Relatos eróticos de strippers: la noche de Nerea en el Neón
"¿Otra copa, guapo? ¿O prefieres que te la sirva yo?" La voz me llegó entre el humo y el bajo de la música, y cuando levanté la vista del whisky, la vi. Alta, morena, con un body de encaje negro que no dejaba nada a la imaginación y todo al deseo. Mis compañeros de la oficina se rieron, pero yo no pude apartar los ojos. Aquella noche yo solo había ido al Neón para olvidar mi divorcio, no para convertirme en el protagonista de unos relatos eróticos de strippers. Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.
Me llamo Pablo, tengo treinta y seis años, soy arquitecto en Madrid, y llevaba ocho meses divorciado. Mis amigos insistieron en que necesitaba "salir, despejarme, volver a sentirme vivo". El Neón era un club de striptease cerca de Gran Vía, de esos con luces rojas y sillones de terciopelo gastado. Yo era el único de la mesa que no aplaudía como un loco. Hasta que ella bajó del escenario.
"Me llamo Nerea," dijo, sentándose en el reposabrazos de mi sillón sin que nadie la invitara. Tenía veintiséis años, un acento andaluz que se comía las eses, y unos ojos verdes que parecían ver a través de mi traje caro hasta el hombre roto que había debajo. "Tienes cara de necesitar un baile privado, guapo."
"No creo que..." empecé, pero ella ya se había levantado y me tendía la mano. "Treinta euros, quince minutos, sala VIP. Y te prometo que no te vas a arrepentir." Mis compañeros silbaron. Yo, que llevaba ocho meses sin tocar a una mujer, sentí que mi polla se despertaba solo con el roce de sus dedos en mi palma. Pagué sin discutir.
La sala VIP era pequeña: un sofá en forma de ele, una luz roja tenue, una puerta con pestillo. Nerea cerró con llave y se volvió hacia mí con una sonrisa lenta. "¿Cómo te llamas?" "Pablo." "Pablo," repitió, saboreando mi nombre. "¿Sabes las reglas? Se mira, no se toca. A menos..." Dejó la frase en el aire y empezó a moverse al ritmo de la música que se filtraba por las paredes.
Se quitó el body con una lentitud criminal. Debajo no llevaba nada. Sus tetas eran grandes y naturales, con pezones oscuros y duros que apuntaban directamente a mí. Su coño estaba depilado, brillante ya de excitación. Bailó a centímetros de mi cara, rozándome con los pezones, con el culo, con todo menos con lo que yo más quería tocar. Mi polla latía contra la cremallera del pantalón como un animal enjaulado.
"Joder, Nerea," gemí. Ella se rio y se sentó a horcajadas sobre mis rodillas, sin peso apenas, moviendo las caderas en círculos lentos. Su coño húmedo rozaba mi pantalón a través de la tela. "¿Te gusta lo que ves, Pablo?" susurró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo. "Dime qué quieres. Aquí todo tiene un precio, pero contigo..." Me miró a los ojos. "Contigo me apetece saltarme las reglas."
Entonces hizo algo que me dejó sin respiración: se arrodilló entre mis piernas y me bajó la cremallera con los dientes. Mi polla saltó libre, dura como una piedra, goteando ya. Nerea la miró con admiración genuina. "Madre mía," murmuró. "Esto no me lo esperaba." Y sin más preámbulos, se la metió en la boca hasta la garganta.
Casi grito. Su boca era caliente, experta, despiadada. La chupaba con un ritmo perfecto, usando la lengua en espiral alrededor del glande, apretando con los labios en cada subida. Sus manos, con uñas rojas larguísimas, me acariciaban los huevos con delicadeza. Agarré el reposacabezas del sofá para no correrme en diez segundos. "Nerea... por favor... voy a..." Ella sacó la polla de su boca con un sonido obsceno y me miró, jadeante, con los labios hinchados.
