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Relatos Eróticos de Hermanastras: La Terraza de Madrid

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El agua todavía me corría por el pecho cuando la puerta del baño se abrió de golpe. Elena entró canturreando, sin mirar, y se quedó clavada en el sitio al verme. «El pestillo está roto, lo juro», dijo sin apartar los ojos, y de pronto entendí que mi vida se había convertido en uno de esos relatos eróticos de hermanastras que nadie admite haber leído.

No se dio la vuelta enseguida. Se quedó ahí, con la mano en el pomo, mirándome de arriba abajo sin ningún disimulo. «Joder, Diego», murmuró, y sonrió de esa manera suya que siempre significaba problemas. Luego cerró la puerta despacio, como si no quisiera perderse nada.

Me quedé bajo el agua fría con el corazón golpeándome las costillas. Intenté convencerme de que había sido un accidente tonto, el pestillo roto y punto. Pero su mirada se me había quedado grabada, y mi cuerpo reaccionaba a esa mirada aunque yo quisiera negarlo.

Salí envuelto en la toalla y me vestí en mi cuarto con la puerta cerrada con llave, por si acaso. En la cocina Elena tarareaba como si nada mientras cortaba tomate. «¿Agua fría?», me preguntó sin levantar la vista, y supe que lo sabía todo.

Aquella noche cenamos en la terraza porque dentro del piso no se podía respirar. Madrid en agosto era un horno y el ventilador solo empujaba aire caliente de un lado a otro. Elena salió con una camiseta blanca mía que le llegaba a mitad del muslo. «Te queda mejor a mí que a ti», dijo, y se sirvió vino tinto sin pedir permiso.

Hablamos de nuestros padres y de su crucero por el Mediterráneo, de lo raro que era tener la casa solo para nosotros dos. Ella me miraba por encima del borde de la copa con una diversión que me ponía nervioso. «¿Te acuerdas de esta mañana?», preguntó de pronto. Casi me atraganto con el vino.

«Fue un accidente, Elena. El pestillo está roto de verdad.» Ella se encogió de hombros y se inclinó hacia delante, y la camiseta se le pegó al cuerpo con el sudor. «No me estoy quejando», dijo bajito. El calor me subió a la cara y no era solo por la noche de agosto.

Recogimos en silencio y cada uno se fue a su cuarto, pero yo no conseguí dormirme. A la una de la madrugada oí sus pasos descalzos en el pasillo y luego la puerta de la terraza. Me levanté y la encontré apoyada en la barandilla, de espaldas a mí, con la camiseta pegada a la piel. «No puedo dormir con este calor», dijo sin volverse.

Me acerqué y me apoyé a su lado, y nuestros brazos se rozaron. La ciudad zumbaba abajo, lejana, y el aire olía a jazmín del tiesto de la vecina. Antes de que pudiera decir nada, su móvil vibró: un mensaje de nuestra madre con una foto del barco.

Nos reímos y el momento se rompió, pero algo había quedado flotando entre los dos. Ella me dio las buenas noches con un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Me metí en la cama con la imagen de su espalda en la barandilla y tardé otra hora en dormirme.

Al día siguiente la encontré en la terraza a media tarde, tumbada en la tumbona con un biquini rojo diminuto. El sol le dibujaba gotas de sudor en el vientre y yo no sabía dónde mirar. «Tráeme agua, anda», me pidió sin abrir los ojos, «y no me mires así, que te conozco.»

Le llevé el vaso y me senté en el suelo a su lado, y hablamos de tonterías para no hablar de lo importante. Cuando se incorporó vi que tenía la espalda y los hombros quemados por el sol, rojos como un cangrejo. «Me he pasado», se quejó, intentando tocarse el omóplato sin llegar. «Ponme aloe, ¿vale? Está en el baño.»

Al atardecer subimos a la terraza con el bote de aloe vera. Ella se sentó en la tumbona de espaldas a mí, se quitó la parte de arriba del biquini y se cubrió el pecho con una toalla. «No mires», dijo, pero su tono era de broma. Me arrodillé detrás de ella y eché un chorro de gel frío en su espalda quemada.

Extendí el aloe con las palmas, despacio, y su piel ardía bajo mis manos. Ella soltó un suspiro largo y dejó caer la cabeza hacia delante. «Más abajo», murmuró, y mis manos bajaron hasta el borde de la braguita del biquini. Noté cómo se le erizaba la piel y cómo su respiración se aceleraba.

«Diego», dijo, y se volvió hacia mí de golpe. La toalla se le escurrió un poco y vi el nacimiento de sus tetas, redondas y morenas. No aparté la mirada esta vez. Ella me agarró por la camiseta y me atrajo hasta que nuestros labios se tocaron, primero con cuidado y luego con hambre.

La besé como llevaba dos días queriendo besarla, con la lengua buscando la suya mientras mis manos le recorrían la espalda. Ella me quitó la camiseta de un tirón y me recorrió el pecho con las uñas, arañando suave. «Llevo todo el día pensando en lo de la ducha», confesó contra mi boca, «en verte entero.»

Me desabrochó el pantalón corto sin dejar de mirarme a los ojos y me la sacó con decisión. Me la agarró con la mano, firme, y empezó a moverla despacio mientras me mordía el labio inferior. «Estás durísimo», susurró, y se arrodilló delante de mí en la terraza, sin importarle quién pudiera vernos.

