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Noche con mi cuñada relato erótico: la boda del pueblo

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Toda familia tiene su noche con mi cuñada relato erótico guardado en un cajón de la memoria, aunque nadie lo cuente en voz alta en las comidas. El mío ocurrió en la boda de mi primo, en el pueblo de mi madre, a una hora de Toledo, la noche en que todos dormían menos dos.

Me desperté a las dos de la mañana con la boca seca y la cabeza espesa del vino de la boda. La casa del pueblo estaba en silencio, con ese silencio de piedra vieja que parece tragarse los sonidos.

Bajé descalzo a la cocina a por agua y me quedé clavado en el último escalón. Del patio llegaba música, bajita, una de esas canciones lentas que ponen en las verbenas cuando ya solo quedan los que no quieren irse a dormir.

Salí al patio y la vi. Alba, mi cuñada, bailaba sola bajo la parra, descalza sobre las losas frías, con un camisón fino color crema que se le pegaba al cuerpo con la brisa de la noche. Tenía una copa de vino en la mano y los ojos cerrados.

"¿Tú tampoco puedes dormir?" Abrió los ojos y me sonrió sin dejar de moverse. El teléfono, apoyado en una silla, seguía soltando música.

"Venía a por agua." Me quedé en la puerta como un tonto, mirándola. "¿Y tú qué haces aquí sola?"

Su alianza brilló un momento bajo la luna cuando levantó la copa para beber. Era la alianza de mi hermano, el recordatorio de oro de todo lo que estábamos a punto de romper. Y sin embargo no podía apartar los ojos de ella.

"¿Sabes lo que me dijo tu madre en la boda?" Se acercó bailando, sin dejar de moverse. "Que Sergio y tú erais inseparables de pequeños. Que te quería como a un segundo hijo."

Mi madre exagera con el vino. "Di un paso hacia ella y la música pareció subir sola." Baila conmigo, anda. Una canción y me vuelvo a la cama.

"Bailar. Sergio ronca como un tractor desde que nos acostamos y yo no tenía sueño." Se acercó y me tendió la mano.

"Baila conmigo, Pablo. Una sola canción."

La tomé de la mano y la atraje hacia mí. Olía a vino, a perfume de boda y a noche de verano. Bailamos despacio entre las macetas, con la música saliendo del teléfono como un secreto.

Su cuerpo se fue pegando al mío sin que ninguno de los dos lo decidiera del todo. Noté sus pechos contra mi pecho a través del camisón, y más abajo, contra mi muslo, el calor de su cadera.

"Tu hermano no sabe bailar." Lo dijo riéndose bajito, con la boca muy cerca de mi cuello. "En la boda me ha pisado cuatro veces."

Yo tampoco soy una maravilla." "Tú te defiendes. "Sus manos bajaron de mis hombros a mi cintura y se quedaron allí, quemando a través de la camiseta."

La canción terminó y empezó otra, más lenta todavía. Ninguno de los dos se separó. Levanté la vista y me encontré sus ojos, muy abiertos, muy cerca, preguntándome algo sin palabras.

Su pulgar me rozó el labio inferior, apenas un roce, y se quedó allí. El mundo se redujo al patio, a la parra, a su respiración acelerada contra mi boca. Pensé en mi hermano, dormido arriba, y el pensamiento me quemó y me excitó a partes iguales.

"Alba..." "Shhh." Me puso un dedo en los labios y luego lo sustituyó por su boca. No hubo vuelta atrás después de eso.

La besé. Fue ella la que acortó el último centímetro, la que me mordió el labio inferior y me dejó entrar. Sabía a vino y a prohibición, a todo lo que no debíamos estar haciendo a dos metros de la ventana del dormitorio de mi hermano.

Sus manos se enredaron en mi pelo y me besó con un hambre que me dejó temblando. Cuando nos separamos, los dos respirábamos como si hubiéramos subido corriendo las escaleras.

"Esto está mal." Lo susurró contra mi boca, sin apartarse ni un milímetro. "Ya lo sé."

"¿Y si nos ve alguien?" "No hay nadie despierto."

Me empujó suavemente hasta la pared del patio, entre la parra y el jazmín, donde la oscuridad era más espesa. Se arrodilló delante de mí sin dejar de mirarme y me bajó el pantalón del pijama con decisión.

El jazmín nos envolvía con su olor dulzón mientras ella me desnudaba con manos seguras. Lejos, en alguna calle del pueblo, un perro ladró una vez y se calló. Todo el mundo dormía. Todo el mundo menos nosotros.

"Alba..." Me tomó en su boca de golpe, hondo, y tuve que morderme el puño para no gemir. Sus manos me agarraban los muslos mientras su lengua me volvía loco, rápida y precisa.

Miré hacia la casa, hacia las ventanas oscuras. El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que se oía en todo el pueblo. Ella me miró desde abajo con una sonrisa perversa y siguió, sin prisa, disfrutando de su poder.

"Te gusta el peligro, ¿eh?" Susurró contra mi piel, y su aliento caliente me hizo estremecer. "A mí también."

Por eso me casé con tu hermano... y por eso estoy aquí contigo.

No supe qué responder, así que le agarré el pelo con suavidad y la animé a seguir. Cada segundo era un robo, y los dos lo sabíamos, y los dos queríamos seguir robando.

La levanté antes de correrme, con las manos temblorosas. Le subí el camisón hasta la cintura y descubrí que no llevaba nada debajo. La giré contra la pared, de espaldas a mí, y la penetré de pie, entre el jazmín.