"Todavía no, guapo. Quiero sentirte dentro." Se levantó, se quitó los tacones de un puntapié, y se sentó sobre mí de espaldas, guiando mi polla hasta su coño con una mano experta. Se dejó caer sobre mí de golpe y los dos gemimos al unísono. Estaba empapada, ardiendo, apretada como un puño. Empezó a cabalgarme con una energía salvaje, botando sobre mi regazo, sus tetas saltando frente al espejo de la pared.
La agarré por las caderas y la ayudé a moverse, clavándome en ella desde abajo. El sofá crujía. Sus gemidos se mezclaban con la música sorda del club. "Sí... así... más fuerte, Pablo..." Giró la cabeza y me besó, un beso sucio y desesperado, nuestras lenguas enredadas mientras yo la follaba sin piedad. Sentí que su coño empezaba a contraerse, a apretarme en oleadas.
"Me corro... me corro..." gritó, y su cuerpo se convulsionó sobre el mío, su coño exprimiéndome con una fuerza increíble. Verla correrse, deshecha y temblorosa, fue demasiado para mí. La agarré por el pelo, la atraje hacia mi boca, y me corrí dentro de ella con un gruñido animal, llenándola hasta el fondo.
Nos quedamos así un minuto, jadeando, sudando, unidos. Luego llamaron a la puerta: se habían acabado los quince minutos. Nerea se levantó de un salto, se vistió en tiempo récord, pero antes de abrir me susurró: "Salgo a las tres. Espérame en la puerta de atrás. Y trae el coche."
Esperé. Dios sabe que esperé. A las tres menos diez estaba en la puerta trasera del Neón con el motor en marcha. Ella salió con una cazadora vaquera sobre el body, el maquillaje corrido, una mochila al hombro. Subió al coche sin decir palabra y me indicó con un gesto que arrancara. "¿A dónde?" pregunté. "A mi piso. Está en Malasaña, a diez minutos. Y Pablo..." Me miró de reojo. "Esta noche no ha terminado."
Su piso era pequeño y caótico: carteles de cine, una guitarra en un rincón, fotos con amigas en la nevera. Nada más entrar, me empujó contra la puerta y me besó como si llevara horas conteniendo las ganas. Nuestras ropas empezaron a desaparecer por el pasillo: su cazadora, mi chaqueta, su body, mi camisa. Llegamos a su dormitorio medio desnudos.
Me tiró sobre la cama y se subió encima, pero esta vez me miró a los ojos con una intensidad diferente. "En el club soy Nerea la stripper," dijo, desabrochándome el pantalón lentamente. "Aquí soy solo Nerea." Se inclinó y me besó el pecho, bajando con la boca por mi abdomen, dejando un rastro de fuego. Cuando llegó a mi polla, ya dura otra vez, la tomó entera sin dudar.
La observé chupármela en su propia cama, con la luz tenue de la mesilla, y fue mil veces más erótico que en la sala VIP. Aquí no había actuación: había hambre real. Le agarré el pelo y la guié, entrando y saliendo de su boca, y ella me miraba con esos ojos verdes llenos de lujuria. "Quiero que me folles de verdad," dijo de pronto, soltándome. "Sin prisa. Como si tuvieras toda la noche."
La tumbé boca arriba y me coloqué entre sus piernas. La penetré despacio, centímetro a centímetro, mirándola a la cara mientras su coño me tragaba. Ella arqueó la espalda y gimió mi nombre. Empecé a moverme en círculos lentos y profundos, y cada embestida la hacía temblar. Le besé las tetas, mordisqueé sus pezones duros, y ella me clavó las uñas en la espalda.
"Más... no pares..." jadeaba. Aumenté el ritmo, el colchón golpeando contra la pared, nuestros cuerpos chocando con un sonido húmedo y perfecto. Cambiamos de postura: la puse a cuatro patas y la tomé por detrás, agarrándola por las caderas, entrando hasta el fondo con cada golpe. Sus gemidos se volvieron gritos ahogados en la almohada.
