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Relatos eróticos de hermanas: la decisión de Marta (Parte 3)

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«¿De quién es esto, Marta?» La voz de Javier temblaba un poco, pero su mano no. Sostenía el tanga de encaje negro entre el pulgar y el índice, en alto, como una prueba en un juicio. Estos relatos eróticos de hermanas habían llegado al momento que yo más temía: ya no era un recuerdo de la madrugada, era este instante, con el sol de la mañana entrando por la persiana del salón y mi corazón golpeándome las costillas desde dentro.

Todo volvió de golpe. El golpe en la puerta a las seis y diez de la mañana. Yo metida en el armario, conteniendo la respiración entre los abrigos. Marta mintiendo con una calma que me había puesto la piel de gallina. La ducha después, cuando él se fue a trabajar, con el agua ardiendo y sus manos por todas partes. La cena de anoche, los roces por debajo de la mesa, el baño con la puerta entornada mientras él dormía en el sofá. Y ahora esto: Javier despierto antes que nosotras, el tanga en su puño, la pregunta colgando en el aire como un cuchillo.

Marta estaba de pie junto a la ventana, todavía con mi camiseta puesta, la suya, la que le había dejado anoche. No me miró. Miró el tanga, miró a Javier, y dijo con una voz demasiado tranquila: «Es mío.»

«No me mientas.» Javier dio un paso hacia ella. «Tú no usas este tipo de ropa interior, Marta. Te conozco. Y lo he encontrado en el sofá, arrugado, con olor a...» Se interrumpió, y su mandíbula se tensó. «¿Quién ha estado aquí?»

El silencio duró tres segundos que parecieron una hora. Yo estaba en la puerta del pasillo, en pijama, con los pies descalzos sobre la baldosa fría. Podía haberme quedado quieta. Podía haber dejado que Marta siguiera mintiendo. Pero anoche, entre susurros, me había prometido que no volvería a esconderme. Así que di un paso al frente y dije: «Es mío.»

Javier giró la cabeza tan rápido que casi me asusté. Me miró de arriba abajo, luego miró el tanga, luego a Marta. Su cara pasó por tres expresiones en un segundo: confusión, comprensión y una rabia tan pura que el aire del salón pareció encogerse.

«¿Tú?» soltó una risa corta, sin alegría. «¿Tú, Lucía? ¿La hermanastra que vive aquí de prestado?»

«No hables así», dijo Marta, y su voz ya no era tranquila. «No te atrevas.»

«¿Que no me atreva?» Javier tiró el tanga sobre la mesa del salón. Cayó junto a las tazas del desayuno que nadie había tocado. «Llevo dos años contigo, Marta. Dos años. La boda es el mes que viene. ¡El mes que viene! ¿Y me entero así? ¿Con esto?» Señaló la prenda con un dedo que temblaba de verdad ahora.

«No te enteras así», dije yo, y me sorprendió lo firme que sonaba mi voz. «Te enteras porque esta mañana has rebuscado en el sofá como un detective. Anoche dormías en ese mismo sofá, Javier. Roncando.»

«¡Lucía, cállate!» Marta me lanzó una mirada de advertencia, pero ya era tarde. La discusión tenía vida propia, como un animal que hubiéramos soltado sin querer en mitad del salón.

«¿Desde cuándo?» preguntó Javier, ignorándome, clavando los ojos en Marta. «Dime desde cuándo pasa esto.»

Marta se cruzó de brazos. La camiseta se le subió un poco y vi la marca que le había dejado anoche en la cadera, justo donde el sol la tocaba. Ella lo notó, y se bajó la camiseta de un tirón. «No es asunto de fechas», dijo.

«¡Claro que es asunto de fechas! ¡Voy a casarme contigo!» Su voz subió un tono y el vecino de arriba dio un golpe en el techo con algo, una escoba o un palo. Ninguno de los tres le hizo caso.

«Ibas», corrigió Marta en voz baja.

El silencio que siguió fue distinto. No era el silencio de antes, el de la mentira a punto de romperse. Era el silencio después de que algo se rompe de verdad. Javier la miró como si no la reconociera. «¿Qué has dicho?»

