Relatos Eróticos de Taxistas: El Viaje de las Tres de la Mañana
El taxi llegó con seis minutos de retraso, con las luces amarillas cortando la lluvia de la calle. Marta se subió de un salto, sacudiéndose el agua del abrigo, y dijo la dirección sin mirar al conductor. Dicen que los mejores relatos eróticos de taxistas empiezan exactamente así, a las tres de la mañana, con una desconocida empapada y un asiento trasero que huele a cuero y a tabaco frío.
El conductor se giró un segundo. Tenía unos treinta y ocho años, barba de dos días y unos ojos verdes que la miraron de una forma que ningún taxista la había mirado antes. "Perdona el retraso, guapa. La Gran Vía está imposible con esta lluvia." Su voz era grave, con un acento de barrio que a Marta le resultó extrañamente excitante.
Ella trabajaba de enfermera en el turno de noche del hospital La Paz y aquel había sido un turno infernal. Doce horas entre urgencias, un niño con fiebre altísima y una discusión con el supervisor. Solo quería llegar a su piso de Malasaña, ducharse y dormir. Pero el taxista, que se presentó como Javier, tenía otros planes para la conversación.
"¿Mala noche?" preguntó él, mirándola por el retrovisor. Marta suspiró. "De las peores. ¿Y la tuya?" Javier sonrió. "Mejora por momentos." El semáforo se puso en rojo y él se giró del todo hacia ella. "¿Sabes? Llevo quince años en este taxi y sé reconocer a una mujer que necesita desconectar."
Marta se rio, un poco nerviosa. "¿Ah, sí? ¿Y cómo se desconecta a las tres de la mañana en Madrid?" Javier aceleró cuando el semáforo cambió. "Depende de la mujer. Algunas necesitan hablar. Otras necesitan que las lleven a un sitio donde nadie las conozca." Sus ojos no se apartaban del retrovisor.
La lluvia golpeaba el techo del coche con un ritmo hipnótico. Marta se quitó el abrigo mojado y se quedó en el uniforme de enfermera, la blusa blanca pegada al cuerpo por la humedad. Notó que Javier la miraba por el retrovisor más de lo necesario, y en lugar de molestarle, sintió un calor extraño subiendo por el cuello.
"¿Vives sola?" preguntó él de repente. "Sí. ¿Por qué?" "Porque voy a dar un pequeño rodeo. Te lo descuento de la carrera, no te preocupes." Antes de que Marta pudiera protestar, Javier giró hacia la izquierda, alejándose de Malasaña, subiendo hacia el oeste de la ciudad.
"¿Adónde vamos?" La voz de Marta sonó menos firme de lo que pretendía. "A un sitio que solo conocen los taxistas. El mirador de San Isidro. A esta hora no hay nadie, y con la lluvia las luces de Madrid parecen un mar." Marta debería haber dicho que no. Debería haber exigido que la llevara a casa. En lugar de eso, se recostó en el asiento y dijo: "Vale."
El taxi subió por calles estrechas hasta un descampado con vistas a toda la ciudad. Javier apagó el motor y el silencio cayó sobre ellos, roto solo por la lluvia. Se giró en el asiento y la miró de verdad por primera vez, sin retrovisor de por medio. "¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque te apetecía?"
Marta tragó saliva. "No me acuerdo." "Pues esta noche vas a acordarte." Javier salió del coche, rodeó el taxi bajo la lluvia y abrió la puerta trasera. "Ven aquí detrás conmigo. O dime que te lleve a casa y no volvemos a hablar de esto." Marta lo miró un segundo eterno. Luego se deslizó por el asiento hasta el centro.
Javier se sentó a su lado y cerró la puerta. El espacio era pequeño, íntimo, y olía a él, a lluvia y a algo masculino y salvaje. La tomó por la barbilla y la besó. Fue un beso hambriento, sin permiso ni disculpas, y Marta respondió con una urgencia que la asustó. Doce horas de contención estallaron en aquel asiento trasero.
