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Relatos Eróticos de Camareras: La Última Copa de Elena

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Todos los relatos eróticos de camareras empiezan igual, con un cliente que se queda hasta el cierre, pero el de Elena empezó con una frase. Eran las dos de la madrugada de un viernes en el chiringuito de la Barceloneta, Elena estaba recogiendo los últimos vasos, y el hombre de la barra, el del traje arrugado y la corbata aflojada, la miró y dijo: "La última copa la bebo contigo o no la bebo."

Elena se quedó quieta con el trapo en la mano. Tenía veintiocho años, llevaba cuatro trabajando en aquel bar, y había oído todas las frases. Pero ninguna se la habían dicho mirándola así, como si llevara toda la noche esperando el momento de decirla.

"¿Cómo te llamas?" preguntó ella, porque la curiosidad pudo más que el cansancio.

"Diego. ¿Y tú?"

"Elena. Y no bebo con los clientes, Diego."

"¿Ni siquiera cuando el cliente lleva tres horas pidiendo agua con gas para no irse?" Él sonrió, y era una sonrisa cansada y honesta. "Me llamo Diego, tengo treinta y seis años, me acabo de divorciar, y esta noche no quiero llegar a un piso vacío. Una copa. Contigo. Luego me voy."

Elena le creyó lo del agua con gas, porque lo había visto. A las once había pedido una cerveza, a las doce un agua con gas, y desde entonces nada más que agua, mirando el mar por la ventana cada poco rato, mirándola a ella el resto del tiempo. Cada vez que ella pasaba con la bandeja, él levantaba la vista. No como los otros, que miran el escote y piden otra ronda. Diego la miraba a los ojos, y sonreía un poco, como pidiendo perdón por mirar.

A la una, cuando el bar se vació, Elena se sorprendió decepcionada de que él siguiera allí. Y a las dos, cuando solo quedaban ellos dos, se sorprendió aún más aliviada.

Elena miró el bar vacío, las sillas ya subidas a las mesas, la persiana a medio bajar. Su compañera se había ido hacía una hora. Cerró la puerta con llave y colgó el cartel de "Cerrado".

"Una copa," dijo. "Pero la preparo yo."

Sirvió dos copas de vino tinto y se sentó en el taburete de al lado, al otro lado de la barra, hombro con hombro con él. El bar a oscuras, solo la luz de la cocina encendida. Diego la miró y Elena sintió algo que no sentía desde hacía mucho: que la miraban de verdad.

"¿Por qué no te has ido con tu mujer?" preguntó ella, y enseguida se arrepintió. "Perdona. No es asunto mío."

"Exmujer," corrigió Diego. "Y porque hace seis meses que no me toca. Seis meses durmiendo en el sofá de mi propio salón." Bebió un trago largo. "¿Y tú? ¿Alguien te espera en casa?"

"Un gato. Y ni siquiera es mío, es de mi vecina." Elena rio, pero la risa se le quedó a medias cuando Diego le apartó un mechón de pelo de la cara. Su mano se quedó un segundo de más en su mejilla.

"Eres preciosa," dijo Diego en voz baja. "¿Te lo dice alguien alguna vez?"

Elena tragó saliva. "Los borrachos, los viernes."

"Pues esta noche te lo dice un hombre sobrio, un viernes." Diego se inclinó y la besó.

No fue un beso de borracho. Fue lento, seguro, su boca exigiendo y la lengua de Elena respondiendo antes de que su cabeza pudiera protestar. Elena gimió contra sus labios y agarró su camisa. Diego la atrajo hacia sí, sus manos grandes en su cintura, y la sentó sobre la barra entre las copas sucias.

"Diego..." susurró Elena. "Aquí no. Si viene alguien..."

"La puerta está cerrada," dijo él, besándole el cuello. "Y la persiana bajada. Nadie viene, Elena."

Sus manos subieron por sus muslos, bajo la falda corta del uniforme. Elena se estremeció. Llevaba todo el día de pie, cansada, sudada, y de pronto aquel hombre la tocaba como si fuera lo único importante del mundo. Sus dedos encontraron sus bragas, ya húmedas, y Elena jadeó.

"Joder," murmuró Diego. "Estás empapada."

"Llevo... toda la noche... mirándote," confesó Elena, y se puso roja. Pero era verdad. Desde las once, aquel hombre solo en la barra, con su agua con gas, mirándola trabajar.

Diego sonrió contra su cuello y le quitó las bragas despacio, bajándolas por sus piernas hasta los tobillos. Elena las apartó de una patada. Entonces Diego se arrodilló en el suelo del bar, entre sus muslos abiertos, y la miró desde abajo.

"Abre más," ordenó, y Elena obedeció, apoyándose en las manos sobre la barra fría.

Su lengua encontró su coño y Elena gritó. No un gemido educado: un grito de verdad, que rebotó en las paredes vacías del bar. Diego lamía despacio, con calma, como quien saborea la última copa, su lengua dibujando círculos alrededor de su clítoris y luego hundiéndose dentro de ella.

