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Relatos eróticos de hermanas: el secreto de Lucía y Marta (Parte 2)

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«¿Marta? Soy yo. Tenemos que hablar.» La voz de Javier atravesó la puerta a las seis y diez de la mañana y me dejó helada en mitad del salón, con la bata de Marta todavía pegada a mi piel sudada. Aquellos relatos eróticos de hermanas que yo había inventado durante meses en mi cabeza de pronto se habían vuelto reales, y ahora el prometido de mi hermanastra estaba al otro lado de la puerta.

Marta se incorporó del sofá con los ojos desorbitados. Todavía olía a sexo y a gel de jazmín, todavía tenía mi mordisco marcado en el hombro. «El armario», susurró, señalando su dormitorio. «Métete en el armario y no salgas hasta que yo te avise. Por lo que más quieras, Lucía, ni respires.»

Corrí descalza por el pasillo mientras ella se ataba la bata a toda prisa y recogía mi ropa interior del suelo con un movimiento frenético. Me metí entre sus vestidos, entre el olor a su perfume y a lavanda de los cajones, y cerré la puerta del armario dejando una rendija mínima para poder ver.

Oí la cerradura. Oí los pasos de él en la entrada. Y oí su voz, más cerca, más grave: «¿Quién estaba contigo esta noche, Marta?»

El silencio que siguió me arañó la garganta. Marta rio, un risa demasiado aguda, demasiado rápida. «¿Cómo? ¿De qué hablas, cariño? Estaba sola. Llegué del trabajo a las diez, me di un baño y me dormí.»

«He llamado tres veces», dijo Javier. «A las dos, a las cuatro y a las cinco. No lo cogiste. Y tu móvil daba apagado a las cinco y media.» Yo apreté los puños dentro del armario. Marta había apagado el móvil para que nadie nos interrumpiera, y esa decisión que anoche nos había parecido romántica ahora era una prueba en su contra.

«Estaba cansadísima», mintió ella, y yo la vi por la rendija abrazarlo, pasarle los brazos por el cuello, besarle la mejilla con esa dulzura de novia perfecta que me puso enferma. «Además, ¿desde cuándo me interrogas como si fuera una sospechosa? Nos casamos el veinte del mes que viene, Javier. Un poco de confianza.»

Él se quedó callado. Yo contuve el aliento entre los vestidos. Entonces oí algo que me heló la sangre: sus pasos acercándose al dormitorio, a mi escondite.

«Voy al baño», dijo. La puerta del baño se cerró. El agua del grifo empezó a correr. Marta apareció en la puerta del dormitorio como un relámpago, abrió el armario y me miró con los ojos llenos de pánico y de algo más, algo que ardía.

«Tienes que quedarte ahí», me susurró, y sin previo aviso me agarró de la nuca y me besó, un beso desesperado, rápido, con sabor a miedo. «Cuando se vaya al trabajo te saco. Te lo juro.» Cerró de nuevo y desapareció.

Me quedé en la oscuridad del armario con el corazón golpeándome las costillas y el cuerpo todavía vibrando de lo que habíamos hecho hacía apenas una hora. Por la rendija veía trozos del dormitorio: la cama deshecha, el edredón arrugado donde Marta me había hecho suya por tercera vez esa noche. Si Javier entraba allí, lo vería todo.

Volvió del baño y se sentó en el borde de la cama. Lo oí suspirar. «Marta, ven aquí.» Su voz había cambiado, se había ablandado. «Perdóname. Es que estoy nervioso con lo de la boda. Mi madre no para de llamar, el restaurante quiere confirmación del menú esta semana, y yo...» Hizo una pausa. «A veces tengo la sensación de que me ocultas algo.»

«No te oculto nada», dijo ella, y se sentó a su lado. Yo los veía de perfil por la rendija: él con la cabeza gacha, ella pasándole la mano por la espalda. «Te quiero. Nos casamos en un mes. Eso es lo único que importa.»

Entonces hizo algo que me dejó sin aire: se inclinó y lo besó en la boca, despacio, con ternura. Y Javier respondió al beso, la abrazó, la tumbó con suavidad sobre la cama deshecha, sobre las sábanas donde horas antes yo había gritado su nombre, el nombre de ella, no el de él.

Quise cerrar los ojos. Quise no mirar. Pero no pude. Marta me buscó con la mirada por encima del hombro de Javier, me encontró en la rendija del armario, y me sostuvo la mirada mientras él le besaba el cuello. Sus ojos decían: perdóname, no puedo pararlo, quédate quieta.