«He dicho que ibas.» Marta se llevó la mano izquierda a la cara y empezó a girar el anillo de compromiso alrededor de su dedo, una vez, dos veces. El diamante pequeño captó la luz de la mañana. «Javier, yo te quiero. Te he querido. Pero esto...» Miró hacia mí, solo un segundo, pero fue suficiente. «Esto no lo puedo deshacer. Ni quiero.»

«Elige.» La palabra salió de su boca como una piedra. «O él... o ella... o esto. Elígeme a mí y se acabó. Hoy mismo. Lo juras y se acabó.»

Nunca había visto a Marta tan quieta. Ni cuando me confesó lo del tanga plantado, ni cuando me besó por primera vez en el sofá, ni siquiera esta madrugada, con Javier al otro lado de la puerta del dormitorio. Se quitó el anillo despacio, con cuidado, como si fuera algo frágil y no el símbolo de dos años. Lo sostuvo entre los dedos un momento. Luego lo dejó sobre la mesa del salón, al lado del tanga de encaje negro. Las dos cosas juntas, una al lado de la otra, contaban toda la historia mejor que cualquier explicación.

«La boda se cancela, Javier.»

«Marta, por favor...» Su voz se rompió por la mitad. Dio un paso hacia ella con las manos abiertas, como si fuera a sujetarla. «Podemos hablarlo. Podemos ir a terapia, o... o nos tomamos un tiempo. No tomes una decisión así por un... por un calentón.»

«No es un calentón.» Marta negó con la cabeza, y vi que tenía los ojos brillantes pero no lloraba. «Llevo meses mintiéndome, Javier. Meses. Y anoche, por primera vez en mucho tiempo, no mentí. Elige tú ahora: te vas por esa puerta y lo superas, o te quedas aquí gritando hasta que llamen a la policía.»

Javier miró el anillo. Miró el tanga. Me miró a mí, y en sus ojos había algo que no era solo rabia: era una pregunta que no se atrevía a hacer en voz alta. Luego cogió su chaqueta del respaldo de la silla, se la puso con movimientos rígidos y caminó hasta la puerta. Allí se detuvo, con la mano en el pomo.

«Vas a arrepentirte», dijo sin volverse.

«Puede», respondió Marta. «Pero será mi arrepentimiento.»

La puerta se cerró con un golpe seco que hizo temblar los marcos de las fotos del pasillo. Oímos sus pasos bajando la escalera, rápidos, y luego el portazo del portal abajo. Y después, nada. El piso de Malasaña se quedó en un silencio tan completo que se oía el zumbido de la nevera desde la cocina.

Marta seguía de pie junto a la ventana. Yo seguía en la puerta del pasillo. Entre nosotras, la mesa del salón con el anillo y el tanga, las tazas frías del desayuno, el sol dibujando rectángulos en el suelo. Ninguna de las dos se movía, como si el aire se hubiera vuelto de cristal y cualquier paso pudiera romperlo.

Fue ella la que se rio primero. Una risa corta, nerviosa, que se le escapó por la nariz. «Madre mía», dijo. «Madre mía, Lucía.»

«¿Estás bien?» pregunté, y mi voz sonó pequeña después de todos esos gritos.

«No lo sé.» Se pasó las manos por la cara, se recogió el pelo hacia atrás. «Creo que sí. Creo que es la primera mañana en meses en la que no tengo que fingir nada.» Me miró entonces, de verdad, sin prisa, sin miedo a que alguien entrara. «Ven aquí.»

Crucé el salón descalza. Cuando llegué a su lado, me cogió la cara entre las manos. Tenía las palmas calientes. Me besó despacio, sin la urgencia desesperada de anoche, sin mirar hacia la puerta ni una sola vez. Fue un beso a plena luz del día, con el sol en la espalda, y supe que nunca me había sentido tan vista por nadie.

«Sin escondites», susurró contra mis labios. «Ya no más escondites.»

La llevé de la mano hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha de la noche anterior, las sábanas revueltas, mi almohada todavía con la forma de su cabeza. Nos tumbamos entre ese desorden sin molestarnos en arreglar nada. Le quité la camiseta despacio, botón a botón no, porque no tenía botones, sino tirando del borde hacia arriba, y ella levantó los brazos para ayudarme, riéndose bajito.