"¡Dios, Diego, por favor!" Elena tiraba de su pelo. "¡No pares!"

Él no paró. Metió dos dedos dentro de ella mientras su lengua seguía en su clítoris, y Elena se corrió con un alarido, su cuerpo convulsionando sobre la barra, una copa cayendo al suelo y rompiéndose. Ni se enteraron.

Diego se levantó, se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones. Su verga estaba dura, gruesa, goteando. Elena la miró y se lamió los labios.

"Ven aquí," dijo ella, tirando de él. Se bajó de la barra, se arrodilló sobre el suelo pegajoso del bar, y se la metió en la boca.

Diego gimió, alto, echando la cabeza hacia atrás. Elena chupaba con ganas, con hambre, su mano subiendo y bajando por lo que su boca no alcanzaba. Llevaba meses sin hacer esto, meses sin que nadie la tocara, y lo estaba disfrutando tanto como él.

"Elena, voy a..." Diego intentó apartarse, pero ella le agarró las nalgas y no le dejó moverse. Se corrió en su boca, a chorros calientes, y Elena tragó todo, limpiándole la punta con la lengua, mirándole a los ojos.

"Joder," respiró Diego. "Joder, Elena."

"La trastienda," dijo ella, poniéndose de pie con las piernas temblorosas. "Hay un sofá. Y la puerta tiene pestillo."

La trastienda olía a cerveza y a limpio. El sofá era viejo y estrecho, pero a ninguno le importó. Diego la tumbó, le subió la falda hasta la cintura, y se colocó entre sus piernas. Su verga, ya dura otra vez, encontró su coño empapado y entró de un empujón.

Elena gritó su nombre. Él era grande, y la llenaba por completo, cada centímetro. Diego empezó a follarla despacio, profundo, mirándola a los ojos, y Elena le rodeó la cintura con las piernas.

"Más fuerte," pidió ella. "¡Fóllame fuerte, Diego!"

Él obedeció, embistiendo con fuerza, el sofá golpeando la pared. Elena se agarraba a sus hombros, sus tetas botando bajo la camiseta del uniforme. Diego se la subió de un tirón, liberó sus tetas, y se inclinó a chuparle los pezones mientras seguía follándola sin piedad.

"¡Sí, sí, así!" Elena estaba al borde otra vez. "¡No pares, por favor, no pares!"

Diego metió la mano entre ellos y frotó su clítoris con el pulgar, en círculos rápidos y duros. Elena se corrió gritando, su coño apretando su verga en oleadas, y Diego se corrió dentro de ella un segundo después, hundiéndose hasta el fondo con un gruñido animal, llenándola.

Se quedaron abrazados en el sofá estrecho, sudados, jadeando. Afuera, una moto pasó por el paseo marítimo.

"¿A qué hora abres mañana?" preguntó Diego contra su pelo.

"A las doce. ¿Por qué?"

"Porque pienso quedarme hasta que abras." La besó en la frente. "Si me dejas."

Elena rio, cansada y feliz. "La persiana no se sube hasta las doce. Tenemos diez horas."

"¿Diez horas?" Diego la miró, y sus ojos brillaron. "Entonces date la vuelta."

Lo hicieron otra vez en el sofá, y otra vez en el suelo de la trastienda, contra las cajas de cerveza, Elena a cuatro patas, Diego agarrándola del pelo, follándola por detrás mientras ella gritaba su nombre entre las cajas. Cada embestida la hacía resbalar un poco sobre el cartón, y Diego la sujetaba por las caderas con fuerza, marcándole los dedos en la piel.

"¡Más, más!" pedía Elena, fuera de sí. "¡No pares nunca!"

Y una última vez al amanecer, en la barra ya limpia, con la primera luz entrando por las rendijas de la persiana. Elena sentada en el borde de la barra, las piernas alrededor de su cintura, Diego de pie entre sus muslos, moviéndose despacio esta vez, mirándola, besándola entre embestida y embestida, como si quisieran memorizarse. Cuando se corrieron juntos, con el sol naciendo sobre el Mediterráneo al otro lado de la persiana, Elena lloró un poco. De cansancio. De gusto. De no querer que aquella noche terminara nunca.

A las once y media, Elena se vistió, se arregló el pelo en el espejo del baño, y volvió al bar. Diego la esperaba, duchado con el lavabo de la trastienda, la camisa arrugada pero la sonrisa nueva.

Elena descolgó el cartel de "Cerrado", le dio la vuelta, y antes de colgar el de "Abierto" escribió en el reverso con un rotulador: el número de su móvil. Lo colgó de cara a la calle.

"Por si algún cliente," dijo, guiñándole un ojo, "quiere reservar la última copa."

Diego rio, la agarró por la cintura, y la besó delante del escaparate, a plena luz del día, sin importarle quién mirara.

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