Historias de amor eróticas: Una noche prohibida en Barcelona
El vapor del baño empañaba el espejo, pero Elena lo vio con total claridad. En el reflejo, tras la puerta entreabierta, estaban los ojos de Diego. Llevaba dos semanas viviendo en la habitación de invitados y era la primera vez que la miraba así. Elena siempre había pensado que las historias de amor eróticas eran cosas de novelas baratas, hasta que sintió el peso de aquella mirada sobre su cuerpo desnudo bajo el agua caliente. No se tapó. Sostuvo sus ojos en el espejo y dejó que el agua siguiera cayendo por sus pechos.
Diego apartó la mirada primero. Escuchó sus pasos alejarse por el pasillo y sonrió bajo la ducha. Tenía treinta y cinco años, ocho de casada, y nadie la había mirado así en mucho tiempo. Su marido Marcos la miraba como se mira un mueble bonito que ya no se usa. Diego, en cambio, la miraba como si fuera a incendiarse.
Salió del baño con la toalla enrollada en el cuerpo y el pelo goteando. Diego estaba en la cocina, de espaldas, preparando café. Llevaba una camiseta gris que se le pegaba a los hombros. Tenía treinta y un años, era socio de Marcos en la empresa, y había llegado de Valencia para buscar piso en Barcelona. "¿Café?" preguntó sin girarse. "He visto... bueno, perdona lo de antes. La puerta estaba abierta."
"La puerta estaba abierta," repitió Elena, acercándose. "Y tú no la cerraste." Diego se giró por fin. Sus ojos bajaron un instante a la toalla y volvieron a subir. "No," admitió. "No la cerré." El silencio entre ellos pesó como una mano. El café empezó a hervir y ninguno de los dos se movió para apagarlo.
Aquella noche Marcos llamó desde Bilbao. Otro retraso, otra reunión, otro "no me esperes despierta". Elena colgó y se quedó mirando el teléfono. Diego lo vio todo desde el sofá. "¿Cuántas noches al mes duerme en casa?" preguntó. "Las suficientes para que Hacienda no sospeche," respondió ella, y se sorprendió de su propia amargura. Diego se rio, pero fue una risa corta, sin alegría.
Salieron al balcón con una botella de vino. Barcelona zumbaba abajo, las luces del Eixample parpadeando como un mar eléctrico. Hablaron de Valencia, de su madre, de la empresa. Diego le contó que había dejado a su novia hacía un año porque ella quería hijos y él quería vivir. Elena le contó que hacía tres años que Marcos y ella no se tocaban de verdad. "Tocarse de verdad," dijo Diego despacio, "es otra cosa." Su mano encontró la mejilla de ella.
"Marcos y yo éramos así una vez," dijo Elena, con la voz más pequeña. "Al principio. Luego llegaron los viajes, las reuniones, el piso, y un día me di cuenta de que llevábamos meses sin tocarnos. No peleamos nunca. Es peor. Es como vivir con un compañero de piso educado." Diego la miró largo rato. "Yo no quiero ser tu venganza," dijo. "No lo eres," respondió ella. "Eres lo primero que me apetece en años."
Entraron. En el pasillo, junto a la puerta de su dormitorio, Diego la detuvo con una mano en la cintura y la besó. Fue un beso distinto al que vendría después: contenido, casi casto, una promesa. Elena sintió que las rodillas le temblaban. "Vete a tu habitación," le susurró él. "Si vienes a la mía, no respondo de mí." Ella lo miró, se mordió el labio y asintió.
En el pasillo, la mano de Diego seguía en su cintura, cálida, con olor a café. "Esto es una locura," susurró ella. "Lo sé," dijo él. "Una noche. Nadie lo sabrá." Ella lo miró a los ojos y vio en ellos la misma hambre que sentía en el vientre. "Una noche," repitió. Se levantó y entró en su dormitorio sin mirar atrás. Escuchó que él apuraba su copa de un trago.
No podía dormir. La cama le parecía enorme y fría. Escuchó la ducha de la habitación de invitados abrirse y cerrarse. Imaginó el agua sobre los hombros de Diego, sobre su pecho, más abajo. Se levantó, se puso solo una camiseta fina de Marcos, sin nada debajo, y caminó descalza por el pasillo. La puerta de la habitación de invitados estaba entreabierta. Empujó y entró.
Diego estaba sentado en el borde de la cama, solo con unos bóxers. La miró de arriba abajo y se le cortó la respiración. "¿Estás segura?" Elena no respondió con palabras. Se acercó, se sentó a horcajadas sobre sus piernas y le tomó la cara entre las manos. Lo besó. Fue un beso hambriento, de años de sequía, con lengua y dientes y un gemido que le subió del pecho.
Antes de seguir, Elena se tomó un momento para mirarlo. Recorrió con las manos su pecho, sus abdominales, la línea de vello que bajaba hacia su sexo. "Eres precioso," susurró. Diego se rio, incómodo y halagado a la vez. "Tú eres la que está preciosa." Ella bajó la boca a su cuello, a su pecho, mordisqueando suavemente, aprendiendo su cuerpo como se aprende un mapa nuevo.
