por la espalda en mitad del banquete, y a Sofía se le cayó la copa de vino tinto sobre el mantel blanco. Estos relatos eróticos de amor siempre empiezan con un reencuentro imposible, y el suyo empezó aquella noche de septiembre en Sevilla, entre el olor a azahar y una orquesta que tocaba demasiado alto.

Diez años. Diez años sin ver a Martín, su primer amor de la universidad, el chico que le había enseñado lo que era desear a alguien hasta doler. Ahora ella tenía treinta y cuatro años, un marido aburrido en Madrid que prefería el fútbol a su cuerpo, y una prima que se casaba en el hotel más bonito de Sevilla. Y allí estaba él, con el traje azul marino y la misma sonrisa torcida que la había vuelto loca a los veinte.

"Martín," susurró ella, sin poder moverse. "Sofía," respondió él, y le tendió la mano. "Una pieza. Por los viejos tiempos." La orquesta empezó un vals lento. Sofía miró a su alrededor buscando a su marido, pero Carlos estaba en la barra, discutiendo de penaltis con el padrino. Nadie la miraba. Tomó la mano de Martín.

El cuerpo recordó antes que la mente. Su mano en su cintura, la suya en su hombro, el paso exacto que habían practicado cien veces en el piso de estudiantes de Malasaña. "Sigues oliendo igual," murmuró Martín cerca de su oído. "A jazmín y a peligro." Sofía rió, nerviosa, y sintió que las mejillas le ardían. "Y tú sigues diciendo tonterías igual."

Bailaron tres piezas seguidas sin darse cuenta. Cuando la música se animó, Martín la llevó a la terraza, donde las buganvillas colgaban sobre la barandilla y se veía la Giralda iluminada a lo lejos. "¿Eres feliz?" preguntó él de golpe. Sofía tardó en responder. "Tengo una buena vida," dijo al fin. "No te he preguntado eso." Ella lo miró, y en sus ojos vio la misma pregunta que se hacía cada noche en Madrid.

"No," admitió en voz baja. "No lo soy." Martín se acercó un paso. El aire olía a flores y a vino. "¿Te acuerdas de la azotea de Malasaña?" preguntó. "¿Cómo olvidarlo? La primera vez que..." No terminó la frase. No hacía falta. Los dos recordaban aquella noche de junio, el colchón viejo, las estrellas, sus manos temblorosas.

"Sofía." Su nombre en su boca sonaba como una caricia. Martín le apartó un mechón de la cara y sus dedos se quedaron un segundo de más en su mejilla. Ella cerró los ojos. Cuando los abrió, él estaba tan cerca que podía contar sus pestañas. "Esto está mal," susurró ella. "Lo sé," dijo él. Y la besó.

El beso fue como volver a casa después de un viaje larguísimo. Sus labios encajaron con una perfección que diez años no habían borrado. Sofía sintió que las piernas le temblaban y se agarró a su chaqueta. Martín la apretó contra la barandilla, su cuerpo duro contra el suyo, y ella notó su deseo presionando contra su vientre a través del vestido.

"Aquí no," jadeó ella, separándose con esfuerzo. "Mi prima, mi marido..." "Mi habitación," dijo Martín. "Planta tercera, 312. Sube en diez minutos. Si no vienes, lo entenderé." Le puso la tarjeta en la mano, le rozó los labios una última vez y desapareció dentro del salón como si nada hubiera pasado.

Sofía se quedó en la terraza con el corazón desbocado. Miró la tarjeta. Miró el salón, donde Carlos reía con una copa en la mano, ajeno a todo. Pensó en sus noches en Madrid, en la espalda de su marido vuelta hacia ella, en los años de deseo guardado en un cajón. Guardó la tarjeta en el bolso y volvió a la fiesta.

Diez minutos después subía en el ascensor con las manos temblorosas. Llamó a la 312 con los nudillos. La puerta se abrió al instante. Martín la metió dentro de un tirón y cerró con el pestillo. Se miraron un segundo eterno. Luego se lanzaron el uno sobre el otro como si el mundo se fuera a acabar.

Los besos eran urgentes, hambrientos. Martín le bajó la cremallera del vestido con manos expertas que recordaban cada curva. El vestido cayó al suelo y Sofía se quedó en ropa interior negra, la que se había puesto sin saber por qué aquella mañana. "Te has puesto esto por mí," dijo Martín con voz ronca. "Ni yo lo sabía," admitió ella.

Él la levantó en brazos y la llevó a la cama. La tumbó con delicadeza, como algo precioso, y luego la miró de arriba abajo con un deseo que la hizo estremecerse. "Eres aún más hermosa," dijo. Le quitó el sujetador con la boca, liberando sus pechos, y los tomó uno a uno, lamiendo, succionando, mientras sus manos recorrían su cintura, sus caderas.