Su cuerpo a la luz del día era distinto al de la noche: cada marca, cada curva, cada lunar visible sin sombras donde esconderse. Besé la marca de su cadera, la que el sol había delatado antes, y ella se estremeció y me agarró del pelo. «Otra vez», pidió, y no tuve que preguntar qué quería decir.

Bajé por su vientre con besos pequeños, deteniéndome en el ombligo, en la línea donde empezaba el vello. Cuando llegué entre sus muslos, la encontré ya húmeda, caliente, esperándome. La probé despacio, con la punta de la lengua al principio, dibujando círculos perezosos mientras mis manos le sujetaban los muslos abiertos. Marta gimió con la cabeza echada hacia atrás, sin morderse el labio, sin contenerse, y ese sonido libre me encendió por dentro como nada antes.

Aumenté el ritmo, alternando la lengua con los dedos, entrando en ella mientras la boca seguía trabajando. Su espalda se arqueó sobre el colchón. Me agarró una mano y se la llevó al pecho, apretándosela contra un pezón duro como una piedra. «No pares», jadeó. «Por favor, no pares ahora.» No paré. La llevé hasta el borde dos veces, retirándome justo a tiempo la primera, y a la tercera la dejé caer: su cuerpo se tensó entero, un temblor le recorrió las piernas y gritó mi nombre tan alto que el vecino de arriba volvió a golpear el techo. Esta vez nos reímos las dos sin parar lo que estábamos haciendo.

Después me tumbé a su lado, con la mejilla sobre su pecho, escuchando su corazón volver poco a poco a un ritmo normal. Su mano dibujaba círculos en mi espalda desnuda. «¿Sabes qué es lo más raro?» dijo al rato. «Que no tengo miedo. Debería estar temblando, Lucía. He cancelado mi boda. Y no tengo miedo.»

«Yo sí tengo un poco», confesé.

«¿De qué?»

«De que esto sea un sueño y me despierte en el armario.»

Se incorporó sobre un codo y me miró con esa media sonrisa suya, la de la primera noche, la del tanga plantado. «Pues vamos a asegurarnos de que no lo es.» Se levantó de la cama desnuda, sin recoger nada del suelo, y me tendió la mano. «Ducha. Conmigo. Ahora.»

El baño todavía olía al gel de jazmín de la primera noche, ese olor que lo había empezado todo a las dos y siete de la madrugada. Marta abrió el agua caliente y el vapor empezó a llenar el pequeño cuarto. Entramos juntas bajo el chorro. El agua me golpeó la espalda mientras ella se apretaba contra mí por delante, su cuerpo resbaladizo contra el mío, sus manos enjabonadas recorriéndome sin prisa: los hombros, los pechos, el vientre, más abajo.

«Date la vuelta», me ordenó al oído, y obedecí. Me apoyé con las manos en los azulejos, el agua corriéndome por la nuca. Sentí sus dedos entre mis piernas, firmes, sabiendo exactamente dónde, y su otra mano agarrándome la cadera para tenerme quieta. Me moví contra su mano sin poder evitarlo, el vapor espesando cada gemido. Cuando estuve a punto, me giró de golpe, me besó con el agua cayéndonos sobre la cara y terminó el trabajo con los dedos, mirándome a los ojos, sin apartar la vista ni un segundo. El orgasmo me dobló las rodillas y ella me sostuvo, riéndose contra mi cuello.

Salimos de la ducha envueltas en toallas, dejando un rastro de huellas mojadas por el pasillo. En el salón, la mesa seguía igual: el anillo, el tanga, las tazas frías. Marta lo miró todo un momento, pensativa. Luego cogió el anillo de compromiso, caminó hasta el balcón, abrió la puerta de par en par y lo dejó caer dentro de la maceta grande, entre la tierra y las raíces del geranio.

«Para que florezca otra cosa», dijo, y cerró la puerta del balcón. Después fue hasta la puerta del piso y pasó las dos vueltas de la llave, despacio, con un clic definitivo. Se volvió hacia mí, con la toalla todavía goteando sobre la baldosa, y sonrió de esa manera que me había vuelto loca desde la primera noche.

«Ahora sí, hermanita», dijo. «Sin escondites.»

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