Relatos eróticos de padrastros: la noche de Elena
Dicen que los relatos eróticos de padrastros son pura fantasía, pero lo que Elena vivió aquella noche de agosto en el piso de Madrid fue tan real como el calor que le subía por el cuello cada vez que Javier la miraba. El móvil vibró sobre la mesilla a la una y cuarto de la madrugada, y el nombre en la pantalla la dejó sin respiración: Javi.
"¿Sigues despierta?" decía el mensaje. Elena se quedó mirando aquellas dos palabras como si quemaran. Al otro lado del pasillo, en el dormitorio principal, su madre dormía profundamente después de las dos copas de vino de la cena. Y Javier, su padrastro desde hacía dos años, estaba despierto. Y le escribía a ella.
"Sí," tecleó Elena, con los dedos temblorosos. "No puedo dormir. Hace demasiado calor."
Los tres puntitos aparecieron al instante. "Ven al salón. He puesto el aire acondicionado. Y no hagas ruido."
Elena se miró en el espejo de la cómoda. Llevaba un camisón fino de tirantes, casi transparente, que se había comprado en rebajas y que nunca se había atrevido a ponerse delante de nadie. Debajo no llevaba nada. Se mordió el labio, se pasó la mano por el pelo revuelto y salió descalza al pasillo, con el corazón golpeándole las costillas.
El salón estaba en penumbra, solo iluminado por la luz fría del aire acondicionado y el resplandor azulado de la televisión en silencio. Javier estaba en el sofá, en pantalón corto y camiseta, con una cerveza a medio beber sobre la mesa. Cuando la vio aparecer en la puerta, se le cortó la respiración de forma audible.
"Joder, Elena," murmuró, y apartó la mirada un segundo antes de volver a clavarla en ella. "Ese camisón..."
"¿Te gusta?" Elena avanzó despacio, sintiendo el aire frío contra su piel caliente. Se sentó en el otro extremo del sofá, pero sus rodillas casi rozaban las de él. "Me lo compré hace un mes. Mamá dice que es de putilla."
Javier soltó una risa corta, nerviosa. "Tu madre exagera." Pero no dejaba de mirarla, y Elena notó el bulto creciendo bajo el pantalón corto. A sus cuarenta y siete años, Javier seguía siendo un hombre atractivo: hombros anchos de sus años de rugby, barba de dos días, manos grandes.
"¿Por qué me has escrito?" preguntó Elena directamente, sin rodeos. Llevaba semanas esperando este momento, desde aquel día en la terraza en que él la había sorprendido tomando el sol en biquini y se había quedado mirándola un segundo de más.
Javier dejó la cerveza. "Porque llevo dos meses sin dormir bien. Porque cada vez que pasas por delante de mí en ese pantalón corto del pijama me tengo que ir al baño a calmarme. Porque eres la hija de mi mujer y esto está mal, y aun así..." Se pasó la mano por la cara. "Aun así no puedo dejar de desearte."
La honestidad brutal de sus palabras encendió algo en el vientre de Elena. Se acercó un poco más, hasta que sus muslos se tocaron. "¿Y si te digo que yo llevo deseándote desde la boda de mamá? ¿Desde que te vi bailando con ella y pensé que ojalá fuera yo la que estuviera entre tus brazos?"
Javier la miró como si no creyera lo que oía. Entonces, despacio, levantó la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozaron su mejilla, su cuello, y se detuvieron en el tirante del camisón.
"Elena..." su voz era un susurro ronco. "Si empezamos esto, no voy a poder parar."
"¿Quién te ha pedido que pares?" Elena se inclinó y lo besó.
Fue un beso hambriento, nada parecido a los besos torpes de los chicos de la universidad. Javier la agarró por la nuca y la atrajo hacia sí, su lengua invadiendo su boca con una seguridad que la derritió. Elena gimió contra sus labios y se subió a horcajadas sobre sus muslos, sintiendo su polla dura presionando contra su coño a través de la tela fina.
"Dios," jadeó Javier, rompiendo el beso para mirarla. Sus manos subieron por sus muslos, por debajo del camisón, hasta agarrar sus nalgas desnudas. "Estás... estás sin bragas."
"Lo sé," Elena se frotó contra él, despacio, sintiendo cada centímetro de su erección. "¿Te molesta, padrastro?"
La palabra "padrastro" en sus labios, dicha con aquella voz dulce y perversa a la vez, pareció volver loco a Javier. La levantó en brazos como si no pesara nada y la tumbó en el sofá, colocándose entre sus piernas. Le subió el camisón hasta la cintura de un tirón, dejando al descubierto sus tetas pequeñas y duras, con los pezones erectos por el frío y la excitación.
"Eres preciosa," murmuró, y bajó la boca hasta uno de sus pezones, lamiéndolo en círculos antes de succionarlo con fuerza. Elena arqueó la espalda, clavando las uñas en sus hombros.
"¡Ah! ¡Sí! ¡Chúpame más fuerte!" Su voz sonó demasiado alta en el silencio del piso, y Javier le tapó la boca con la mano.
"Calla," susurró, con los ojos brillantes. "¿Quieres despertar a tu madre?" Pero su otra mano ya bajaba por su vientre, entre sus muslos, y sus dedos encontraron su coño empapado.
"Joder, estás chorreando," gruñó, hundiendo dos dedos en ella sin previo aviso. Elena mordió la mano que le tapaba la boca para no gritar. Los dedos de Javier la follaban con ritmo experto, su pulgar dibujando círculos sobre su clítoris.