Sofía arqueó la espalda y gimió. Sus pezones se endurecieron bajo su lengua. Martín bajó por su vientre dejando un rastro de besos húmedos, le quitó las bragas con los dientes y se quedó mirando su sexo, húmedo y abierto para él. "Martín, por favor," suplicó ella. Él sonrió contra su muslo. "Paciencia, mi amor. Tenemos diez años que recuperar."

Su lengua la recorrió despacio, dibujando círculos, entrando apenas, saliendo para volver a entrar. Sofía se agarró a las sábanas y movió las caderas buscando más. Martín la sujetó por los muslos y se concentró en su clítoris, lamiendo con ritmo creciente hasta que ella empezó a temblar. "Ya, ya viene," gritó ella, y el orgasmo la atravesó como una ola, dejándola jadeante y temblorosa.

Martín se desnudó deprisa. Su cuerpo había cambiado, más ancho, más hombre, y su miembro estaba duro y ansioso. Sofía lo tomó en su mano, lo acarició, y luego se lo llevó a la boca. Lo saboreó despacio, con la lengua rodeando la punta, entrando y saliendo, mientras él le acariciaba el pelo y gemía su nombre. "Sofía, vas a matarme."

Ella se tumbó de espaldas y abrió las piernas para él. Martín se colocó entre ellas y la penetró de una embestida lenta y profunda. Los dos gimieron al unísono. Era como si sus cuerpos se hubieran estado esperando todos estos años. Él empezó a moverse, primero despacio, saboreando cada centímetro, luego más rápido, más hondo.

"Mírame," ordenó Martín. Sofía abrió los ojos. Ver su cara de placer, tan familiar y tan nueva, la volvió loca. Le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo más adentro. Sus pechos se aplastaban contra su torso con cada embestida. El cabecero golpeaba la pared con ritmo, y a ninguno de los dos le importó quién lo oyera.

Martín la giró sin salir de ella. Ahora ella estaba encima, cabalgándolo, tomando el control. Sofía se movió arriba y abajo, en círculos, buscando el ángulo exacto, mientras él le acariciaba los pechos y le pellizcaba suavemente los pezones. "Así, mi amor, así," jadeaba él. Ella aceleró, el placer creciendo en oleadas.

El segundo orgasmo fue más intenso que el primero. Sofía gritó su nombre y se dejó caer sobre su pecho, temblando. Martín la abrazó, aún dentro de ella, y la besó en la frente, en los ojos, en los labios. "Quédate así un momento," susurró. Ella asintió, sin fuerzas para hablar, sintiendo su corazón latir contra el suyo.

Antes de girarla, Martín se detuvo y la miró a los ojos con una ternura que la desarmó. Le apartó el pelo sudado de la frente y le besó los párpados, las mejillas, la comisura de los labios, cada beso una promesa silenciosa. Sofía sintió que se le humedecían los ojos, no de tristeza sino de una emoción tan grande que no cabía en su pecho. Nadie la había mirado así en años, como si fuera lo único importante del mundo. "Te he echado de menos cada día," susurró él contra su piel. "Y yo a ti," respondió ella, "sin saber que te echaba de menos."

Cuando recuperó el aliento, Martín la puso de rodillas. La tomó por detrás, entrando en ella con una profundidad nueva que la hizo gritar. Sus manos en sus caderas la guiaban, sus embestidas eran firmes y rítmicas. Sofía se agarró a la almohada y se dejó llevar. Cada golpe la acercaba más al borde.

"Voy a correrme," avisó Martín con voz rota. "Dentro," susurró ella. "Quiero sentirte dentro." Él empujó una última vez, hondo, y se derramó en ella con un gemido largo. Se quedaron quietos, unidos, sudorosos, respirando el mismo aire. Martín se tumbó a su lado sin separarse del todo y la abrazó.

Se quedaron así mucho rato, en silencio, mirando el techo. Afuera se oía la orquesta, lejana, y las risas de la fiesta que seguía sin ellos. "¿Y ahora qué?" preguntó Sofía al fin. Martín le besó el hombro. "Ahora bajas, bailas con tu marido y sonríes. Y mañana me llamas. Porque esto," dijo apretándola contra sí, "esto no ha terminado. Ni hoy, ni nunca."

Sofía se vistió despacio, cada prenda un regreso a su otra vida. En la puerta, Martín la retuvo por la muñeca. "Sofía." Ella se volvió. Él la besó una vez más, despacio, como sellando un pacto. Bajó en el ascensor con las piernas temblorosas y el corazón lleno de algo que no sentía desde los veinte años: la certeza de estar viva. En el salón, Carlos ni siquiera había notado su ausencia. Y ella sonrió, porque por primera vez en años tenía un secreto que era solo suyo.

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