Sus manos encontraron los botones de la blusa blanca. Uno a uno, cayeron. El sujetador negro apareció, empapado, marcando unos pezones duros como piedras. Javier bajó la cabeza y los tomó con la boca a través del encaje, y Marta arqueó la espalda con un gemido que llenó el coche.
"Javier..." susurró ella, sin saber si era una súplica o una advertencia. Él no contestó. Le bajó la falda del uniforme y las medias, y sus dedos encontraron el tanga empapado. Lo apartó a un lado sin quitárselo y la tocó directamente, con una destreza que la dejó sin aliento. Marta se agarró al reposacabezas delantero y dejó que sus caderas se movieran solas.
Cuando ella estaba a punto de explotar, Javier se detuvo. "Todavía no," dijo, con la voz ronca. Se desabrochó el cinturón y liberó una polla enorme, dura y venosa. Marta la miró con los ojos muy abiertos y, sin que nadie se lo pidiera, se inclinó y se la metió en la boca.
La saboreó despacio, con la lengua dando vueltas por la punta, mientras Javier gemía y le agarraba el pelo. El pelo mojado de Marta caía sobre sus muslos. Él la dejó hacer un par de minutos y luego la apartó con suavidad. "Quiero follarte mirando las luces de Madrid," dijo.
La colocó a cuatro patas en el asiento, con la cara hacia la ventanilla empañada y las luces de la ciudad difuminadas al fondo. Le levantó la falda hasta la cintura, apartó el tanga y la penetró de una sola embestida, hasta el fondo. Marta gritó, un grito que la lluvia se tragó.
Javier la folló con un ritmo brutal y perfecto, agarrándola por las caderas. Cada embestida la empujaba contra el asiento y el tanga empapado le rozaba el clítoris, multiplicando el placer. Marta se mordió el puño para no gritar demasiado, pero los gemidos se le escapaban igual.
"Dime que te gusta," ordenó él, tirándole del pelo hacia atrás. "Me encanta," jadeó ella. "Más fuerte. Por favor, más fuerte." Javier obedeció, y el taxi entero se balanceaba con el ritmo. Las ventanas estaban completamente empañadas y el mundo exterior había desaparecido.
Marta sintió que el orgasmo la arrasaba como una ola. Se corrió gritando su nombre, con el cuerpo convulsionando, y Javier, al sentir cómo se contraía a su alrededor, se corrió dentro de ella segundos después, con un rugido grave.
Se quedaron abrazados en el asiento trasero, respirando agitadamente, con la lluvia como única banda sonora. Marta se rio, un poco histérica. "Esto no me había pasado nunca." Javier le apartó el pelo mojado de la cara. "A mí tampoco. Y llevo quince años en este taxi."
"¿Me llevas a casa ya?" preguntó ella, arreglándose la blusa con dedos temblorosos. Javier la miró con una sonrisa torcida. "Mi piso está a cinco minutos de aquí. Tengo una ducha caliente y una cama de verdad. El taxi puede esperar." Marta lo pensó exactamente tres segundos. "Vamos."
El piso de Javier era pequeño, de soltero, con olor a café y a libros viejos. Nada más cerrar la puerta, Marta lo empujó contra la pared y lo besó con la misma hambre del taxi. Él le arrancó la blusa, esta vez sin delicadeza, y los botones saltaron por el suelo.
En la ducha, bajo el agua caliente, se enjabonaron mutuamente con una lentitud tortuosa. Javier la puso contra los azulejos y la tomó de pie, con una pierna de ella enroscada en su cintura. El agua caía sobre sus cuerpos y el vapor lo envolvía todo. Marta nunca se había sentido tan viva.
Después, en la cama, lo hicieron por tercera vez, despacio, mirándose a los ojos. Javier recorrió su cuerpo con la boca, deteniéndose en cada lunar, en cada curva, hasta que ella suplicó que la tomara. Y él la tomó, con una ternura feroz que contrastaba con la brutalidad del taxi.