Me la metió en la boca de golpe, hasta el fondo, y yo gemí tan alto que tuve que taparme la boca con la mano. La movía con la lengua alrededor, chupando con fuerza, subiendo y bajando mientras me miraba desde abajo. Le agarré el pelo y empujé un poco más hondo, y ella me dejó hacer, tragando y gimiendo alrededor de mi polla.

La levanté antes de correrme porque quería más, quería todo. La tumbé en la tumbona y le quité la braguita del biquini de un tirón, y allí estaba, completamente desnuda para mí, con el coño brillante y abierto. Le abrí las piernas y bajé la boca hasta ella sin esperar ni un segundo.

La lamí despacio al principio, rodeando el clítoris con la lengua, y ella arqueó la espalda gritando mi nombre. Metí dos dedos dentro de ella mientras seguía lamiendo, notando cómo se apretaba alrededor de mis dedos. Sus muslos me atraparon la cabeza cuando se corrió, temblando entera.

Me coloqué entre sus piernas y la penetré de una embestida, hasta el fondo, y los dos gemimos a la vez. Estaba caliente y estrecha y mojada, y empecé a moverme fuerte, agarrándole las caderas. Ella me clavó las uñas en la espalda y me pidió más, siempre más, y la tumbona crujía bajo nosotros.

La puse de pie, la giré y la apoyé en la barandilla, y la tomé por detrás mientras Madrid brillaba abajo. Le agarré las tetas con las dos manos y la embestí sin piedad, y ella se mordía el puño para no gritar. Me corrí dentro de ella con un gruñido, temblando, y ella se corrió conmigo, apretándome hasta sacarme la última gota.

Nos quedamos abrazados en la tumbona, sudados y sin aliento, mirando las estrellas. «Esto no ha pasado», dijo ella, pero se reía mientras lo decía. «Ha pasado», le contesté, «y va a volver a pasar.» Me pellizcó el costado y me besó, y supe que tenía razón.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Ella desayunaba con mis camisetas y me rozaba al pasar por el pasillo estrecho. En la cocina me arrinconaba contra la nevera para alcanzar un vaso de arriba, pegando su cuerpo al mío un segundo de más. Nuestros padres llamaban cada dos días y mentíamos con naturalidad: todo tranquilo, mucho calor, nos llevamos bien.

La tercera noche me desperté a las dos de la madrugada con su peso en el borde de mi cama. Llevaba puesta solo mi camiseta gris, la favorita, y el pelo revuelto. «No puedo dormir», dijo, «y tu cuarto es el único que tiene corriente.» Se metió bajo la sábana sin esperar invitación y su piel desnuda se pegó a la mía.

La besé en la oscuridad y le quité la camiseta por la cabeza, y sus tetas quedaron libres contra mi pecho. Le recorrí el cuerpo con las manos, deteniéndome en cada curva, y ella me agarró la polla por encima del bóxer. «Quítate esto», ordenó, y obedecí mientras ella se reía bajito.

Bajé por su cuerpo besando cada centímetro, del cuello a las tetas, del vientre a los muslos, hasta llegar a su coño. La lamí con calma esta vez, saboreándola, metiendo la lengua dentro de ella mientras dibujaba círculos en su clítoris. Ella se retorcía y me agarraba el pelo, susurrando que no parara, hasta que se corrió arqueándose contra mi boca.

Subí y me colocó encima de ella, guiándome dentro con la mano. La follé despacio al principio, mirándola a los ojos en la penumbra, sintiendo cada centímetro. Luego ella me empujó y se puso encima, a horcajadas, y empezó a cabalgarme con las tetas botando frente a mi cara. Le agarré las caderas y la ayudé a subir y bajar, cada vez más rápido.

La giré sin salir de ella y la puse a cuatro patas, y la tomé por detrás agarrándole el pelo. La cama golpeaba contra la pared y los dos jadeábamos sin importarnos el ruido. «Más fuerte», me pidió, y la embestí hasta que los dos nos corrimos a la vez, gritando contra la almohada para no despertar a todo el edificio.

Nos dormimos abrazados y nos despertó el sol entrando por la persiana. «Si mamá se entera, nos mata», dijo ella, y los dos nos reímos porque era verdad. Desayunamos en la terraza como si nada, pero bajo la mesa su pie descalzo buscaba el mío.

La última noche, con el vuelo de nuestros padres aterrizando en unas horas, Elena se metió en mi ducha sin avisar. El pestillo seguía roto, claro. La tomé contra los azulejos, de pie, con el agua caliente cayéndonos encima, entrando en ella por detrás mientras le mordía el hombro. Fue rápido y urgente y nos corrimos juntos con la respiración entrecortada, riéndonos del morbo de hacerlo donde empezó todo.

Al amanecer salimos a la terraza con las batas puestas y el pelo mojado. El cielo se volvía rosa sobre los tejados de Madrid y el aire por fin olía a fresco. Su móvil vibró: «Aterrizamos a las diez, ¿nos recogéis?» Ella me miró y sonrió con esa media sonrisa del primer día.

«Esto queda entre nosotros», dijo, y me pasó la copa de vino que no habíamos terminado. La besé despacio, sabiendo que en unas horas volveríamos a ser solo hermanastros. Ella apuró su copa, me guiñó un ojo y entró en casa contoneándose, y yo me quedé mirando amanecer.

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