Las manos de Diego subieron por sus muslos, bajo la camiseta, hasta encontrar que no llevaba nada debajo. "Joder," murmuró contra su boca. Sus dedos encontraron su coño ya húmedo y dibujaron círculos lentos sobre su clítoris. Elena echó la cabeza atrás y gimió. "Sigue, no pares." Él obedeció, metiendo un dedo dentro de ella mientras el pulgar seguía trabajando fuera. Elena se movió contra su mano, buscando más.
Le quitó la camiseta de un tirón y sus tetas quedaron libres. Diego las tomó una en cada mano, las apretó, y luego bajó la boca a un pezón. Lo chupó con fuerza, jugando con la lengua, mientras sus dedos seguían entrando y saliendo de ella. Elena le agarró del pelo y tiró suavemente. "Más fuerte," pidió. Él mordisqueó el pezón con cuidado y ella gritó bajito.
Elena se arrodilló en el suelo entre sus piernas y le bajó los bóxers. Su polla saltó libre, dura y gruesa, con la punta brillante. La tomó con la mano y la miró. "Es preciosa," dijo, y la metió en su boca. Diego soltó un gruñido y le puso una mano en la nuca. Elena la chupó despacio al principio, con la lengua dibujando espirales, y luego más rápido, más hondo, hasta que él tuvo que agarrarse al colchón.
"Para, para, que me corro," jadeó Diego. Elena lo soltó con un chasquido y se levantó. Se tumbó en la cama y abrió las piernas. "Pues córrete dentro de mí." Diego se colocó entre sus muslos y la penetró de una embestida lenta y profunda. Elena gritó, un grito ahogado que se tragó mordiendo la almohada. La llenaba por completo, hasta un punto que Marcos no había alcanzado en años.
Empezó a moverse, primero despacio, saboreando cada centímetro, y luego más rápido. La cama crujía. Elena le clavó las uñas en la espalda y levantó las caderas para recibirlo. "Más hondo, Diego, más hondo." Él le agarró las muñecas y se las sujetó por encima de la cabeza mientras seguía embistiendo. La dominancia del gesto la volvió loca. Su coño se contrajo alrededor de su polla.
Diego la giró sin salir de ella y la puso a cuatro patas. Le agarró las caderas y entró desde atrás, más profundo aún. Con una mano libre le acarició los pechos, que colgaban y se balanceaban con cada embestida. "Me encantas así," le dijo al oído. "Tan mojada, tan caliente." Elena solo podía gemir. Sentía que algo enorme crecía dentro de ella, una ola que subía y subía.
"Me voy a correr," advirtió con la voz rota. "Córrete, preciosa, córrete para mí." La ola rompió. Elena gritó contra el colchón, su cuerpo convulsionando, su coño apretando la polla de Diego en espasmos. Él aguantó dos embestidas más y se corrió dentro de ella con un rugido sordo, llenándola de semen caliente. Se desplomó sobre su espalda, ambos empapados en sudor.
Después de recuperar el aliento, Elena se colocó encima de él, a horcajadas, y lo guió dentro de ella otra vez. Esta vez el ritmo lo marcaba ella: lento, profundo, circular. Se inclinó hacia delante para que sus pechos rozaran su cara y él los besó uno tras otro. Elena cerró los ojos y se dejó llevar, sintiendo cómo el placer volvía a crecer, más dulce esta vez, más hondo.
"Córrete conmigo," le pidió. Diego le agarró las caderas y la ayudó a moverse más rápido. Los dos llegaron juntos, ella gritando su nombre, él clavándole los dedos en la piel. Elena se desplomó sobre su pecho, temblando, y él la envolvió con los brazos como si no pensara soltarla nunca.
Se quedaron así un rato, respirando. Luego Diego la abrazó por detrás y le besó el hombro. "¿Estás bien?" Elena se rio, una risa temblorosa y feliz. "Estoy mejor que en años." Se giró entre sus brazos y lo besó con ternura, un beso muy distinto al primero. Este era lento, dulce, lleno de algo que se parecía peligrosamente al cariño.
Durmieron abrazados hasta que el cielo empezó a clarear tras las persianas. Elena se despertó primero y lo miró dormir. Pensó en Marcos, en Bilbao, en su cama fría. No sintió culpa. Sintió algo parecido a la gratitud. Se vistió en silencio y volvió a su dormitorio antes de que la casa despertara del todo.
Sobre la almohada de la habitación de invitados encontró una nota doblada. La letra de Diego, rápida e inclinada. "Esta noche no existió. Pero la repetiría." Elena dobló la nota y la guardó en el cajón de su mesilla, bajo las bragas, junto a las cosas que una guarda para siempre. Apagó la luz y sonrió en la oscuridad.
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