Javier empezó a desabrocharle la bata. Yo apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. «Javier, espera», susurró ella, apartándolo con suavidad. «Estoy agotada, de verdad. He dormido fatal. ¿Por qué no desayunamos y hablamos de lo del restaurante?»

Él se quedó quieto un segundo. Luego asintió, se levantó y le tendió la mano. «Vale. Perdóname otra vez.» Salieron del dormitorio y oí la puerta de la cocina, el ruido de la cafetera, sus voces bajas. Yo seguí en el armario, desnuda, temblando, con la bata de Marta arrugada entre mis manos.

Pasaron veinte minutos que se me hicieron eternos. Veinte minutos oyendo a mi hermanastra desayunar con su prometido mientras yo me escondía entre su ropa como una ladrona. Veinte minutos imaginando su boca en la de él, sus manos donde horas antes habían estado las mías.

Por fin oí la puerta de la entrada. «Te llamo al mediodía», dijo Javier. «Y esta noche ceno aquí, ¿vale? Traigo el catálogo del fotógrafo.» La puerta se cerró. Pasos rápidos por el pasillo. El armario se abrió de golpe y Marta me sacó a rastras, llorando y riendo a la vez.

«Se ha ido, se ha ido», jadeó, y me abrazó con una fuerza que me hizo daño. «Dios mío, Lucía, casi nos pilla. Casi nos pilla.»

Yo la aparté un poco y la miré a los ojos. «Te ha besado. En nuestra cama. Delante de mí.»

«Es mi prometido», dijo ella, y su voz se rompió. «¿Qué querías que hiciera? ¿Que lo echara a patadas a las seis de la mañana para que sospechara más?» Me cogió la cara entre las manos. «Tú eres lo real. Lo de anoche fue lo más real que me ha pasado en dos años. Pero él... él no se merece esto.»

La besé entonces, con rabia, con celos, con todo lo que había hervido en el armario. Ella respondió al instante, me empujó contra la pared del pasillo y me arrancó la bata de un tirón. «Demuéstrame que soy tuya», le susurré al oído. «Aquí. Ahora. Que todavía huele a él en esta casa.»

Me llevó a la ducha a rastras, abrió el agua caliente y me metió debajo del chorro sin esperar a que se templara. El agua nos golpeó a las dos, quemando, y ella me pegó contra los azulejos y me besó como si quisiera borrar de mi boca el sabor de los celos.

Sus manos bajaron por mi cuerpo mojado, me agarraron los pechos con fuerza, me pellizcaron los pezones hasta que gemí y me mordí el labio para no gritar. «Más bajo», me advirtió, con los ojos brillantes. «Los vecinos.»

«Que oigan», le dije, desafiante, y la giré de golpe, la puse de espaldas a mí, contra la pared de la ducha. Deslicé mi mano entre sus piernas y encontré su coño caliente, hinchado, empapado de agua y de deseo. La penetré con dos dedos sin avisar y ella arqueó la espalda con un gemido ahogado.

La follé con los dedos con ritmo duro, profundo, mientras con la otra mano le masajeaba el clítoris en círculos rápidos. El agua caía sobre nosotras, el vapor lo llenaba todo, y su cuerpo temblaba contra el mío. «Lucía... joder, Lucía...»

«¿Quién te hace esto?», le exigí al oído, mordisqueándole el lóbulo. «¿Él o yo? Dilo.»

«Tú», gimió. «Solo tú. Joder, solo tú me pones así.» Se corrió con un espasmo violento, las piernas temblándole, la frente apoyada en los azulejos, y yo la sostuve mientras el orgasmo la recorría entera.

Salimos de la ducha temblando, nos secamos a medias y nos metimos en la cama, en las sábanas todavía revueltas de la noche. Ella apoyó la cabeza en mi pecho y trazó círculos con el dedo sobre mi piel. «No sé qué voy a hacer», susurró. «Con la boda. Con él. Contigo.»

«No pienses ahora», le dije, aunque yo no podía dejar de pensar. «Quédate aquí. Solo un rato.»

Nos dormimos abrazadas a media mañana, agotadas, y despertamos a las dos de la tarde con el móvil de Marta vibrando sin parar: doce llamadas perdidas de Javier y un mensaje: «He adelantado la prueba del traje a esta tarde. Paso a recogerte a las seis. Te quiero.»

Marta se vistió en silencio. Yo la observé desde la cama, con una opresión en el pecho que no sabía nombrar. Antes de salir se inclinó y me besó en la frente. «Esta noche cena aquí. Con el catálogo del fotógrafo. Sé discreta, por favor.»