En la cama, antes de dormirse, Javier le confesó que aquella era la primera vez que se desviaba de una ruta en quince años. Marta se rio contra su pecho y le dijo que esperaba que no fuera la última. Él le prometió que a partir de esa noche miraría cada pasajera de las tres de la mañana con otros ojos, pero que ninguna sería ella.
Se durmieron abrazados y despertaron con la primera luz gris del amanecer entrando por la persiana. Eran las seis y media. Marta se vistió deprisa, se recogió el pelo mojado en un moño improvisado y buscó sus zapatos. En la puerta, Javier le puso un papel en la mano.
"Mi número. Por si algún día sales del turno de noche y necesitas desconectar." Marta lo miró y sonrió. "¿Solo de noche?" "De noche conduzco yo. De día tendrás que buscarte otro taxista." Ella se puso de puntillas y lo besó, un beso largo y prometedor. "Me quedo con el de noche."
Bajó las escaleras con las piernas temblorosas y el uniforme arrugado, y pidió un taxi normal para volver a Malasaña. El conductor era un señor mayor que no le dijo nada interesante en todo el trayecto. Marta sonrió para sus adentros. Ya tenía su taxista favorito.
Dos noches después, al salir del hospital a las tres de la mañana, Marta no llamó a la central de taxis. Marcó un número guardado en un papel arrugado. Al segundo tono, una voz grave contestó: "¿Adónde vamos, guapa?" Y Marta, bajo la lluvia fina de Madrid, dijo: "Al mirador. Ya sabes cuál."
Readers who enjoyed “Relatos Eróticos de Taxistas: El Viaje de las Tres de la Mañana” also read
8 curated storiesRelatos Porno Caseros: Follando a mi Esposa Toda la Noche en Casa
Relatos porno caseros: una noche en Madrid, un vecino que llama a la puerta y una idea traviesa que cambia la noche de Carlos y Elena para siempre.
Relatos Eróticos de la Nuera: Parte 2
El móvil vibra sobre la mesa de la cocina delante de Teresa: es Bruno. «¿A la misma hora de siempre?». Parte 2 y final de los relatos eróticos de la nuera: la última tarde de riesgo, el regreso de Álvaro y una María transformada.
Historias Eróticas Cortas: El Electricista de Lavapiés
Una de esas historias eróticas cortas que se leen de un tirón: Marta, divorciada, llama a un electricista por el horno y la tarde se calienta más que la resistencia.
Cuentos Porno: Marta Abre las Piernas para la Polla Dura de Diego en Barcelona
Cuentos Porno: En una librería de Barcelona, el olor a papel viejo y café esconde la tarde más inolvidable de Marta.
Relatos eróticos de lesbianas: la vecina del balcón de abajo
Uno de estos relatos eróticos de lesbianas ocurre en Madrid: las macetas de Elena inundan el balcón de Marta y la visita para disculparse enciende un deseo imparable.
Nuevos Relatos Eróticos: La Vecina del Ático
Un sujetador rojo vuela hasta la terraza de Pablo, el nuevo vecino del tercero. Elena, la vecina del ático, lo invita a una copa de vino, y la noche de agosto se convierte en uno de sus nuevos relatos eróticos más calientes.
Relatos Eróticos Apasionados: Noche Andaluza
Una madrileña llega a una finca andaluza para cuidarla dos semanas y encuentra al dueño aún en casa: así empieza uno de esos relatos eróticos apasionados que no se olvidan.
Historias Calientes Gratis: La Librera de Valencia
En una librería pequeña de Valencia, Marta vende libros de día y sueña de noche, hasta que Diego, un cocinero con las manos manchadas de harina, entra buscando recetas antiguas, en estas historias calientes gratis de dos personas que se encuentran tarde pero a tiempo.