Entré en ella de una embestida y los dos soltamos un jadeo ahogado. Estaba empapada, caliente, y se movió contra mí buscando más. Le tapé la boca con una mano y con la otra le agarré un pecho por encima del camisón.

Entonces el perro del vecino ladró, dos ladridos secos en la noche. Nos quedamos petrificados, yo dentro de ella, sin respirar, hasta que el silencio volvió. Ella se rio en silencio contra mi mano y se movió, provocándome.

Seguí embistiendo despacio, con cuidado, sintiendo cada centímetro. Sus gemidos quedaban atrapados contra mi palma y su cuerpo temblaba. Cuando se corrió, mordió mi mano con fuerza y se arqueó contra la pared.

Salí de ella justo a tiempo y me corrí sobre las losas del patio, jadeando. Nos quedamos abrazados a la pared, riéndonos bajito, con el camisón de ella arrugado y mi pijama por los tobillos.

"La habitación del fondo." Me susurró al oído, arreglándose el camisón. "La que da al corral."

En cinco minutos. Sin hacer ruido.

Subí primero, con el corazón desbocado, y esperé en la oscuridad de la habitación del fondo. Oí sus pasos descalzos en el pasillo y la puerta se cerró sin hacer ruido tras ella.

Se quitó el camisón de un movimiento y se quedó desnuda en la penumbra que entraba por la ventana. La luna le dibujaba el cuerpo en plata y yo me la comí con los ojos antes de tocarla.

La tumbé en la cama estrecha y me puse entre sus piernas. La besé despacio, recorriéndola entera: el cuello, los pechos, el vientre, hasta llegar donde más me necesitaba.

La lamí sin prisa, con la lengua plana al principio y luego más intensa, mientras dos dedos entraban y salían de ella. Se agarró a las sábanas y arqueó la espalda, mordiéndose el labio para no gritar.

"Pablo, por favor..." Se corrió con un temblor largo, las piernas apretándome la cabeza, y yo seguí hasta que me apartó con manos temblorosas, demasiado sensible.

Se incorporó, me empujó hasta tumbarme bocarriba y se colocó a horcajadas sobre mí. Me guió dentro de ella con la mano y empezó a moverse despacio, con las palmas apoyadas en mi pecho y la cabeza echada hacia atrás.

La luna le dibujaba sombras en los pechos mientras cabalgaba. La agarré por las caderas para marcarle el ritmo y ella se mordió el labio, conteniendo los gemidos. Verla así, desatada y silenciosa, fue lo más erótico de la noche.

Se corrió por segunda vez temblando sobre mí, y yo la abracé para que no se cayera, sintiendo sus espasmos alrededor de mí. "Dios, Alba..." "Todavía no, todavía no acabes", me pidió, y obedecí.

Subí por su cuerpo y la penetré mirándola a los ojos. Esta vez fue lento, profundo, cada embestida un secreto compartido. Le besé los pechos, le mordí el cuello con cuidado de no dejar marca.

Ella me rodeó con las piernas y me clavó las uñas en la espalda, marcando un ritmo cada vez más rápido. La cama vieja crujía y los dos nos reíamos entre gemidos, tapándonos la boca mutuamente.

"Más fuerte." Lo pidió en un susurro roto. "Que me oiga el pueblo entero si quiere." Aumenté el ritmo hasta que los dos estuvimos al borde, y nos corrimos juntos, abrazados, temblando.

Me quedé dentro de ella un momento, con la frente apoyada en la suya. "Esto no ha pasado." "Claro que ha pasado."

Me besó con ternura. "Y volverá a pasar."

¿Cuándo?" "En Navidad, en casa de tu madre. Hay una habitación arriba que nadie usa.

"Lo dijo con una calma que me dejó helado y ardiendo a la vez." Piénsalo. Tienes cuatro meses para decidir si vienes.

Ya lo había decidido. Lo decidí aquella misma noche, con su sabor todavía en mi boca y su perfume en mis manos, mientras cruzaba el pasillo de puntillas como un adolescente.

Nos vestimos en silencio y salimos de la habitación por separado, como dos ladrones. Ella se fue a su dormitorio, con mi hermano roncando como un tractor, y yo al mío, con el cuerpo todavía vibrando.

No dormí. Me quedé mirando el techo hasta que la luz gris del amanecer empezó a colarse por la persiana, repasando cada segundo de aquella noche como quien repasa una película favorita.

A las nueve bajé a desayunar. Sergio ya estaba en la mesa, con ojeras y café. Alba llegó después, fresca como una rosa, con un vestido de flores, y me saludó con un "buenos días" de lo más normal.

"Menuda boda, ¿eh?" Mi hermano me pasó la bandeja de churros sin mirarme. "¿A qué hora te acostaste tú? Te vi desaparecer pronto."

Pronto, sí. "Mentí con la boca llena, y Alba, al otro lado de la mesa, escondió una sonrisa detrás de su taza." Estaba cansado del viaje.

"Pues yo he dormido de pena." Sergio bostezó. "Esta cama del pueblo me mata la espalda."

Alba le acarició la mano con ternura de esposa perfecta. "Pobrecito."

¿Habéis dormido bien? "Preguntó mi hermano, untando mantequilla en una tostada." Yo como un tronco, la verdad.

Sentí algo bajo la mesa: su pie descalzo subiendo por mi espinilla hasta mi rodilla. La miré y ella me sostuvo la mirada mientras daba un sorbo a su café, sin inmutarse.

"Como un tronco." Repitió Alba, y su pie no se movió de mi pierna en todo el desayuno.

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