Sentí que iba a correrme y salí de ella en el último segundo. La giré y me corrí sobre sus tetas, cubriéndolas de blanco, y ella se lo extendió por la piel con las manos, mirándome con una sonrisa perezosa y satisfecha. "Joder, Pablo," susurró. "¿De dónde has salido tú?"
Dormimos abrazados hasta que la luz del amanecer se coló por las persianas. Me despertó su boca en mi polla, suave y juguetona, un "buenos días" que me puso duro en segundos. Esta vez fue tierno y lento: ella encima, moviéndose con calma, besándome sin prisa, corriéndose en silencio con un temblor largo y profundo. Yo me corrí abrazado a ella, sin querer soltarla.
En la cocina, entre cafés y tostadas, me contó su historia: de Cádiz, bailarina de clásico hasta una lesión de rodilla a los veinte, el Neón para pagar el alquiler mientras estudiaba fotografía. "No se lo cuento a casi nadie," dijo. Yo le conté lo mío: el divorcio, los ocho meses de cama vacía, la arquitectura que ya no me ilusionaba. Hablamos como si nos conociéramos de años.
Cuando me fui, ya de día, me acompañó a la puerta. Se puso de puntillas y me besó despacio. Luego sacó un boli del bolso y me escribió su número en una servilleta de papel del club, con el logo del Neón aún visible. Me la puso en el bolsillo de la camisa, dio dos golpecitos sobre mi pecho, y dijo: "Llámame cuando quieras verme sin música. Sin luces rojas. Solo nosotros."
Guardé aquella servilleta como un tesoro. Todavía la tengo, doblada en mi cartera, con el número un poco borrado por el tiempo y el logo del Neón sonriéndome cada vez que la miro. La llamé esa misma noche. Y a la siguiente. Y a la siguiente.
Readers who enjoyed “Relatos eróticos de strippers: la noche de Nerea en el Neón” also read
8 curated storiesRelatos Porno Caseros: Follando a mi Esposa Toda la Noche en Casa
Relatos porno caseros: una noche en Madrid, un vecino que llama a la puerta y una idea traviesa que cambia la noche de Carlos y Elena para siempre.
Relatos Eróticos de la Nuera: Parte 2
El móvil vibra sobre la mesa de la cocina delante de Teresa: es Bruno. «¿A la misma hora de siempre?». Parte 2 y final de los relatos eróticos de la nuera: la última tarde de riesgo, el regreso de Álvaro y una María transformada.
Historias Eróticas Cortas: El Electricista de Lavapiés
Una de esas historias eróticas cortas que se leen de un tirón: Marta, divorciada, llama a un electricista por el horno y la tarde se calienta más que la resistencia.
Cuentos Porno: Marta Abre las Piernas para la Polla Dura de Diego en Barcelona
Cuentos Porno: En una librería de Barcelona, el olor a papel viejo y café esconde la tarde más inolvidable de Marta.
Relatos eróticos de lesbianas: la vecina del balcón de abajo
Uno de estos relatos eróticos de lesbianas ocurre en Madrid: las macetas de Elena inundan el balcón de Marta y la visita para disculparse enciende un deseo imparable.
Nuevos Relatos Eróticos: La Vecina del Ático
Un sujetador rojo vuela hasta la terraza de Pablo, el nuevo vecino del tercero. Elena, la vecina del ático, lo invita a una copa de vino, y la noche de agosto se convierte en uno de sus nuevos relatos eróticos más calientes.
Relatos Eróticos Apasionados: Noche Andaluza
Una madrileña llega a una finca andaluza para cuidarla dos semanas y encuentra al dueño aún en casa: así empieza uno de esos relatos eróticos apasionados que no se olvidan.
Historias Calientes Gratis: La Librera de Valencia
En una librería pequeña de Valencia, Marta vende libros de día y sueña de noche, hasta que Diego, un cocinero con las manos manchadas de harina, entra buscando recetas antiguas, en estas historias calientes gratis de dos personas que se encuentran tarde pero a tiempo.