"¡Javi! ¡Por favor!" Elena movía las caderas contra su mano, desesperada. "¡No pares! ¡Ah! ¡Ah!"
El orgasmo la golpeó como una ola, tensando todo su cuerpo, y Javier no apartó la mano hasta que los temblores remitieron. Entonces se llevó los dedos a la boca y los lamió despacio, mirándola a los ojos.
"Sabes a gloria," dijo, y se quitó la camiseta de un tirón. Elena se incorporó, todavía temblorosa, y le bajó el pantalón corto. Su polla saltó libre: gruesa, larga, con la punta brillante de líquido preseminal.
"Madre mía," susurró Elena, rodeándola con la mano. Era más grande que cualquiera que hubiera visto antes. La acarició despacio, de la base a la punta, y Javier echó la cabeza hacia atrás con un gemido grave.
"Chúpamela," ordenó, con la voz rota. "Por favor, Elena. Llevo soñando con tu boca meses."
Elena se arrodilló entre sus piernas, en el suelo del salón, y se la metió en la boca. El sabor salado la excitó aún más. La chupó despacio al principio, con la lengua rodeando el glande, y luego más rápido, más profundo, hasta que la punta le rozó la garganta.
"¡Joder! ¡Joder! ¡Así! ¡No pares!" Las manos de Javier se enredaron en su pelo, guiando su ritmo sin forzarla. Elena lo miraba desde abajo, disfrutando del poder que sentía al tener a aquel hombre grande y seguro completamente a su merced.
Cuando notó que su respiración se aceleraba y sus muslos se tensaban, se apartó con una sonrisa maliciosa. "Todavía no," dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano. "Quiero que me folles primero. Quiero sentirla dentro."
Javier la miró con una mezcla de adoración y lujuria pura. La tumbó de nuevo en el sofá, se colocó entre sus piernas y apoyó la punta de su polla en la entrada de su coño. Estaba tan mojada que entró con facilidad, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro de ella.
"¡Ah! ¡Dios mío! ¡Es enorme!" Elena se agarró a sus hombros, sintiendo cómo la llenaba por completo, estirándola de una forma que ningún otro hombre había conseguido.
"¿Te duele?" Javier se quedó quieto, conteniendo la respiración.
"No. No pares. ¡Fóllame! ¡Fóllame fuerte, por favor!"
Y Javier la folló. Con embestidas largas y profundas que hacían crujir el sofá. Elena envolvió sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo aún más adentro, y cada golpe arrancaba de su garganta un gemido que tenía que ahogar mordiendo el cojín.
"¡Sí! ¡Sí! ¡Más adentro! ¡Ah! ¡Tu polla! ¡Me encanta tu polla!" Las palabras salían solas, sucias y sinceras, y parecían excitar aún más a Javier, que aumentó el ritmo hasta que el sonido de sus cuerpos chocando llenó el salón.
"¡Elena! ¡Estás tan apretada! ¡Joder! ¡No voy a aguantar!"
"¡Córrete dentro! ¡Por favor! ¡Quiero sentirlo!" Elena estaba al borde de nuevo, su coño contrayéndose alrededor de él con cada embestida.
Se corrieron casi a la vez. Elena gritó contra el cojín, su cuerpo convulsionando, mientras sentía el chorro caliente de Javier llenándola por dentro, una oleada tras otra. Se quedaron abrazados, jadeando, sudorosos, con su polla todavía dentro de ella, latiendo.
Después de unos minutos, Javier se apartó despacio y la miró con una ternura que contrastaba con la brutalidad de lo que acababan de hacer. "Esto no debería haber pasado," susurró.
"Pero ha pasado," Elena le acarició la barba. "Y ha sido lo mejor que me ha pasado en meses."
Se quedaron un rato en silencio, escuchando el zumbido del aire acondicionado. Entonces Elena se levantó, se recolocó el camisón y le tendió la mano. "Ven. A mi cuarto. El sofá es incómodo y aquí nos pueden pillar."
Javier dudó un instante, mirando hacia el pasillo donde dormía su mujer. Pero Elena tiró de su mano con una sonrisa pícara, y él la siguió.
En su habitación, con la puerta cerrada con pestillo, Elena lo empujó sobre la cama y se subió encima de él. Su polla ya estaba dura de nuevo, y ella se la metió despacio, gimiendo al sentirla llenándola otra vez.
"Mírame," le ordenó, moviendo las caderas en círculos lentos. "Quiero que me mires mientras me corro en tu polla."
Javier le agarró las tetas con ambas manos, pellizcando sus pezones mientras ella cabalgaba cada vez más rápido. El cabecero golpeaba la pared con un ritmo constante, y a Elena ya no le importaba el ruido.
"¡Ah! ¡Sí! ¡Ahí! ¡No pares! ¡Me voy a correr! ¡Me voy a correr en tu polla, padrastro!"
El segundo orgasmo fue aún más intenso que el primero. Elena se dejó caer sobre su pecho, temblando, y Javier la abrazó, acariciando su espalda sudorosa.
Se quedaron así hasta que el cielo empezó a clarear por la persiana. Javier se vistió en silencio y, antes de salir, se inclinó sobre la cama y le besó la frente con una suavidad que la desarmó.
"Esto no puede repetirse," susurró, pero sus ojos decían lo contrario.
Elena sonrió, adormilada, y cuando la puerta se cerró tras él, cogió el móvil y borró la conversación de aquella noche. Luego guardó su número con un nombre nuevo: "Javi". Y debajo, en la notas del contacto, escribió solo dos palabras: "Llámame siempre."
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