«¿Discreta?», repetí, incorporándome. «Marta, anoche me dijiste que era lo más real de tu vida. ¿Y ahora tengo que esconderme en el armario cada vez que venga?»

«No lo sé», dijo, y por primera vez la vi llorar de verdad, sin risa, sin teatro. «No sé nada. Solo sé que cuando estoy contigo me olvido de respirar, y cuando estoy con él me siento la peor persona del mundo.» Se fue, y la puerta se cerró tras ella con un chasquido suave.

Pasé la tarde trabajando desde el salón sin concentrarme en nada, con la imagen de sus lágrimas clavada en la cabeza. A las ocho oí la llave en la cerradura: risas en la entrada, la voz de Javier contando algo del sastre, Marta riendo también, esa risa de novia perfecta que ya empezaba a odiar.

Salí a saludar como la hermanastra normal que se suponía que era. Javier me dio dos besos. «Lucía, justo a tiempo. Mira esto.» Desplegó el catálogo del fotógrafo sobre la mesa del salón: fotos de bodas, parejas abrazadas, sonrisas. Marta se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se tocaban, y empezó a pasar páginas señalando estilos.

Yo me senté enfrente y fingí interés. Pero debajo de la mesa, la mano de Marta encontró mi rodilla. Me quedé petrificada. Javier seguía hablando del paquete premium, de las fotos en el Retiro, y la mano de ella subía despacio por mi muslo, bajo la mesa, a veinte centímetros de su prometido.

«¿Tú qué opinas, Lucía?», me preguntó Javier de pronto. La mano de Marta se quedó quieta, los dedos clavados en mi piel. «¿El álbum clásico o el moderno?»

«El... el moderno», logré decir. «Más natural.» Marta me apretó el muslo con fuerza, una presión que era un mensaje: ¿ves lo que me haces? ¿ves lo enferma que estoy?

La cena fue una tortura deliciosa. Cada vez que Javier se levantaba a por algo a la cocina, Marta me lanzaba miradas que me quemaban. Cada vez que volvía, ella retomaba su papel de novia ilusionada con una facilidad que me daba miedo.

Después del postre pusieron una película. Javier se quedó dormido en el sofá a los veinte minutos, roncando suavemente con la cabeza ladeada. Marta y yo nos miramos por encima de su cuerpo dormido, y sin decir palabra nos levantamos y nos encerramos en el baño.

Fue rápido, urgente, casi violento de necesidad. Ella me subió contra el lavabo, me abrió las piernas y me comió el coño con una desesperación que me hizo agarrarme al borde de la porcelana hasta que me dolieron los nudillos. Su lengua me recorría entera, se centraba en mi clítoris con movimientos rápidos y me penetraba con los dedos al mismo tiempo, y yo tuve que morderme el puño para no gritar con su prometido durmiendo a tres metros.

Me corrí en su boca temblando entera, y ella se limpió los labios con el dorso de la mano y me miró con los ojos enrojecidos. «No puedo seguir así», susurró. «Te lo juro, Lucía, no puedo.»

Volvimos al salón de puntillas. Javier seguía dormido. Nos sentamos a su lado como si nada, como dos hermanas viendo una película, y yo noté el sabor de mi propio placer todavía en sus labios cuando me rozó la mano disimuladamente.

A las once Javier se despertó, aturdido. «Me he quedado frito. Perdón.» Se levantó, se estiró, fue al baño. Marta y yo nos quedamos solas en el sofá, con el corazón en la garganta, sin atrevernos a mirarnos.

Y entonces lo oímos. Un ruido en el baño, un cajón que se abría. La voz de Javier, extraña, tensa: «Marta... ¿puedes venir un momento?»

Ella se levantó, pálida. Yo la seguí hasta la puerta del baño. Javier estaba allí de pie, y en su mano, sostenido entre el pulgar y el índice como si fuera una prueba de un crimen, había un tanga de encaje negro.

El tanga. El que ella se había plantado anoche para provocarme. El que yo le había quitado con los dientes en el sofá. Debió de caerse allí cuando corrimos al dormitorio, y nadie lo había recogido.

«¿Esto qué es?», preguntó Javier, muy despacio. «Porque que yo sepa, Marta, tú no usas tangas de encaje negro.»

Marta abrió la boca. No salió ningún sonido. Me miró a mí, con pánico puro en los ojos, y yo supe que lo que dijera en los próximos diez segundos decidiría las tres vidas que había en ese baño.

La próxima parte llegará muy pronto...

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Relatos eróticos de hermanas: la decisión de Marta (Parte 3)

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